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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL XXII «CERTAMEN VATICANUM»


Lunes 26 de noviembre de 1979

 

Venerable hermano nuestro y queridos hermanos y hermanas:

Me ha complacido lo que acaba de decir el cardenal Pericle Felici, empleando términos tan cultos, y he recordado el tiempo en que, siendo él Secretario del Concilio Ecuménico Vaticano II, le oí hablar en latín con frecuencia y abundantemente en la basílica de San Pedro.

Pasado un año, tengo la satisfacción de saludaros otra vez, profesores y socios de la Fundación Latinitas, y a vosotros vencedores en el Certamen Vaticano, a quienes felicito de corazón; os saludo a vosotros que en estos tiempos guardáis solícitamente el fuego de la latinidad, lo cultiváis hábilmente y lo defendéis con intrepidez.

Sabed que os sigo con agrado y benevolencia a vosotros y a vuestro trabajo. Yo mismo, como sabéis, he publicado este año, en latín, como es costumbre, la Constitución Apostólica que comienza con las palabras "Sapientia christiana" por la que se reorganizan las universidades y facultades eclesiásticas. A esta Constitución se añaden las normas de la Sagrada Congregación para la Educación Católica, entre las que se halla ésta: "En las facultades de ciencias sagradas se requiere un conocimiento suficiente de la lengua latina, para que los alumnos puedan comprender y utilizar las fuentes de tales ciencias y los documentos de la Iglesia" (IV, art. 24, par. 3; AAS 71, 1979, pág. 507: cf. L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 3 de junio de 1979, pág. 13). Por lo tanto, los alumnos que acceden a los centros de estudios eclesiásticos superiores, si no han completado antes los cursos de lengua latina, conviene que lo aprendan, como ya suele hacerse, por citar un ejemplo, en las Pontificias Universidades y Ateneos romanos.

Efectivamente, sé que la Fundación llamada Latinitas, se propone promover el estudio y el uso ele la lengua latina. Si pensamos en su empleo, se plantea la cuestión de si la lengua latina —a la que muchos consideran ya ajena a las costumbres de los hombres, como lengua ciertamente antigua y, como dicen, muerta— todavía puede estar vigente en realidad. La Iglesia, llamada latina, aunque por utilidad pastoral haya introducido en la liturgia también las lenguas vernáculas, sin embargo, no se aparta del principio de que su propia lengua es la latina. En realidad, los documentos más importantes de la Sede Apostólica continúan escribiéndose en esta lengua. Sin embargo, ¿pueden reproducirse en palabras latinas todas las nociones, todos los inventos, que utiliza esta época, sometida a tantos cambios? Esta cuestión no parece fácil.

En realidad, durante toda la Edad Media, y aún después, era común el uso de la lengua latina en las escuelas, para escribir libros y para celebrar actos públicos; por lo cual esta lengua se acomodaba para significar cosas nuevas o se enriquecía con nuevas palabras. Por lo tanto, si en nuestros tiempos queremos que vuelva a florecer la lengua latina no sólo como ejercicio privado de los eruditos, sino también y sobre todo, aunque con límites reducidos, en el uso de hombres cultos por su saber y así resulte cierto vínculo de unidad, conviene que se la convierta en instrumento apto para explicar todo aquello que nuestros contemporáneos conciben en su pensamiento, sienten en su interior, realizan con sus obras. Ya mi venerado predecesor Pablo VI fue sensible a esto, cuando preguntaba si se podía esperar y llevar a cabo que la lengua latina pudiese conservar y ampliar sus antiguas propiedades. Responde él mismo: "No se puede negar que es asunto grave, laborioso. lleno de grandes dificultades. Pero al menos en parte se llevaría a efecto con utilidad común, si se intentase que se expusieran en latín las novedades de mayor importancia, como se hizo antes" (Alocución del 16 de abril de 1966; AAS 58, 1966, pág. 361). He aquí un campo ampliamente abierto a vuestra actividad. Ciertamente he sabido que ya habéis acometido esta empresa, trabajando en común entre vosotros. Deseamos, pues, que no se quede en mero proyecto.

¡Sed animosos e ingeniosos! ¡Cultivad diligentemente y promoved por todas partes, con iniciativas bien pensadas, la lengua latina, insigne por su majestad y concisión romanas, como idónea para esculpir lo verdadero y lo recto, y que impulsa a pensar con agudeza y lógica! Esforzaos, siguiendo las normas de los antiguos, por hablar y escribir en latín siempre clara y perfectamente y, cuando la ocasión lo requiera, con elegancia y en verso.

Finalmente, pidiendo para vosotros los auxilios divinos, os imparto con todo afecto la bendición apostólica.

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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