Queridos hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:
Es un gozo para mí recibir otra visita de un grupo de obispos de India en tan
breve espacio de tiempo. Os doy la bienvenida en el amor de Cristo, como la di
a vuestros hermanos obispos la semana pasada.
Reuniros en Roma para vuestra visita ad Limina es como haceros eco de los
sentimientos expresados por los obispos de la Iglesia congregados para celebrar
el Concilio Vaticano II: «Reunidos en la unidad... llevamos en nuestros
corazones las ansias de todos los pueblos confiados a nosotros, las angustias
del cuerpo y del alma, los sufrimientos, los deseos, las esperanzas» (Mensaje a
la humanidad, 20 de octubre de 1962). Por mi parte, en vosotros abrazo a todo el
querido pueblo que estáis llamados a servir.
Espero vivamente que esta visita os dé nuevo vigor y energías para vuestras
tareas pastorales; que sintáis alegría al saber —al comprobarlo
palpablemente— que vuestro celo apostólico está sustentado por la Iglesia
universal. Lo comparte el Papa como quien representa en el misterio de la
Iglesia "al Pastor Soberano" (1 Pe 5, 4), y procura cumplir en su nombre un
ministerio de servicio universal. En especial deseo animaros, hermanos míos en
el Episcopado, confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32), no tan sólo con la palabra
y la acción, sino en virtud del carisma implantado en la Iglesia por su
Fundador, Jesucristo, y actuado por su Espíritu. Este es, por tanto, el sentido
de nuestra asamblea al congregarnos en la unidad, cuando nos reunimos para
celebrar nuestra comunión eclesial y jerárquica.
Por el estudio y, ahora, por nuestros encuentros personales, estoy enterado de
una serie de temas que ocupan vuestra solicitud diaria en favor del Evangelio.
Estoy espiritualmente unido a vosotros cuando afrontáis —con coraje, confianza y
perseverancia— los varios obstáculos que dificultan vuestro ministerio y
entorpecen vuestro trabajo de evangelización y servicio a la humanidad. En
vuestras tareas pastorales os sigo con la oración, bendiciendo toda iniciativa
que mire a aumentar el número de colaboradores en el Evangelio, todo esfuerzo
por procurar que a los estudiantes para sacerdotes se les forme según la
doctrina auténtica y en santidad de vida. Quiero deciros el gran interés que
tienen para mí vuestros programas catequéticos, la educación que dais a la
juventud y vuestros apostolados con ésta, vuestros esfuerzos por defender la
santidad del matrimonio y consolidar la unidad del Pueblo de Dios en fe y amor,
y por inculcar espíritu misionero en todos. Deseo estar cerca de vosotros con
comprensión fraterna y compartiendo vuestras preocupaciones, cuando vosotros
también os esforzáis por estar cerca de vuestro pueblo en todas sus aspiraciones
de progreso humano y de plenitud de vida en Cristo. Estad seguros de que os
aliento en todo cuanto se hace en vuestras Iglesias locales —por parte del
clero, religiosos y laicos— para ayudar al necesitado, al pobre y al enfermo;
para mostrar solidaridad, infundir esperanza y derramar el amor del corazón de
Cristo. Hermanos, soy uno con vosotros en el santo nombre de Jesús.
Con el pasar de los años y ante los grandes acontecimientos del mundo moderno,
así como ante los designios inescrutables de la providencia de Dios con la
Iglesia, no podemos dejar de estar cada vez más convencidos con el Salmista de
un hecho fundamental, el hecho de que "nuestro auxilio es el nombre del Señor"
(Sal 124, 8). Como discípulos de Cristo, ministros del Evangelio y líderes del
Pueblo de Dios, es absolutamente esencial para nosotros que este principio se
convierta en actitud total de la mente y en norma de conducta.
Nuestra ayuda está sin duda alguna en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta verdad luminosa, queridos hermanos, es de inmensa trascendencia y tiene
incidencia directa sobre toda nuestra actividad pastoral, puesto que toda ella
se lleva a cabo bajo el signo del nombre de Jesús, por el poder de su gracia, y
únicamente para gloria suya.
El mensaje que proclamamos se proclama en su nombre, en el nombre de Jesús
Salvador del mundo. Nuestra proclamación lo es de salvación en El. salvación
en su nombre. Esta verdad es el objeto explícito de la enseñanza apostólica que
fue proclamada por el Apóstol Pedro bajo la inspiración del Espíritu Santo. Y
hoy desea proclamarlo de nuevo el Sucesor de Pedro, a vosotros y con vosotros y
para vosotros y vuestro pueblo: "En ningún otro hay salud, pues ningún otro
nombre nos ha sido dado bajo el cielo entre los hombres, por el cual podamos ser
salvos" (Act 4, 12).
En el nombre de Jesús se lleva a cabo nuestro ministerio. El arrepentimiento y
perdón de los pecados se predican en su nombre a todas las naciones (cf. Lc 24,
47). Nosotros mismos hemos sido lavados y santificados y justificados en el
nombre de Nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Cor 6, 11). A través de la fe tenemos "vida en su nombre" (Jn 20, 31).
Además, el mismo Espíritu Santo se nos ha dado por el Padre en el nombre de
Jesús (cf. Jn 14, 26). En la proclamación incesante de la mediación universal de
Cristo y en la confesión solemne y explícita de su divinidad, es presentada al
Padre la oración de todas las generaciones de cristianos per Dominum nostrum
Iesum Christum Filium tuum. En su nombre hay auxilio para los vivientes,
consuelo para los moribundos, y gozo y esperanza para el mundo entero.
Estamos llamados a invocar este nombre, a alabar este nombre, a proclamar este
nombre a nuestro hermanos. Toda nuestra vida y ministerio debe enderezarse a la
gloria de este nombre. Esta actitud responde a la voluntad de Dios; está en
total conformidad con el plan del Padre de constituir a Cristo Cabeza de la
Iglesia "el primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8, 29), y realización de
toda la creación. Es honda la convicción y profundo el amor con que la Iglesia
se dirige a su Redentor con estas palabras: Tu solus sanctus, tu solus Dominus,
tu solos Altissimus, Iesu Christe. La eficacia de nuestra misión sobrenatural
requiere que actuemos siempre en el nombre de Jesús, justamente para que "tenga
la primacía sobre todas las cosas" (Col 1, 18).
Queridos hermanos: Afrontemos así los obstáculos, y de este modo arrostremos los
desafíos y aceptemos los triunfos; hagámoslo todo "en el nombre del Señor Jesús"
(Col 3, 17). Y exclamemos con las palabras y la acción: Non nobis, Domine, non
nobis, sed nonaini tuo da gloriam" (Sal 115, .1).
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