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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA XI ASAMBLEA GENERAL
DE "CARITAS INTERNATIONALIS"


Lunes 28 de mayo de 1979

 

Eminencia,
Excelencias,
queridos hermanos y hermanas:

Esta semana previa al viaje a Polonia, el programa de actividades del Papa está bien cargado. Pero he querido satisfacer vuestro deseo de tener una audiencia, si bien sea breve, para mostraros la estima que profeso y la importancia que atribuyo a Caritas Internationalis.

En primer lugar me agrada mucho constatar que se van implantando Cáritas diocesanas de forma creciente en dos tercios de las diócesis del mundo: a nivel local son la expresión y el instrumento de la caridad de la gran comunidad cristiana presidida por el obispo y, por ello, de todas las comunidades eclesiales, parroquiales, u otras ligadas a ellas. En más de cien países las Cáritas nacionales tienen un papel de primera categoría para animar y coordinar la actividad caritativa, en unión estrecha con las Conferencias Episcopales. Ha parecido necesario también — y ésta era una idea muy acariciada por mi llorado predecesor ya desde que era todavía mons. Montini— que estos organismos nacionales estuvieran confederados a nivel internacional en Caritas Internationalis, con el fin de estudiar, estimular y armonizar los proyectos de las asociaciones miembros. Es como un árbol bien estructurado de ramificaciones múltiples. Hay que añadir, en fin, que el Pontificio Consejo Cor Unum constituye junto al Papa, junto al que "preside la asamblea universal de la caridad" (Lumen gentium, 13), un lugar de encuentro de todos los organismos de la Iglesia consagrados a la caridad y al desarrollo.

De acuerdo con el hermoso nombre que lleváis y que es la palabra clave del Evangelio, estáis ordenados a la "caridad". Toda vuestra tarea consiste en vivir de la caridad, en dar testimonio de ella, en ponerla por obra de forma concreta y con otros. No permitamos que la palabra caridad y su realidad se devalúen. No es meramente el fruto de una piedad sentimental y pasajera. Es un amor muy hondo proyectado al prójimo, a todas las personas y, en especial, a las personas necesitadas. Su justificación y dinamismo dimanan del valor que se conceda a la persona, a su dignidad, a su derecho de acceder a una vida honrosa, a pesar de la miseria material o moral que le pueda afligir por desventuras, cataclismos naturales, enfermedades, situaciones sociales injustas, etc. Basta que esta persona tenga necesidad, urgente a veces, de alimento, casa, vestido, medio de ganarse el pan, consuelo en la soledad, visitas o sustento para ella y para los suyos. Y si esta persona tiene tan gran valía a nuestros ojos, es porque la tiene primero a los ojos de Dios; es que Cristo se identifica con ella (cf. Mt 25, 34-40); es que Cristo nos pide hacer por ella lo que desearíamos para nosotros mismos en iguales circunstancias (cf. Mt 7, 12).

Los cristianos no serían dignos de este nombre si no procuraran llegar a esta caridad que viene de Dios. Deben dar testimonio de ella personalmente y ninguno está dispensado de ejercerla. Ni nadie tiene tampoco el monopolio. Pero es fundamental que los cristianos den testimonio de ella solidariamente, que su corazón esté imbuido de ella, que su deseo de acción caritativa sea luminoso, que se coordinen las iniciativas. Es ésta la tarea de las asociaciones de caridad dentro de la Iglesia y, especialmente, de las Cáritas.

Cuando se llega a definir con tal profundidad la caridad, ya no es cuestión de oponer en la Iglesia las medidas de ayuda a las actividades propulsoras del desarrollo. Las dos deben ir a la par. ¿Cómo no preocuparse de establecer para el día de mañana condiciones de vida tales que las miserias endémicas de la actualidad puedan superarse o evitarse en el porvenir, en cuanto dependa de nosotros? Pero, ¿qué valor tendría este interés por la promoción humana, si hiciera caso omiso de las necesidades vitales del mismo día de hoy que no pueden esperar? Dado que, gracias a Dios, nuestra sociedad cada vez se afana más por preparar un mañana mejor, los cristianos deben estar presentes en ella a su modo, es decir, movidos por el amor y la justicia, tratando de promover a todo el hombre y de hacer que los mismos interesados participen en su propio desarrollo. Os habéis ocupado intensamente de ello en esta asamblea general. Pero, por otra parte, en su deseo de planificarlo todo, nuestra sociedad tiene tendencia a minimizar, como provisionales, ciertos casos personales de urgencia, ciertas situaciones imprevistas de socorro, ciertas categorías de marginados. Sabéis también que surgen sin cesar nuevos tipos de pobres en todas nuestras sociedades, al margen del "progreso". "Porque pobres, en todo tiempo los tendréis con vosotros", decía Jesús (Mt 26, 11). Cáritas debe fijarse como objetivo primario y vocación singular, el interés por localizarlos, ayudarles con miras educativas y sensibilizar hacía ellos a los demás. Y vigilemos siempre para que las sumas recogidas para estos pobres, a veces incluso donadas por otros pobres, se destinen efectivamente al servicio de los pobres.

Por otra parte, vuestra coordinación a nivel internacional y el hecho de que estéis reconocidos ante las Organizaciones internacionales con estatuto consultivo, os dan posibilidad y os imponen el deber de dar testimonio de caridad cristiana precisamente a nivel de dichas instancias internacionales o intergubernamentales. Se trata de una presencia y acción que tienen su importancia. El Concilio Vaticano II os exhorta a ello (cf. Gaudium et spes, 90). Sabéis hasta qué punto aprecia la Santa Sede esta actividad internacional en la que no vacila en participar activamente desde el nivel que le es propio.

Que se descubra en todos los sitios a través de vuestras palabras y acciones, el Ágape del Señor que no tiene límite. Sea este amor el fermento evangélico que contribuya a hacer de nuestro universo, un mundo donde la fraternidad y solidaridad sean vividas realmente y en el que los hombres puedan vivir una vida digna de los hijos de Dios. En este tiempo litúrgico pedimos especialmente al Espíritu Santo, el Espíritu de amor: que ilumine, purifique y robustezca el amor de todos los miembros de las Cáritas, a quienes bendigo de todo corazón, con intención especial hacia los responsables y delegados aquí presentes.

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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