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  VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA ORACIÓN DE LAUDES


Catedral de San Patricio, Nueva York
Miércoles 3 de octubre de 1979

 

Queridos hermanos y hermanas:

San Pablo pregunta: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?"

Mientras sigamos siendo lo que somos esta mañana (una comunidad de oración unida en Cristo, una comunidad eclesial de alabanza y culto al Padre) podremos ser capaces de comprender y experimentar la respuesta: que nadie ni nada nos separará del amor de Cristo. Hoy, para nosotros, la oración de la mañana de la Iglesia constituye una gozosa celebración comunitaria del amor de Dios en Cristo.

El valor de la Liturgia de las Horas es enorme. A través de ella, todos los fieles, pero especialmente clero y religiosos, realizan un papel de primerísima importancia: la oración de Cristo se prolonga en el mundo. El Espíritu Santo mismo intercede por el Pueblo de Dios (cf. Rom 8, 27). La comunidad cristiana, con la alabanza y la acción de gracias, glorifica la sabiduría, el poder, la providencia y la salvación de nuestro Dios.

En esta oración de alabanza elevamos nuestros corazones al Padre de nuestro Señor Jesucristo, llevando con nosotros la angustia y las esperanzas, las alegrías y tristezas de todos nuestros hermanos y hermanas del mundo.

Y nuestra plegaria se convierte en una escuela de sensibilidad, pues nos hace conscientes de lo vinculados que están nuestros destinos a toda la familia humana. Nuestra oración se convierte en una escuela de amor, un especial modo de amor consagrado cristiano, por el que amamos al mundo, pero con el corazón de Cristo.

Mediante esta plegaria de Cristo, a la que nosotros prestamos la voz, se santifica nuestro día, se transforman nuestras actividades, se santifican nuestras acciones. Rezamos los mismos salmos que rezó Jesús, y entramos en contacto personal con El, que es la persona a la que apuntan las Escrituras, la meta a la que va dirigida la historia.

En nuestra celebración de la Palabra de Dios, el misterio de Cristo se abre ante nosotros y nos envuelve. Y, a través de la unión con nuestra Cabeza, Jesucristo, nos vamos haciendo uno progresivamente con todos los miembros de su Cuerpo. Como nunca, tenemos ahora la posibilidad de alcanzar y abrazar el mundo, pero de abrazarlo con Cristo: con auténtica generosidad, con amor puro y efectivo, en el servicio, la purificación y la reconciliación.

La eficacia de nuestra oración rinde un honor especial al Padre, porque se hace siempre mediante Cristo y por la gloria de su nombre: "Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un Dios, por los siglos de los siglos".

Como comunidad de oración y alabanza, con la Liturgia de las Horas entre las más altas prioridades de nuestro día (de cada día), podemos estar seguros che que nada nos separará del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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