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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE EMPLEADOS DE LOS MONOPOLIOS DEL ESTADO
 DE FLORENCIA


Sábado 24 de marzo de 1979

 

Bienvenidos, hijos queridísimos:

Vuestra visita me resulta particularmente grata. Venís de Florencia, ciudad conocida y amada en todas partes del mundo por la nobleza de sus tradiciones y por el esplendor de su arte. Vuestra presencia despierta en mi ánimo las emociones profundas que allí se me grabaron en su tiempo, cuando tuve ocasión de contemplar los prodigios arquitectónicos que se revelan a la mirada del turista asombrado, o cuando pude detenerme, confundido entre los visitantes, ante los frescos de las iglesias, los retablos de los altares, los cuadros en las pinacotecas, o cuando me cansaba de observar, con admiración siempre nueva, las esculturas que embellecen las plazas y enriquecen los museos, o, en fin, cuando subía a la plaza Miguel Ángel para gozar del espectáculo de la ciudad acostada sobre las riberas del Arno, dentro del cerco de las colinas, esfumándose en el crepúsculo de la tarde.

Florencia es ciudad única en el mundo; quien tiene el honor de habitar allí debe ser consciente del compromiso que esto comporta: las inestimables riquezas de historia, de arte, de fe, con que los antiguos han enriquecido templos, edificios, calles, son para las generaciones que se suceden, y por lo tanto también para la vuestra, como invitación perenne para una confrontación estimulante y creativa. La nobleza de sentimientos, la generosidad de ánimo, la finura de modales que distinguieron a los mejores ciudadanos de aquellos tiempos gloriosos, deben constituir también hoy para los habitantes de Florencia una consigna que compromete.

Esto vale especialmente para quien, como vosotros, empleados de los monopolios del Estado, se ocupa en un servicio que lleva consigo un contacto asiduo con el público heterogéneo de los turistas; y vale de modo especialísimo para vosotros, empleados de la Empresa de Limpieza Urbana, a quienes corresponde la tarea de renovar cada día toda la gracia de su encanto, el rostro maravilloso de la ciudad. En efecto, ¿quién puede desconocer el influjo que ejercen en el ánimo del hombre el decoro, el orden, el buen gusto, sobre todo cuando contribuyen a asegurar la límpida disposición de un ambiente que sirve de marco a tesoros inestimables de belleza? La familiaridad con estos valores viene a ser para el hombre una especie de escuela que lo educa y, poco a poco, lo abre a la percepción de un mundo de valores más altos. que, trascendiendo la realidad sensible, lo introducen en la contemplación de la Belleza absoluta, que brilla sobre el rostro mismo de Dios.

El deseo del Papa es que esta conciencia guíe y sostenga vuestro trabajo diario. Confío estos deseos míos a la protección materna de Aquella a quien veneramos hoy en el misterio de su Anunciación, misterio particularmente querido por el alma mariana de vuestra ciudad que antiguamente incluso hacía coincidir el comienzo del año con este día central del misterio de la salvación. ¡Qué obras maestras e inmortales no han surgido del pincel inspirado de vuestros pintores, cuando han intentado —y cuántas veces lo han hecho— traducir en la magia de las líneas y colores las emociones experimentadas frente a aquel diálogo en el que se decidieron los destinos de toda la humanidad! Al renovar a la Virgen Santa la expresión de la gratitud común por aquel Fiat, que nos ha devuelto a todos la alegría y la esperanza, yo os doy de todo corazón a vosotros y a vuestras familias mi bendición apostólica, prenda de paterna benevolencia y del deseo de los mejores dones del cielo.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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