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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS RELIGIOSOS EN LA IGLESIA DE SAN PEDRO

Chicago, Illinois
Fiesta de San Francisco de Asís
Jueves 4 de octubre de 1979

 

Hermanos en Cristo:

1. "Siempre que me acuerdo de vosotros, doy gracias a mi Dios; siempre, en todas mis oraciones, pidiendo con gozo por vosotros, a causa de vuestra comunión en el Evangelio desde el primer día hasta ahora" (Flp 1, 3-5). Estas palabras de San Pablo expresan esta tarde mis sentimientos. Es hermoso estar con vosotros. Y estoy agradecido a Dios por vuestra presencia en la Iglesia y por vuestra colaboración en proclamar la Buena Nueva.

Hermanos, Cristo es el fin y la medida de nuestra vida. Vuestra vocación tuvo origen en el conocimiento de Cristo, y vuestra vida se sustenta en su amor. Porque os ha llamado a seguirle más de cerca con una vida consagrada mediante el don de los consejos evangélicos. Vosotros le seguís con sacrificio y generosidad espontánea. Le seguís con alegría, "con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y dando gracias a Dios en vuestros corazones" (Col 3, 16). Y le seguís con fidelidad, incluso considerando un honor el sufrir humillaciones por su nombre (cf. Act 5, 41).

Vuestra consagración religiosa es esencialmente un acto de amor. Es una imitación de Cristo, que se ofreció a su Padre para salvar al mundo. En Cristo se unen su amor por el Padre y su amor por los hombres. Y así sucede en vosotros. Vuestra consagración religiosa no sólo ha reforzado el don bautismal de unión con la Trinidad, sino que os ha llamado también para un servicio mayor al Pueblo de Dios. Vosotros estáis más cercanos a la persona de Cristo, y participáis más en su misión de salvar al mundo.

Esta tarde quiero hablar de vuestra participación en la misión de Cristo.

2. Primeramente, os recuerdo las cualidades personales que son necesarias para poder participar con eficacia en la misión de Cristo. En primer lugar, debéis ser libres interiormente, espiritualmente. Para muchos resulta una paradoja esta libertad de que hablo; incluso algunos, que forman parte de la Iglesia, la entienden mal. Sin embargo, es la libertad fundamental del hombre, y nos la ganó Cristo en la cruz Como dilo San Pablo, "cuando todavía éramos débiles. Cristo, a su tiempo, murió por los impíos" (Rom 5, 6).

Habéis tratado de aumentar y fortalecer esta libertad recibida en el bautismo, aceptando generosamente la llamada a seguir de cerca a Jesús en la pobreza, castidad y obediencia. Cualquier cosa que digan otros, o crea el mundo, vuestras promesas de poner en práctica los consejos evangélicos no han sofocado vuestra libertad: no sois menos libres por ser obedientes; y el celibato no os vuelve menos capaces de amar. Al contrario. La práctica fiel de los consejos evangélicos acentúa la dignidad del hombre, libera al corazón y hace arder el espíritu en amor total a Cristo y a sus hermanos en el mundo (cf. Perfectae caritatis, 1, 12).

Pero esta libertad de corazón (cf. 1 Cor 7, 32-35) se mantiene con la vigilancia continua y la oración ferviente. Si os unís continuamente a Cristo en la oración, siempre seréis libres y siempre estaréis más prontos a participar en su misión.

3. En segundo lugar, debéis poner a la Eucaristía en el centro de vuestra vida. Mientras participáis de tantos modos en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, es en la Eucaristía donde esta participación se celebra y se hace eficaz de modo particular. En la Eucaristía se renueva el espíritu, se vigorizan la mente y el corazón, y encontraréis la fuerza de vivir, día tras día, para El, Redentor del mundo.

4. En tercer lugar, sed fieles al Evangelio. Recordad las palabras de Jesús: "Mi madre y mis hermanos son éstos, los que oyen la Palabra de Dios y la ponen por obra" (Lc 8, 21). Si escucháis sinceramente la Palabra de Dios y tratáis de ponerla en práctica humildemente, pero con constancia, su Palabra dará frutos en vuestra vida como la semilla caída en tierra fértil.

5. El cuarto y último elemento que hace eficaz vuestra participación en la misión de Cristo es la vida con los hermanos. La vida en comunidad religiosa es expresión concreta de amar a los demás.

Las exigencias de renuncia de sí mismo y de servicio generoso crean la comunidad; el amor que os une como hermanos en la comunidad se convierte a su vez en la fuerza que os sostiene en vuestro trabajo por la Iglesia.

6. Hermanos en Cristo: Hoy la Iglesia universal tributa honor a San Francisco de Asís. Al pensar en este gran santo, recuerdo su alegría ante la creación. su inocente simplicidad, su poética unión con la "dama pobreza", y su celo misionero y su deseo de aceptar totalmente la cruz de Cristo. Qué espléndida herencia os ha dejado a vosotros, franciscanos, y a todos nosotros.

Del mismo modo, Dios ha hecho surgir a muchos otros hombres y mujeres de santidad excepcional. A éstos incluso los ha destinado a fundar familias religiosas que —cada una por caminos distintos— debían desarrollar papeles importantes en la misión de la Iglesia. La clave para la realización de cada uno de los institutos religiosos ha sido la fidelidad al carisma inicial que Dios puso en el fundador, o en la fundadora, para enriquecer a la Iglesia. Por esta razón, repito las palabras de Pablo VI: "Sed fieles al espíritu de vuestros fundadores, a sus intenciones evangélicas, al ejemplo de su santidad... Es aquí precisamente donde encuentra su medio de subsistencia el dinamismo propio de cada familia religiosa" (Evangelica testificatio, 11-12). Y esta fidelidad constituye el criterio cierto para juzgar qué actividades eclesiales deberá emprender el instituto y cada uno de sus miembros para contribuir a la misión de Cristo.

7. No olvidéis jamás la meta precisa y final del servicio apostólico: llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo a la comunión con la Santísima Trinidad. En esta época surge la tentación creciente de buscar la seguridad en la propiedad, en la ciencia, en el poder. Al dar testimonio con una vida consagrada a Cristo en la pobreza, castidad y obediencia, vosotros ponéis en duda esta falsa seguridad. Recordáis a los hombres que sólo Cristo es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).

8. Hoy los religiosos se ocupan en una amplia gama de actividades: enseñan en las escuelas católicas, llevan la Palabra de Dios a campos de misión, afrontan muchas necesidades con la mente y con la acción, sirven con la oración y el sacrificio. Mientras trabajáis, cada uno en su sector, tened presente el consejo de San Pablo: "Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como obedeciendo al Señor y no a los hombres" (Col 3, 23). La medida de vuestro rendimiento será el grado de vuestro amor a Jesús.

9. Finalmente, toda forma de servicio apostólico —o del individuo o de la comunidad— debe estar en sintonía con el Evangelio explicado por el Magisterio. Porque todo servicio cristiano debe llevar el Evangelio a los hombres; todo servicio cristiano debe llevar valores evangélicos. Sed, pues, hombres de la Palabra de Dios: hombres cuyo corazón arde cuando sienten proclamar la Palabra (cf. Lc 24, 32); que obran según sus mandamientos; que desean proclamar la Buena Nueva hasta las tierras más remotas.

Hermanos, vuestra presencia en la Iglesia, vuestra colaboración para difundir el Evangelio son para mí estímulo y alegría en mi tarea como .Pastor de toda la Iglesia. Dios os conceda larga vida y llame a otros muchos para seguir a Cristo en la vida religiosa. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia y ejemplo de vida consagrada, os consiga la alegría y el consuelo de su Hijo Cristo.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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