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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS FUNCIONARIOS Y DEPENDIENTES
DE LA ORGANIZACIÓN PARA LA ALIMENTACIÓN Y LA AGRICULTURA*


Lunes 12 de noviembre de 1979

 

Señoras y señores,
queridos amigos:

Es para mí una verdadera alegría encontrarme con vosotros, funcionarios y empleados de diverso orden y grado, provenientes de distintas naciones del mundo, que en relaciones de colaboración sincera y en atmósfera de familia, prestáis, bajo la guía del eximio Director general, una obra digna de estima y respeto, al servicio de esta Organización para la Alimentación y la Agricultura.

Conozco bien la importancia del trabajo que desarrolláis con competencia y abnegación, como lo testifican la amplitud de los programas y la importancia de los problemas que afronta la FAO, los cuales encuentran en vosotros los técnicos diligentes, los expertos sagaces, los ejecutores dinámicos, animados por generosa solicitud v vivo espíritu de sacrificio.

La Organización que, podríamos decir, confiada a vuestras expertas manos, a vuestra intuición y a vuestra experimentada pericia, es una de las iniciativas más beneméritas —todos convienen en ello— surgidas en el período que siguió inmediatamente al segundo conflicto mundial, casi por conciencia de querer reparar tantas heridas abiertas por ese tremendo y angustioso acontecimiento, y con la intención también de ahorrar un desgarramiento igual o mayor a las generaciones futuras. La subalimentación y el hambre que padecen todavía demasiados seres humanos constituyen, en efecto, una de las amenazas más graves para la paz; y la FAO ha contribuido de manera determinante a que el mundo entero sea moralmente consciente de este problema.

Por otra parte, la solución del problema del hambre está condicionada por la del problema más amplio y difícil del desarrollo de los pueblos que se hallan en necesidad. El compromiso que os proponéis resulta educativo: se trata de hacer conscientes a todos de que es necesario crear en los países actualmente menos favorecidos esas condiciones técnicas y económicas que les garanticen la posibilidad de proveer por sí mismos a las propias necesidades. Sólo esta meta asegurará una solución definitiva al problema riel hambre y de la miseria en el mundo.

Como podéis observar, más allá de estas instancias materiales que angustian a la humanidad, se configura el compromiso moral de persuadir a todos los hombres de las responsabilidades en relación con el propio hermano y de la salvaguardia de su dignidad, que constituye un valor inalienable, espiritual, evangélico, que no puede ser desatendido sin grave ofensa al Creador y a ellos mismos.

No puedo extenderme en el análisis de los valores morales que estáis llamados a sostener y defender, mediante una acción que sólo en apariencia se presenta como de carácter exclusivamente técnico, financiero y económico. Vuestra actividad incide mucho más a fondo y tiene una resonancia mucho más amplia. Estoy seguro de que, cuando os habéis propuesto desarrollar vuestro trabajo en esta Organización, tanto en el campo del estudio y de la investigación, como en el administrativo y ejecutivo, lo habéis hecho sobre todo con el convencimiento de contribuir, a través de vuestra fatiga, a veces oculta y desconocida, a la salvaguardia de esos valores y objetivos que constituyen el sentido más profundo de la Organización para la Alimentación y la Agricultura. Valores y objetivos de la defensa y promoción de la dignidad humana, que la Iglesia, de acuerdo con su misión, no cesa de someter a la consideración común, encontrando en el mensaje, de que ella es depositaria, la inspiración para actuar en favor de la fraternidad, de la justicia y de la satisfacción de las necesidades fundamentales de la vida.

Íntimamente sensible a estas perspectivas, alabo y admiro vuestro trabajo, que trata de asegurar a todos los hombres una vida digna y feliz. Acaso no sea posible tener en cada momento de vuestra jornada la lúcida y neta percepción de estar desarrollando un papel tan importante, sin embargo, en vuestra reflexión personal deberéis sacar frecuentemente consuelo de la certeza —que en este momento quiero confirmar y valorizar— de que realizáis un cometido de altísimo valor humano y social.

Quisiera deciros todavía una palabra de aliento paterno. Las pruebas y los riesgos que la humanidad deberá afrontar en el campo de la alimentación durante el próximo futuro, tendrán un peso y una incidencia que es difícil determinar en este momento con un cálculo exacto; sin embargo. a primera vista, su inmenso alcance puede llevar a algún desaliento. Por esto no dejéis entrar en el corazón la tentación de la desconfianza, de la indiferencia, de la falta de amor. Cuanto mayor sea vuestra generosidad, vuestra fe, tanto más cercana estará la solución oportuna y el consiguiente resultado positivo. Esta fe exige que se rechace un determinismo fatalista en la evolución económica del mundo y que se crea firmemente en el éxito de una acción coordinada y sobre todo sugerida por la comprensión fraterna y por la voluntad de ayuda mutua.

Vosotros —estoy seguro de ello— tenéis esta fe. Tenéis confianza en el hombre, en la sociedad y en la posibilidad de utilizar y distribuir racionalmente los inmensos recursos que el Creador ha puesto a disposición del hombre. Os exhorto a proseguir e intensificar vuestros esfuerzos, con todo el peso de vuestra preparación científica y especialmente con todo el ímpetu de vuestro corazón. con toda la amplitud de vuestro amor, para asegurar a la familia humana el necesario bienestar fundamental, y a vosotros la alegría de participar de modo responsable en el desarrollo de una altísima misión.

Os doy las gracias de corazón por vuestra acogida y, mientras os repito mi satisfacción por este encuentro, con el deseo de todo verdadero bien, invoco para vosotros, vuestras familias y vuestro trabajo por el éxito de la Organización para la Alimentación y la Agricultura, las más abundantes bendiciones del cielo.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 47 p.11.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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