 |
VIAJE A TURQUÍA
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Aeropuerto militar de Esmirna
Viernes 30 de noviembre de 1979
Señor Ministro,
Excelencias,
señoras y señores:
No puedo abandonar vuestro país sin manifestar mi agradecimiento cordial al
pueblo turco
y a sus dirigentes. Gracias a ellos he podido llevar a cabo felizmente esta visita en
la que tenía tanto interés. Me he beneficiado de su cortés hospitalidad, de un servicio
de orden bien organizado y de los diferentes medios que se han puesto a mi disposición en
este viaje. He podido asimismo conversar agradable y provechosamente con las
autoridades; y le agradecería en particular, señor Ministro, transmitiera la promesa
de mi recuerdo y gratitud al Excmo. Sr. Presidente de la República y a los miembros
del Gobierno.
Al igual que mi querido predecesor Pablo VI, he venido a vuestra
tierra como mensajero de paz y como amigo. La Sede Apostólica de Roma no cesa de manifestar su
voluntad de contribuir, según sus propios medios, a la instauración de relaciones
pacíficas y fraternas entre los pueblos, al progreso humano y espiritual de todas las naciones sin
distinción, a la
promoción y defensa de los derechos humanos de las personas y comunidades nacionales,
étnicas y religiosas. La República de Turquía, que mantiene relaciones diplomáticas con
la Santa Sede desde 1960, está bien convencida de ello.
Me siento complacido de haber tenido ocasión de manifestar mi
estima hacia el pueblo
turco. Lo sabía ya y lo he experimentado estos días: es una nación orgullosa de sí
misma con razón, que se propone solucionar sus problemas políticos, económicos y
sociales con dignidad, democracia e independencia. Tiene la riqueza de una juventud
muy numerosa y está decidida a utilizar todos los recursos del progreso moderno. Hago votos cordiales por su porvenir.
No he podido tampoco dejar de meditar en su pasado. Desde hace milenios
—hasta los hititas podemos remontarnos— este país ha sido encrucijada y crisol
de civilizaciones al ser gozne entre Asia y Europa. ¡Cuántas riquezas
culturales escondidas no sólo en sus restos arqueológicos y sus monumentos
venerables, sino en el alma, en la memoria más o menos consciente de su
población! ¡Cuántas aventuras también, gloriosas o dolorosas, han
formado la trama de su historia!
La unidad de la Turquía moderna se constituye hoy alrededor del bien común que
se ha de impulsar, y por el que el Estado tiene la misión de velar. La
distinción clara de los campos civil y religioso puede permitir que cada uno
ejerza sus responsabilidades específicas respetando la naturaleza de cada poder
y la libertad de las conciencias. El principio de esta libertad de conciencia,
como también la de religión, culto y enseñanza, están reconocidos en la
Constitución de esta República. Deseo que todos los creyentes y sus comunidades
se beneficien de aquélla cada vez más. Cuando están bien formadas, las
conciencias sacan de sus profundas convicciones religiosas, es decir, de su
fidelidad a Dios, una esperanza, un ideal y las cualidades morales de valentía,
lealtad, justicia y fraternidad, que son necesarias para la felicidad, la paz y
el alma de todos los pueblos. En este sentido séame permitido manifestar mi
estima hacia todos los creyentes de este país.
He venido a vosotros ante todo como jefe religioso, y comprenderéis fácilmente
que me he sentido especialmente feliz al encontrar en este país a hermanos e
hijos cristianos que esperaban mi visita y estas comunicaciones espirituales
que se habían hecho necesarias en cierto modo. Sus comunidades cristianas, pocas
en número pero fervorosas y hondamente enraizadas en la historia y el amor de su
patria, mantienen la llama de la fe, la oración y la caridad de Cristo, dentro
del respeto a todos. He evocado asimismo ante ellas las regiones y
ciudades que fueron distinguidas por la evangelización de los grandes Apóstoles
de Cristo, Pablo, Juan, Andrés; por las primeras comunidades cristianas; y por
los grandes Concilios Ecuménicos. Sí, como Sucesor del Apóstol Pedro, mi corazón
y el de todos los cristianos del mundo, está muy encariñado con estos famosos
lugares a donde siguen viniendo nuestros peregrinos con emoción y gratitud. Es
honor para vuestro país comprenderlos y facilitar esta hospitalidad.
Agradezco particularmente a Vuestra Excelencia el haber tenido la amabilidad de
acompañarme. Saludo asimismo a los representantes de las comunidades civiles,
religiosas y culturales aquí presentes. Formulo mis mejores votos para ustedes
y para todos y cada uno de sus compatriotas. Quisiera que mi visita haya sido
para todos como un mensaje de paz y de amor fraterno, sin los que no hay felicidad verdadera ni auténtico
progreso, ni menos aún fidelidad a Dios. Seguiré pidiendo al Altísimo que dé luz
al pueblo turco y a sus dirigentes en la búsqueda de su voluntad, les ayude en sus duras tareas y
les colme de sus dones de paz y fraternidad.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
|