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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN LA ABADÍA DE MONTECASSINO

Viernes 18 de mayo de 1979

 

Hermanos e hijos queridísimos:

Hace 35 años, el 18 de mayo de 1944, los soldados polacos del General Anders, llegados poco antes al frente y agregados a la "Octava Armada" británica, lograban izar la bandera polaca blanca y roja sobre los escombros todavía humeantes de esta histórica abadía.

Tres meses antes, el 15 de febrero de 1944, centenares de toneladas de explosivos habían sido arrojadas por los bombarderos, destruyendo la abadía, considerada objetivo bélico, mientras entre uno y otro bombardeo el tiro cruzado de las artillerías terrestres y marinas sembraban muerte y ruina por todas partes.

En el cementerio polaco más de mil cruces recuerdan el sacrificio de estos jóvenes que combatieron y murieron junto con otros muchos ejércitos por la libertad y la paz.

Han pasado 35 años; y hoy está aquí, en Montecassino, en la célebre abadía resurgida y gloriosa, un hijo de Polonia, convertido en Pontífice, para recordar y elevar sufragios por sus hermanos, junto a los demás caídos, víctimas de las ideas equivocadas y de los contrastes humanos.

¡Oh, verdaderamente son misteriosos los designios de Dios e imprevisibles los caminos de la historia! ¿Quién habría podido imaginar nunca que este siglo tan estupendo por las conquistas y el progreso, habría visto desencadenados tanto odio y tanta crueldad? ¿Y quién habría podido prever jamás que precisamente de la martirizada y humillada Polonia, habría de salir la voz del Sucesor de Pedro?

No queda más que permanecer estremecidos ante el porvenir, pero bien seguros de que, a través de las vicisitudes a veces trágicas de la humanidad, ¡Cristo vence siempre, y el amor, en definitiva, resulta siempre igualmente vencedor!

Hace ya 9 años subí aquí arriba, a Montecassino, con 200 sacerdotes ex-prisioneros de los campos de concentración de Dackau y de Mathausen. ¡Hoy, convertido en Vicario de Cristo, he vuelto, trayendo en el corazón no sólo ya a Polonia, sino a Italia y a todo el mundo!

Estoy aquí para orar, para meditar con vosotros y también para trazar un programa de vida a la luz de Montecassino y de San Benito.

1. Escuchemos primero la voz de Montecassino.

¿Qué nos puede decir, qué nos quiere decir este monumento insigne de religiosidad y humildad?

Tres veces fue destruido y tres veces resurgió de sus ruinas, permaneciendo centro místico de valor inefable para Italia, para Europa y para el mundo. Aquí han subido los humildes y los poderosos, los santos y los pecadores, los místicos y los desesperados.

Aquí han venido poetas, escritores, filósofos y artistas.

Aquí han llegado almas sedientas de verdad o atormentadas por la duda, y han encontrado paz y certeza.

Aquí han llegado desalentadas y asustadas multitudes inermes y prófugas, víctimas de las borrascas de los tiempos, y han encontrado refugio y consuelo.

¿Cómo se explica este aflujo de gente humilde o importante a Montecassino?

Dante Alighieri, como bien sabéis, se lo hace explicar al mismo San Benito:

«Aquel monte en cuya falda está Cassino / fue frecuentado en la propia cima / por gentes engañadas y mal dispuestas. / Y yo soy el que allá, arriba llevó el primero / el nombre de Aquel que reveló en la tierra / la verdad que tanto nos sublima. / Y tanta gracia resplandeció sobre mí, / que retraje a las villas circunvecinas / del impío culto que sedujo al mundo» (Paradiso, XXII, 37-45).

Aquí se ha venido siempre y se viene para encontrar «la verdad que tanto nos sublima», para respirar una atmósfera distinta, transcendente, transformante.

Por esto, pueblos, ¡venid a Montecassino! ¡Venid a meditar sobre la historia pasada y a comprender el significado auténtico de nuestra peregrinación terrena! ¡Venid a recuperar paz y serenidad, ternura con Dios y amistad con los hombres, para llevar de nuevo esperanza y bondad a las frenéticas metrópolis del mundo moderno, atormentadas y desilusionadas en la angustia de tantas almas!

¡Venid especialmente vosotros, jóvenes, sedientos de inocencia, de contemplación, de belleza interior, de alegría pura; vosotros que buscáis los significados últimos y decisivos de la existencia y de la historia, venid y reconoced y gustad la espiritualidad cristiana y benedictina, antes de dejaros seducir por otras experiencias!

¡Y vosotros, monjes benedictinos, mantened viva vuestra espiritualidad, vuestra contemplación mística unida al trabajo, entendido como servicio a Dios y a los hermanos! Vuestra alegría íntima sea la alabanza a Dios por medio de la fuerte y dulce lengua latina y de las sublimes y purificadoras melodías gregorianas. Servid de ejemplo al mundo con vuestro trabajo en el silencio y en la humilde obediencia.

2. Escuchemos en particular la voz de San Benito.

Hombre representativo y verdadero gigante de la historia, San Benito es grande no sólo por su santidad, sino también por su inteligencia y actividad, que supieron dar un nuevo curso a los acontecimientos de la historia.

De su vida interesante y venturosa recordemos sólo los extremos: Nacido en Nursia hacia el 480, o sea en las montañas interiores de la Umbría, Benito estudió algún tiempo la retórica en Roma, después, asustado o disgustado por lacorrupción del ambiente, se retiró junto al lago Aniene, en Subiaco, en la soledad, donde surgieron nada menos qua 13 monasterios. Obligado a abandonar el valle del Aniene, Benito se dirigió a esta alta colina que domina la villa de Cassino, donde en el 529 fundó el célebre monasterio y se dedicó a !a evangelización de aquellas poblaciones todavía paganas, mientras su hermana Escolástica dirigía el cenobio de las religiosas.

Hacia el fin del siglo V el mundo estaba perturbado por una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el final del Imperio Romano, por la invasión de otros pueblos y por la decadencia de las costumbres.

En esta noche oscura de la historia, San Benito fue un astro luminoso.

Dotado de una profunda sensibilidad humana, San Benito en su proyecto de reforma de la sociedad miró sobre todo al hombre, siguiendo tres líneas directivas:

— el valor del hombre individual. como persona;

— la dignidad del trabajo, entendido como servicio a Dios y a los hermanos;

— la necesidad de la contemplación, o sea, de la oración: habiendo comprendido que Dios es el Absoluto, y que vivimos en el Absoluto, el alma de todo debe ser la oración: Ut in omnibus glorificetur Deus (Regla).

Por esto, en síntesis, se puede decir que el mensaje de San Benito es una invitación a la interioridad. El hombre debe ante todo entrar en sí mismo, debe conocerse profundamente, debe descubrir dentro de sí el aliento de Dios y las huellas del Absoluto. El carácter teocéntrico y litúrgico de la reforma social, propugnada por San Benito, parece calcar la célebre exhortación de San Agustín: Noli foras ire, in teipsum redi; in interiore homine habitat veritas (Vera relig., 39, 72). San Gregorio en sus célebres Diálogos (Migne, PL 66, 125-204), en los que narra la vida de San Benito, escribe que «habitó solo consigo mismo, bajo los ojos de quien nos mira desde lo alto: solus superni spectatoris ocuiis habitavit secum (Lib. II, c. III).

Escuchemos la voz de San Benito: de la soledad interior, del silencio contemplativo, de la victoria sobre el rumor del mundo exterior, de este «habitar consigo mismo», nace el diálogo consigo y con Dios, que lleva hacia las cumbres de la ascética y la mística.

3. Finalmente, escuchemos aún la voz de los tiempos.

La voz de los tiempos nuestros, que vivimos con ansia y miedo, nos dice que los hombres tienden cada vez más a la unidad. Se siente la necesidad de un mayor conocimiento recíproco entre los individuos y entre los pueblos.

Pero hoy especialmente Europa está realizando su unidad, no sólo económica, sino también social y política, bien que en el respeto a cada una de las nacionalidades.

Muchos y complicados son los problemas que se deben afrontar y resolver, desde el campo cultural y escolar al jurídico y económico.

Pero escuchando a San Benito, que fue definido por Pío XII «Padre de Europa» y a quien Pablo VI declaró el celeste Patrono de la misma, los tiempos impulsan hacia una cada vez más intensa comprensión recíproca, que venza y supere las desigualdades sociales, la indiferencia egoísta, la prepotencia, la intolerancia.

¿Y no es éste el mensaje de la fe cristiana? Esta fe cristiana que es el alma y el espíritu de Europa y que nos invita a ser bondadosos, pacientes, misericordiosos, obradores de paz, limpios de corazón, pobres de espíritu, hambrientos y sedientos de justicia (cf. Mt 5, 1-12).

La voz de San Benito se une así a la voz de los tiempos. ¡Sean las bienaventuranzas el programa de vida para Europa y para todos!

También San Pablo nos dice: «Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente siempre que alguno diere a otro motivo de queja... Pero por encima de todo esto, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección. Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones» (Col 3, 12-15).

Nosotros queremos pedir aquí por esta paz de Cristo; y si miramos toda la búsqueda actual de una mayor unidad entre los pueblos europeos, esperamos que ésta lleve también a una conciencia más profunda de las raíces —raíces espirituales, raíces cristianas—, porque, si se debe construir una casa común, se debe construir también un fundamento más profundo. No basta un fundamento superficial.

Y ese fundamento más profundo —lo hemos visto también en nuestro análisis— quiere decir siempre «espiritual».

Pedimos que la búsqueda de una Europa más unida se base sobre el fundamento espiritual de la tradición benedictina, de la tradición cristiana, católica, que quiere decir universal.

Solamente en el nombre de esta tradición es posible que ahora, a este lugar, hoy, venga como Obispo de Roma el hijo de un pueblo diverso en lengua y en historia, pero arraigado en el mismo fundamento, en la misma tradición espiritual, en la misma cristiandad con un pasado tan cristiano, que él puede estar entre vosotros no sólo como uno de casa, sino como vuestro Pastor.

¡Dirijamos a María Santísima nuestra mirada y nuestro corazón!

¡Nos ayude Ella a estar todos de acuerdo para unir a Europa y a todo el mundo en el único sol que es Cristo!

En 1944, al término de las trágicas jornadas de Montecassino, apenas llegaron las tropas a las cumbres de las ruinas aún humeantes, un grupo de soldados católicos polacos quiso erigir allí una pequeña capilla dedicada a María; luego la adornaron como permitían las circunstancias dramáticas, y finalmente se postraron en oración confiada.

Sobre ese terreno se levanta hoy esta nueva iglesia.

Hermanos e hijos queridísimos, unámonos en la oración a María, en la imitación de sus virtudes, en el amor filial y coherente; y después sigamos adelante con fe y valentía diciendo con San Benito: Ora et labora et noli contristari!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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