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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN LA CATEDRAL DE LA SANTA CRUZ


Boston
Lunes 1 de octubre de 1979

 

Querido cardenal Medeiros,
queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En este primer día de mi visita pastoral a los Estados Unidos de América, siento gran gozo al llegar a esta ciudad de Boston y a esta catedral, así como de ir, después, esta noche al Common para encontrarme con la comunidad católica. Es la primera vez en la historia que un Sucesor de Pedro es recibido entre vosotros. En esta ocasión maravillosa deseo rendir homenaje a la Santísima Trinidad en cuyo nombre he venido. Y hago mío el saludo de San Pablo a los corintios: "A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo en todo lugar, suyo y nuestro. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (1 Cor 1, 2-3).

Un gracias cordial a usted, cardenal Medeiros, arzobispo de Boston, por la bienvenida que me da hoy. Me complazco en renovarle, en su iglesia catedral, la manifestación de mi profunda estima y amistad. Saludos cordiales también a los obispos auxiliares y a todo el clero, diocesano y religioso, a vosotros que sois mis hermanos sacerdotes en virtud del sacramento del orden sagrado. Por medio de vuestro sacerdocio sois también un don de Dios a la comunidad cristiana. Por ser servidores del Evangelio, estaréis siempre cercanos a vuestra gente y a sus problemas. Porque participáis del sacerdocio de Cristo, vuestra presencia en el mundo tendrá siempre el sello del celo de Cristo, pues os eligió para que edificarais su Cuerpo, la Iglesia (cf. Ef 4, 12).

Deseo daros una bendición especial a vosotros religiosos, a mis hermanos y hermanas religiosas que han consagrado la vida a Jesucristo. Que de su amor recibáis siempre gozo. Y a todos vosotros, los laicos de la diócesis, qué estáis unidos al cardenal y al clero en una misma misión, abro mi corazón con amor y confianza. Sois los obreros de la evangelización en las realidades de la vida diaria, y dais testimonio del amor de Cristo en el servicio que prestáis a todos los hombres y mujeres, empezando por vuestras familias.

A todos quiero manifestar mi felicidad por hallarme entre vosotros. Oro por cada uno de vosotros y pido que estéis siempre unidos en Cristo y en su Iglesia para que podamos "manifestar al mundo nuestra unidad en el anuncio del misterio de Cristo, en la revelación de la dimensión divina y humana también de la redención, en la lucha con perseverancia incansable en favor de esta dignidad que todo hombre ha alcanzado y puede alcanzar continuamente en Crito" (Redemptor hominis, 11). Que esta catedral, dedicada a la Santa Cruz de Jesús, os recuerde siempre vuestro llamamiento de grandeza, pues por el misterio de la Encarnación y del sacrificio redentor de Jesús en la cruz participamos en las "insondables riquezas de Cristo" (Ef 3, 8).

Desde esta catedral envío un saludo a todas las personas de esta ciudad de Boston; en particular a los que de un modo u otro soportan él peso del sufrimiento; a los enfermos y a los que yacen postrados en el lecho; a aquellos a quienes la sociedad parece haber marginado y a los que han perdido la fe en Dios y en sus semejantes. A todos he venido con un mensaje de esperanza y paz, la paz y la esperanza de Jesucristo, para quien todo ser humano tiene inmenso valor y dignidad, y en el que se hallan todos los tesoros de justicia y amor.

En la ciudad de Boston estoy saludando a una comunidad que a lo largo de las vicisitudes de la historia ha sabido cambiar y, a la vez, seguir siendo fiel a sí misma; una comunidad donde las personas de todos los ambientes, credos, razas y convicciones han encontrado soluciones adecuadas a los problemas, y han formado un hogar donde se respeta la dignidad de todas las personas. Para honra de todos los ciudadanos de Boston, que han heredado una tradición de amor e interés fraterno, permítaseme recordar lo que dijo a sus compañeros uno de los fundadores de esta ciudad cuando venían en el barco, camino de su nuevo hogar de América: "Debemos amarnos mutuamente con corazón puro, debemos soportar el peso unos de otros". Estas palabras sencillas explican bien el significado de la vida, de la vida de hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo.

Que la paz de Dios descienda sobre esta ciudad de Boston y traiga gozo a cada conciencia y alegría a cada corazón.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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