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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL
DE EMIGRANTES BELUNESES


Domingo 25 de marzo de 1979

 

Queridos hijos de la tierra belunesa: Estoy contento de poder atender, por fin hoy, vuestro deseo de un encuentro con el Papa, que ya mi venerado y llorado predecesor e ilustre paisano vuestro de feliz memoria, Juan Pablo I, había acogido gozosamente, pero sin poderlo realizar a causa de su imprevista y prematura muerte

Por tanto, os saludo con particular efusión de sentimientos a todos lo que os habéis reunido aquí, tan numerosos; de modo especial quiero saludar al obispo de Belluno y de Peltre, mons. Maffeo Ducoli, al ingeniero Vincenzo Barcelloni Corte, presidente de la Asociación de Emigrantes Beluneses, y a todas las demás numerosas autoridades aquí presentes.

Queridísimos, os doy las gracias por vuestra presencia en esta casa pontificia y por la generosa suma que habéis querido poner a mi disposición para los emigrantes del Tercer Mundo. Os aseguro que os acojo con no menor afecto que lo hubiera hecho en mi lugar el amado e inolvidable Papa Juan Pablo I, belunés como vosotros e hijo de emigrantes, y, Sucesor de Pedro en esta Cátedra romana, como yo. El haber querido yo mantener y continuar el mismo nombra que él adoptó, es un signo externo de una sintonía íntima, e índice de una misma intención en el ministerio pastoral.

Querría dirigirme a vosotros como él lo habría hecho, ciertamente con sencillez y sabiduría y con mucha alegría espiritual. Por esto, os exhorto ante todo a estar siempre orgullosos de vuestra generosa tierra, en cualquier parte del mundo que os encontréis: no por estrecho regionalismo, sino con el cariño que todo ser viviente y mortal debe conservar por las propias raíces terrenas. Pero, además, recordad constantemente que para nosotros cristianos "nuestra patria está en los cielos" (Flp 3, 20), y que, por lo tanto, no debemos conformarnos a la mentalidad de este mundo (cf Rom 12, 2). Por eso, dondequiera que os encontréis, se os ofrece siempre la ocasión para un testimonio de fe límpida y de caridad genuina, que vuestras naturales y reconocidas tradiciones de laboriosidad y tenacidad pueden hacer aún más fuerte y eficaz. Sé que vosotros, beluneses, estáis esparcidos en los cinco continentes y tenéis un notable espíritu de unión, favorecido por oportunas actividades asociativas. Pues bien, no puedo menos de animar vuestras iniciativas específicas de tal modo, que promuevan no sólo los indispensables valores humanos, sino también los típicos del Evangelio, en el que solamente puede encontrar cada hombre la propia salvación total.

Queridísimos, vosotros sabéis que si ciertamente los caminos del mundo por los que vais son muchos y diversos, la meta final es igual para todos. Mi deseo es que vuestro camino se torne cada día más alegre y expedito por la presencia confortadora de Nuestro Señor, al que os encomiendo paternalmente, mientras de todo corazón concedo la particular bendición apostólica a todos vosotros y a cuantos os son queridos.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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