Queridísimos:
De todo corazón os doy la bienvenida y mi saludo más cordial.
Teólogos dedicados de diversos modos al servicio de vuestras Iglesias, habéis
venido a esta ciudad para especializaros y, al mismo tiempo, para conocer de
modo directo el gran esfuerzo de reflexión teológica y de renovación pastoral
realizado, a todos los niveles, en la vida de la Iglesia católica, sobre todo
después del reciente Concilio. Un esfuerzo de profundización espiritual, de
tensión purificadora hacia lo esencial, de fidelidad cada vez más dinámica y
coherente hacia nuestro único Señor y hacia todos los aspectos de su mensaje de
salvación, que debemos
anunciar a los hombres y mujeres de hoy.
En este amplio campo de la misión de la Iglesia en el mundo
contemporáneo, las posibilidades de colaboración entre la Iglesia católica y las
venerables Iglesias ortodoxas, a las que pertenecéis, son grandes porque brotan
de la comunión, aunque todavía no plena, que ya nos une. Por otra parte,
esforzándonos en vivir y presentar juntos toda la realidad del Evangelio dada a
la Iglesia y transmitida de generación en generación hasta nosotros, es como
podremos disipar y superar las divergencias heredadas de las incomprensiones del
pasado.
Esta colaboración no sólo es posible desde ahora, sino que es necesaria, si
queremos ser verdaderamente fieles a Cristo. El quiere nuestra unidad. Ha orado
por nuestra unidad. Hoy más que nunca, en un mundo que reclama autenticidad y
coherencia, nuestra división es un contra-testimonio intolerable. Es como si
negásemos con nuestra vida lo que profesamos y anunciamos.
He querido comunicaros estos pensamientos, al recibiros aquí
por vez primera, para pediros que manifestéis a vuestros obispos, a vuestros
patriarcas, mi voluntad firme de colaborar con ellos para progresar hacia la
plena unidad, manifestando en la vida de nuestras Iglesias esa unidad que ya
existe entre nosotros. Es necesario que esa caridad sin engaño, en la que nos
hemos encontrado y vuelto a encontrar, se vuelva creativa y animosa para hallar
senderos seguros y rápidos que nos conduzcan a esa plena comunión, que sellará
nuestra fidelidad a nuestro único Señor.
He aquí el mensaje que os pido transmitáis a quienes os han
enviado a estudiar en los diversos Institutos de la Iglesia de Roma, la Iglesia
que preside en la caridad.
A vosotros, queridos estudiantes, os deseo que esta estancia
romana sea fecunda, ante todo para vuestro crecimiento en Cristo bajo la acción
del Espíritu Santo. Una sólida vida espiritual personal es la condición
indispensable para todo trabajo teológico y la fuente en la que debe
alimentarse continuamente y renovarse todo verdadero servicio de Iglesia. Y
que esta estancia pueda también ser fructuosa para vuestra preparación a las
tareas que mañana os serán confiadas.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana