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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PERSONAL QUE TRABAJA EN LA SEDE
DE LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS*


Palacio de Cristal, Nueva York
Martes 2 de octubre de 1979

 

Señoras,
señores,
queridos amigos:

Con gran placer he aprovechado 1a oportunidad de saludar a todos los miembros del staff de la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, y de reiterar ante vosotros mi firme creencia en el extraordinario valor e importancia de papel y actividades de esta Institución Internacional, de todas sus agencias y programas.

Cuando aceptasteis servir aquí, bien sea en el estudio o en la investigación, en las tareas administrativas o planificadoras, en las actividades logísticas o de secretariado, lo hicisteis porque creíais que vuestro trabajo constituiría una valiosa contribución a los fines y objetivos de esta Organización. Y así es, ciertamente. Por vez primera en la historia de la humanidad, todos los pueblos, mediante sus Representantes, tienen la posibilidad de reunirse continuamente uno con otros en orden a intercambiar puntos de vista, a deliberar y buscar soluciones pacíficas, soluciones efectivas a los conflictos y problemas que causan el sufrimiento, en todas las partes de mundo, a un gran número de hombres, mujeres y niños. Vosotros formáis parte de este grandioso empeño universal. Vosotros suministráis los servicios necesarios, la información y ayuda indispensable para el éxito de esta interesante aventura, vosotros garantizáis continuidad en la acción y en la ejecución. Cada uno de vosotros es un siervo de la unidad, de la paz y la hermandad entre todos lo hombres.

Vuestra tarea no es menos importante que la de los representantes de las naciones del mundo, dado que estáis motivados por el gran ideal de la paz mundial y el de la fraterna colaboración entre todos los pueblos: lo que cuenta es el espíritu con el que cumplís vuestras tareas. La paz y la armonía entre las naciones, el progreso de toda la humanidad, la posibilidad de que todos los hombres y mujeres vivan con alegría y dignidad depende de vosotros, de cada uno de vosotros, y de las tareas que desarrolláis aquí.

Los constructores de las pirámides de Egipto y México, de los templos de Asia, de las catedrales de Europa, no fueron sólo los arquitectos que proyectaron los planos o quienes proveyeron de medios financieros, sino también, y no poco, los que grababan las piedras, muchos de los cuales nunca tuvieron la satisfacción de contemplar la belleza de la obra maestra, ya rematada, que sus manos ayudaron a crear. Y, sin embargo, produjeron una obra de arte que más tarde sería objeto de admiración durante generaciones.

Vosotros, bajo muchos puntos de vista, sois los talladores de la piedra. Aunque dediquéis gran parte de vuestra vida a este servicio, no siempre podréis ver rematado el monumento de la paz universal, de la colaboración fraterna y de la verdadera armonía entre los pueblos. Algo de esto podréis percibir de vez a cuando, en un éxito concreto, en un problema resuelto, en la sonrisa de un niño feliz y sano, cuando se evita un conflicto, cuando se percibe algún tipo de reconciliación de mentes y corazones. Lo normal es que sólo experimentéis la monotonía de vuestro trabajo diario, o las frustraciones de los montajes burocráticos. Pero sabed que vuestro trabajo es algo grande y que la historia juzgará favorablemente vuestras realizaciones.

No disminuirán los retos a los que la comunidad mundial tendrá que enfrentarse en los próximos años y décadas. Los acontecimientos capaces de trastocar en un momento la paz del mundo, los tremendos adelantos de la ciencia y la tecnología, aumentarán tanto el potencial de cara al desarrollo, como la complejidad de los problemas. Estad preparados, sed competentes, pero sobre todo tened confianza en el ideal al que servís.

No consideréis vuestra contribución sólo en términos de aumento de producción industrial, de aumento de eficiencia, de sufrimiento eliminado. Consideradla, sobre todo, en términos de aumento de la dignidad de todos y cada uno de los seres humanos, de aumento de posibilidades de que toda persona avance progresivamente hacia la plena medida de su perfección espiritual, cultural y humana. Vuestra profesión de servidores internacionales recibe su valor de los objetivos perseguidos por las Organizaciones Internacionales. Estos objetivos trascienden la esfera meramente material o intelectual; penetran en el terreno moral y espiritual. Mediante vuestra labor, podéis hacer extensivo vuestro amor a toda la familia humana, a todas las personas que han recibido el maravilloso don de la vida, para que todos puedan vivir unidos en paz y armonía, en un mundo justo y en paz, donde todas sus necesidades básicas (físicas, morales `y espirituales) puedan verse realizadas.

En el visitante que tenéis ante vosotros podéis ver a alguien que admira lo que hacéis y que cree en el valor de vuestra tarea.

Gracias por vuestra acogida. Hago extensivos mis cordiales saludos a todas vuestras familias. Especialmente espero que podáis experimentar una profunda y permanente alegría en el trabajo que realizáis en beneficio de todos los hombres, mujeres y niños de la tierra.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 41 p.11.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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