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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA UNIÓN CATÓLICA ITALIANA DE PROFESORES
DE ENSEÑANZA MEDIA

Sábado 3 de noviembre de 1979

 

Queridísimos afiliados a la Unión católica italiana de profesores de enseñanza media:

1. Estoy muy contento de encontrarme hoy con vosotros porque gracias a este primer contacto puedo conocer de cerca una asociación profesional valiosa y floreciente que actúa en el campo de la enseñanza italiana para enriquecerla con la aportación de los valores éticos y pedagógicos de la fe cristiana.

He apreciado vuestro vivo deseo de ser recibidos en audiencia especial durante la asamblea que estáis celebrando. Es la 92 de la serie, y bastaría sólo este dato numérico para darse cuenta del desarrollo que ha tenido vuestra asociación y el espíritu que la anima; espíritu no solo organizativo, sino también y sobre todo comunitario, abierto a la colaboración mutua, dispuesto a la confrontación de experiencias e iniciativas con vistas a un fin único, el de servir a la juventud estudiantil promoviendo su formación integral.

2. Pero además de conoceros y poner de relieve la frecuencia de las reuniones, he sabido también con satisfacción que el tema tratado estos días está dedicado o, mejor, centrado en el hombre. En esta opción me complazco sinceramente; pues decir "una escuela para el hombre" significa tocar en lo vivo una problemática de importancia fundamental que afecta la misma razón de ser de la enseñanza y su destino intrínseco de ser estructura de servicio. Pero decir "una escuela para el hombre" significa también ofrecerme a mí que os hablo en esta circunstancia, la oportunidad de exponer algunas consideraciones para confirmar la confianza que la Iglesia Católica en Italia deposita en vuestro laudable trabajo de docentes y educadores cristianos, y estimularos además a continuarlo con generosidad y coherencia, no obstante las dificultades de estos años cruciales.

3. En el subtítulo del tema que habéis elegido he encontrado una referencia explícita e intencional a algo que como bien sabéis es el "Leitmotiv" de la Encíclica "Redemptor hominis", que publiqué la primavera pasada pocos meses después que el Señor me llamó a la responsabilidad suprema en su Iglesia visible. A este propósito quiero confiaros que la reflexión sobre el hombre y, más aún el interés peculiar y directo por el hombre concreto, por cada hombre —en cuanto criatura dotada de dignidad natural y sobrenatural, por la acción convergente y providente de Dios Creador y del Hijo Redentor—, es para mí un "habitus" mental que siempre he tenido, pero que asumió una determinación más lúcida tras las experiencias de mi juventud y después del llamamiento a la vida sacerdotal y pastoral. Pero claro que no sólo está en la Encíclica este elemento de orden psicológico y personal, es decir, el reflejo de mi sensibilidad interior "de homine atque pro homine": en ella hay asimismo la razón objetiva y más amplia y elevada de que el hombre es y será siempre el camino de la Iglesia (cf. n. 14).

Fijaos bien: ¿acaso no dice Jesús en el Evangelio que Él es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6)? Antes de ser verdad y vida, Él se define camino, es decir, vía maestra, itinerario obligado y seguro a la vez para quien quiere ir al Padre y alcanzar así la salvación. Es una imagen análoga ciertamente a la que presenta a Jesús como Luz (Jn 8, 12) o como Puerta (Jn 10, 7). En la base de estas imágenes hay una enseñanza sustancialmente idéntica: es necesario caminar siguiendo la vía trazada por Jesús, iluminada por Jesús; o más sencillamente, hay que seguir a Jesús quien desde la Encarnación al Calvario buscó constantemente al hombre y solo al hombre, para redimirlo del pecado y restituirlo a la vida divina de la gracia.

Ahora bien, si la Iglesia es —y debe serlo so pena de perder su identidad— continuadora fiel de la obra de Jesús, ha de procurar hacerse ella misma camino para el hombre. Igual que entre Cristo y la Iglesia, también entre la Iglesia y el hombre la conexión es tan estrecha que la una no puede estar sin el otro. Y por esto es justa y verdadera asimismo la expresión recíproca: el hombre es el camino de la Iglesia; según juzgué oportuno explicar en el documento citado, él es "el camino primero y fundamental" que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión.

4. Intentemos trasladar ahora estas breves anotaciones al mundo de la enseñanza en el que ejercéis una función delicadísima. ¿La enseñanza puede ser de verdad camino para el hombre? Y viceversa ¿es el hombre de verdad el camino de la enseñanza? La respuesta es afirmativa sin duda alguna; si la función educativa es connatural a la enseñanza, está claro que no puede existir sino para el hombre. ¿Qué sería una enseñanza que olvidase esta dimensión suya original? Quedaría vacía de contenido y carecería de utilidad; pues de ningún modo bastaría la comunicación repetidora y a la larga monótona de nociones y fórmulas. La enseñanza debe estar en concreto al servicio de la vida y preparar a la vida; esto quiere decir que debe formar al hombre, y no informarle simplemente; debe contribuir a elevarlo; debe hacerle crecer en el orden del ser.

Pero aún más. Bien sé que estoy hablando a profesores de enseñanza media de primero y segundo grados, cuyos alumnos van de los 11-12 años a los 18-19; son los llamados "teen­agers" que se encuentran en ese momento decisivo de la vida que "media" el paso de la niñez a la primera madurez. Se verifica ante vuestros ojos, precisamente, queridos amigos y hermanos, este paso tan arduo en el que las transformaciones fisiológicas se entrelazan —en condicionamiento recíproco— con los cambios de orden psicológico. Poco a poco desaparece el muchacho y con él su mundo típico e irrepetible de ensueño, juego e inocencia; y según la línea de gradación que es típica de la naturaleza (natura non facit saltus), nace paralelamente —casi criatura nueva— el hombre con una solidez ya lograda en lo físico y en el área más desarrollada y compleja de su espiritualidad: fantasía, razón, voluntad, amor, libertad.

En este proceso no os podéis limitar a observar, no podéis permanecer pasivos o, a lo más, tocados de curiosidad; estáis implicados en aquél personalmente en cuanto educadores responsables por encargo expreso conferido —antes que por los poderes públicos— por los titulares naturales del derecho­deber de dar educación, los padres de vuestros alumnos. De la relación activa entre educador y educando debe brotar un aumento de humanitas; el hombre adulto está llamado a seguir, orientar y ayudar al adolescente que se va haciendo hombre, con el cuidado de evitar tanto el forzarlo como el dejarlo solo. Cuando además el educador es cristiano y considera la fe una posesión gozosa, no podrá dejar de sacar de ella motivaciones para la actividad pedagógica a que se dedica. Será entonces su meta el ideal de la humanitas christiana en cuanto posibilidad de favorecer el encuentro del alumno, hombre "in fieri", con la persona de Cristo, Hijo de Dios y Hombre perfecto (cf. Ef 4, 13), a fin de que quien está entrando en la vida llegue a acogerlo en su corazón por la fe y esté en grado de "comprender... cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad y conocer la caridad de Cristo que supera toda ciencia (cf. Ef 3, 17-19).

5. ¿Es demasiado alta esta meta para un educador? No por cierto para un cristiano que convencido de que ya en el plano humano su trabajo es una misión, debe encontrar en la realidad de su pertenencia a la Iglesia el motivo y estímulo para dar a dicha actividad un planteamiento cristocéntrico. El deseo o, mejor, el llamamiento que dirigí en otro momento a los "educadores cualificados", sacerdotes, religiosos y laicos, lo renuevo ahora a vosotros a fin de que precisamente en el ambiente de la enseñanza los jóvenes tengan posibilidad de "profundizar su experiencia religiosa" para que "el Evangelio impregne la mentalidad de los alumnos en el terreno de su formación y que la armonización de su cultura se logre a la luz de la fe" (Catechesi tradendae, 69).

Pido al Señor que os dé la fuerza y la luz necesarias para manteneros siempre en este nivel ideal de vuestra profesión: servirle a Él, a Cristo, es lo mismo que servir a los hombres, sus hermanos. Y en su nombre os bendigo afectuosamente con todos los compañeros de vuestra Asociación benemérita

 

 © Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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