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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE OBISPOS DE VENEZUELA
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Jueves 15 de noviembre de 1979

 

Amadísimos hermanos en el Episcopado:

Es para mí un placer recibiros hoy en esta audiencia que viene a ser como el punto culminante de la Visita “ad Limina” de todos los obispos venezolanos. En este momento os quiero reiterar mi afecto fraterno de comunión apostólica.

A lo largo de las audiencias particulares tenidas hasta ahora, he podido comprobar por parte vuestra una idéntica correspondencia en esa misma comunión de gracia y de misión, en Cristo, que ha de animar nuestro servicio pastoral. Hago pues mías vuestras inquietudes; comparto también vuestras aflicciones y sacrificios por amor a la Iglesia; me asocio igualmente a vuestras alegrías y esperanzas en la difusión del evangelio. Por todo ello doy gracias al Señor y celebro con gozo que El, “por la confianza que tuvo en vosotros, os haya designado para su servicio” (cf. 1 Tim 1, 12).

1. No voy a describir ahora, por ser cosa que todos sabemos, cuál es la función eclesial del Obispo en medio de la comunidad cristiana. Si quisiera en cambio, por considerar que se trata de un aspecto primordial de toda visita “ad Limina”, invitaros a una reflexión conjunta, a intensificar nuestra conciencia colegial, con el fin de que nuestra actitud pastoral se vea corroborada más y más en el ejercicio de la auténtica misión, que “tiene por objeto el amor mutuo que brota del corazón limpio, de la conciencia honrada y de la fe sentida” (1 Tim 1, 5).

Sí, amadísimos hermanos: la realización del amor mutuo, expresión inequívoca de una vida injertada en Cristo Salvador, es lo que da credibilidad a nuestra ineludible tarea evangelizadora. Ambos, amor y evangelización, tienen como parámetro al hombre interior, es decir, a la persona humana que ha de ser “formada como Dios quiere” (1 Tim 1, 4), mediante la purificación de los corazones, la rectitud moral de las conciencias y la orientación a Dios por la fe viva, traducida en obras.

2. Sin perder de vista esta urgencia de credibilidad en la misión eclesial, me siento en el deber de proponer a vuestra reflexión un campo, en el que hoy más que nunca se advierte en vuestro País la necesidad de un cuidadoso servicio por parte de quienes son maestros y guías del Pueblo de Dios.

Me refiero a la institución familiar. Sé muy bien que constituye también para vosotros una gran preocupación y que le dedicáis una atención particular, porque sois conscientes del don inapreciable y propio del sacramento del matrimonio para los cónyuges cristianos: “Significar y participar en el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia, ayudarse mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de la prole” (cf. Lumen gentium, 11). El sacramento del matrimonio y su perpetuación histórica en la familia entroncan por tanto con la alianza de amor de Dios con el hombre, en la creación y en la redención; una alianza que se perpetúa en la Iglesia, familia del Pueblo de Dios.

En nuestras consideraciones pastorales acerca de la vida matrimonial y familiar hemos de superar, pues, perspectivas estrictamente externas, que a veces ignoran u obscurecen en parte su sentido más profundo y genuino: la identidad propia del amor santificado por el sacramento. Quizá un poco superficialmente nos contentamos a veces con consultar encuestas o estadísticas –efectuadas acaso a base de ideologías predeterminadas– que recogen aspectos mudables y también manipulables, reflejo a su vez de situaciones cambiantes de índole cultural, sociológica, política, económica...

No olvidemos que, detrás de tantos análisis y estadísticas, queda latente un gran hueco que envuelve a personas que confiesan en realidad la propia soledad, el propio vacío moral y espiritual, porque no han sido educados aún suficientemente en el sentido auténtico de la unión matrimonial y de la vida familiar como vocación a una experiencia fecunda, única e irrepetible, de comunicación, en consonancia con el proyecto inicial y permanente de Dios.

Una vocación de la que brotan, evidentemente, deberes y responsabilidades graves a los que hay que ser fieles, por amor a la propia prole y en obediencia a las prescripciones divinas.

Ante esta evidencia, no podemos menos de intensificar nuestra labor por todos los medios a nuestro alcance. Si estamos convencidos de veras “del poder salvador de la Iglesia, de que es la persona humana la que hay que salvar y la sociedad humana la que hay que renovar” (Lumen gentium, 3), hemos de ofrecer y cultivar esa fuerza y esa verdad en la familia, dentro de la cual la persona nace y se regenera por obra de la gracia. Donde hay vida y ésta se aprecia y se respeta como don de Dios, la familia y la comunidad no languidecen, ni la conciencia moral se relaja, ni la existencia cotidiana se deja dominar por el tedio; al contrario, “formada como Dios quiere”, sentirá la plenitud de sentido en su conexión con la Paternidad divina.

3. Asimismo cabe destacar, por su importancia en la labor de evangelización, el cometido del hogar como escuela de formación. La familia cristiana, “ iglesia doméstica ” en frase de mi venerado predecesor Pablo VI (Evangelii nuntiandi, 71) es el primer ambiente apto para sembrar la semilla del evangelio y donde padres e hijos, cual células vivas, van asimilando el ideal cristiano del servicio a Dios y a los hermanos.

De este dinamismo educativo surgirán sin duda algunas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, tan necesarias para continuar el servicio a los hombres, sobre todo en favor de los más pobres, de los que sufren en la carne y en el espíritu. Educad, pues, a los padres en la idea de que el seguimiento de Cristo es una razón que da pleno sentido a una vida, porque es la respuesta generosa e la llamada divina.

4. Otro tema sobre el que quiero llamar vuestra atención de Pastores es el de la catequesis. Sé que estáis empeñados en llevar a vuestros fieles hacia una evangelización progresiva que configure toda su vida cristiana. Os aliento a continuar y redoblar vuestros esfuerzos en un campo tan vital para la Iglesia, ya que solamente con una labor catequística sistemática y en profundidad vuestras comunidades cristianas podrán llegar a una vivencia integral del mensaje de salvación y dar testimonio personal y colectivo de las razones profundas de su esperanza en Cristo.

Esta tarea deberá desarrollarse poniendo como centro el misterio de Jesús, Hijo de Dios y Redentor del hombre, que en la Palabra revelada sigue transmitiendo su enseñanza salvadora para el ser humano en cada momento de la historia, y que en los sacramentos continúa desplegando hoy la eficacia de su fuerza divina, transformadora para quien a El se acerca.

Esa es la meta final de toda catequesis: el encuentro vital, consciente, personal con el Cristo de la fe, el Cristo de la historia, el único Redentor y esperanza del hombre. Pero una catequesis bien programada y que parte de la verdadera realidad ambiental, no desdeñará todas las ayudas y atisbos de auténtica espiritualidad que se dan en tantas formas de religiosidad popular. Bien orientadas y hechas objeto de apropiada catequesis, podrán ser válidos caminos hacia la deseada profundidad de una vida plena en Cristo.

En esta tarea y para darle la amplitud que de otra forma no os permitiría la escasez de agentes de pastoral calificados, servios en todo lo posible de los medios de comunicación social, que pueden multiplicar vuestra voz evangelizadora. Buscad también, en este como en otros campos, la ayuda de los laicos y de todas las personas bien formadas, que os pueden prestar una colaboración preciosa. ¡Qué amplias perspectivas podrían abrirse en ese cometido para no pocos de vuestros mejores universitarios, para esos que son conscientes de su vocación cristiana y de su noble misión en la Iglesia y en el mundo actual!

5. Hay otro tema que está muy presente en vuestros ánimos y que recurre con frecuencia en vuestras relaciones quinquenales: la preocupación por las situaciones sociales que enfrentáis en el ministerio de vuestras Iglesias.

Sabéis muy bien que la misión prioritaria y propia de la Iglesia es la evangelización. Sin embargo, no podemos cerrar los ojos a la repercusión que también en el orden social tiene el mensaje del Evangelio. La Iglesia ha demostrado a lo largo de los tiempos una honda sensibilidad hacia el ser humano, víctima de injusticias, de opresiones y de violaciones a su dignidad de hombre y de hijo de Dios. La visión del trabajador no debidamente respetado y retribuido, del campesino sin posibilidad de conveniente acceso a una propiedad en la que realizarse con dignidad, del habitante de ciertos barrios sin casa ni medios de cultura o de trabajo, del hijo de hogares humildes sin oportunidades de adecuada formación para su vida, del emigrante mal acogido o maltratado, son realidades –a las que podríamos añadir otras– que reclaman una justa atención por parte de cuantos en la Iglesia pueden contribuir en las tareas de una mayor humanización de las estructuras y ambientes, para que se acomoden al hombre y a su dignidad.

Es una educación de las mentes y de los corazones la que se impone, a la luz de los grandes principios de la enseñanza social y humanitaria de la Iglesia.

6. Para no alargar más este encuentro, dejo a vuestra consideración y sensibilidad de Pastores otros capítulos que hemos tocado en nuestros coloquios de estos días.

Deseo deciros, finalmente, que el Papa se siente íntimamente unido a las aspiraciones y esperanzas de la Iglesia de Dios en vuestro País. En mis oraciones a Dios Padre y a la Virgen de Coromoto tengo muy presentes a todos y cada uno de los venezolanos, pidiendo al Dios Uno y Trino que estos votos se conviertan en cristiana realidad.

Con gran afecto doy a vosotros y a los miembros de vuestras Iglesias mi especial Bendición.

 

 

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