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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN EL CEMENTERIO DE MONTECASSINO

Viernes 18 de mayo de 1979

 

Señor Primer Ministro,
Ilustres Señores:

Os agradezco sinceramente vuestra presencia, y agradezco a usted, Señor Presidente del Consejo, las gentiles palabras que me ha dirigido en el momento en que me dispongo a visitar estos lugares consagrados por el dolor humano y por la esperanza cristiana.

El Papa viene, ante todo, en afligida peregrinación para orar y recordar a quienes en estas zonas, durante uno de los períodos más trágicos de la segunda guerra mundial, derramaron su sangre: son millares; pertenecían a varias naciones, a varias razas, a varias religiones; ¡eran hombres, esto es, hijos de Dios y, por lo tanto, entre ellos hermanos en Cristo! ¡Sus allegados los lloran todavía. y se preguntan por el "por qué" del fin violento de estos jóvenes que ciertamente soñaban la vida y no la muerte, el amor y no el odio, la alegría y no el sufrimiento, la paz y no la guerra!

Por tanto, vengo a unirme con la profundidad de mi ser de hombre, de cristiano, de sacerdote, de Obispo, de Papa, a la oración ardiente, al recuerdo angustioso y al dolor aún vivo de quienes han quedado con gran vacío incolmable en su corazón y en su casa.

Pero vengo también para escuchar y transmitir a todos el mensaje de los que descansan en este cementerio militar polaco, como también en los cementerios militares inglés, alemán, italiano y fran­cés: ellos nos dicen que el sacrificio de su joven vida no puede haber sido inútil; que su sangre debe haber contribuido a hacer a los hombres más buenos, más abiertos, más solidarios los unos con los otros; que su extremo sufrimiento, humanamente incomprensible, ha adquirido significado pleno en cuanto unido al de Cristo, que tomó sobre sí también el dolor y la muerte.

Invito a todos a uniros a mi oración en sufragio por las almas de los soldados sepultados bajo la tierra de estos cementerios, pero también de los soldados caídos en todas las guerras, cumpliendo su deber para con la patria, y que viven por la eternidad en Dios.

En esta perspectiva adquiere como un significado emblemático mi estancia en la abadía de Montecassino: destruida completamente por la furia bélica y renacida de sus ruinas, continúa siendo para Europa y para el mundo un centro de espiritualidad y civilización. En este día tan solemne, en el nombre de Dios y del hombre, repita a todos: «No matéis! ¡No preparéis a los hombres destrucciones y exterminio! ¡Pensad en vuestros her­manos que sufren hambre y miseria! ;Respetad la dignidad y la libertad de cada uno!» (Redemptor hominis, 16).

A todos mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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