The Holy See
back up
Search
riga

VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN EL «SHEA STADIUM» AL DESPEDIRSE DE NUEVA YORK



Miércoles 3 de octubre de 1979

 

Queridos amigos de Nueva York:

Me proporciona una gran alegría tener la oportunidad de venir a saludaros en mi viaje al aeropuerto de La Guardia, al final de mi visita a la archidiócesis y a la metrópoli de Nueva York.

Gracias por vuestro caluroso recibimiento. En vosotros quiero saludar una vez más a toda la gente de Nueva York, Long Island, New Jersey y Connecticut, Brooklyn; a todas las parroquias, hospitales, escuelas y organizaciones, a vuestros enfermos y ancianos. Y, con especial afecto, a los jóvenes y a los niños.

Os traigo de Roma un mensaje de fe y de amor: "Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones" (Col 3, 15). Que la paz sea el deseo de vuestro corazón, pues si amáis la paz amaréis a toda la humanidad, sin distinción de raza, color o credo.

Mi saludo constituye también una invitación dirigida a todos vosotros a que os sintáis personalmente responsables del bienestar y del espíritu comunitario de vuestra ciudad. Un visitante de Nueva York se siente siempre impresionado por el carácter especial de esta metrópoli: rascacielos, calles interminables, amplias áreas residenciales, bloques de viviendas, y sobre todo los millones de personas que viven aquí o que dirigen su mirada aquí en espera de ese trabajo que los mantendría a ellos y a sus familias.

Las enormes concentraciones de gente crean problemas y necesidades especiales. Se necesita el esfuerzo personal y la colaboración leal de todos para hallar soluciones justas, de modo que todos los hombres, mujeres y niños puedan vivir dignamente y desarrollar al máximo sus potencialidades, sin tener que padecer carencia de educación, de vivienda, de empleo y de oportunidades culturales. Sobre todo, una ciudad, si quiere llegar a ser un verdadero hogar para todos los seres humanos que la habitan, necesita un alma. Vosotros, la gente, debéis proporcionarle esa alma. ¿Cómo podéis hacer esto? Amándoos unos a otros. El amor mutuo debe ser el distintivo de vuestras vidas. Jesucristo nos dice en el Evangelio: `"Amarás al prójimo como a ti mismo" (Mt 22, 39). Este mandato del Señor debe ser lo que os inspire en la formación de unas verdaderas relaciones humanas entre vosotros, de modo que nunca se sienta nadie solo o no aceptado, y mucho menos rechazado, despreciado u odiado. El mismo Jesús os dará la fuerza del amor fraterno. Si vosotros lo deseáis (y Jesús os ayudará a realizarlo), cada barrio, cada bloque y cada calle se convertirá en una verdadera comunidad.

Conservad a Cristo en vuestros corazones, y descubriréis su rostro en cada ser humano. Desearéis ayudarle a salir de todas sus necesidades: las necesidades de vuestros hermanos y hermanas. Este es el modo de prepararnos a nuestro encuentro con Cristo, cuando venga de nuevo, el último día, como Juez de vivos y muertos, y nos diga: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; peregriné, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme... En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí lo hicisteis"(Mt 25, 34-35. 39).

Quiero dirigir ahora mi saludo más cordial a todos y a cada uno de los miembros de la colonia de lengua española que, procedentes de diversos países, están presentes en este estadio.

En vosotros veo representada y deseo saludar con entrañable afecto a la numerosa comunidad hispana que habita en Nueva York y en otros tantos lugares de los Estados Unidos.

Quiero aseguraros que soy bien consciente del puesto que ocupáis en la sociedad americana, y que sigo con vivo interés vuestras realizaciones, aspiraciones y dificultades dentro del entramado social de esta nación, que es vuestra patria adoptiva o la tierra que os acoge. Por ello, desde el primer momento en que acepté la invitación para realizar una visita a este país pensé en vosotros, parte integrante y específica de esta sociedad, parte muy considerable de la Iglesia en esta vasta nación.

Como católicos quiero exhortaros a mantener siempre bien clara vuestra identidad cristiana, con una constante referencia a los valores de vuestra fe, que deben iluminar la legítima búsqueda de una posición material digna para vosotros y vuestras familias.

Inmersos generalmente en el ambiente de ciudades populosas y en un clima social en el que a veces prima lo técnico y material, esforzaos por dar un suplemento de espíritu a vuestra vida y convivencia. Tened presente a Dios en vuestra existencia; a ese Dios que os llama a ser cada vez más dignos de vuestra condición de hombres y de seres que tienen una vocación de eternidad; a ese Dios que os invita a la solidaridad y a colaborar en la construcción de un mundo cada vez más habitable, justo y fraterno.

Ruego por vosotros, por vuestros familiares y amigos, sobre todo por los niños, enfermos y por los que sufren, y a todos doy mi bendición. ¡Dios os acompañe siempre!

¡Adiós. que Dios os bendiga!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

top