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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PROFESIONALES DE LA INFORMACIÓN


Washington
Domingo 7 de octubre de 1979

 

Queridos amigos de los medios de comunicación:

Una vez más nos reunimos al final de otro viaje, un viaje que, en esta ocasión, me ha llevado a Irlanda, a las Naciones Unidas y a los Estados Unidos de América. El propósito de este viaje ha sido el de permitir al Papa ejercer su misión de heraldo de la paz, en nombre de Cristo, a quien se llamó Príncipe de la Paz. Este mensaje de paz fue anunciado especialmente en aquellos lugares y ante aquellas audiencias donde el problema de la guerra y de la paz se percibe con una sensibilidad especial, y donde se dan las condiciones de comprensión, de buena voluntad, y los medios necesarios para construir la paz y la cooperación entre todas las naciones y entre todos los pueblos.

La palabra "paz" es una síntesis. Tiene muchos componentes. Ya he mencionado varios de ellos a lo largo de este viaje; y vosotros os habéis encargado de informar con diligencia sobre las reflexiones en torno a la paz. Las habéis comentado; las habéis interpretado; habéis cumplido con el servicio de estimular a la gente a pensar en el modo en que ellos pueden contribuir a la firme consolidación de la paz, a la cooperación y a la justicia entre todas las personas.

Ahora nos encontramos, en el momento de mi partida, en la capital de una de las naciones más poderosas del mundo. Creo que el poder de este país no proviene solamente de su bienestar material, sino de su riqueza de espíritu.

De hecho, el nombre de esta ciudad y, del vistoso monumento que la domina recuerda el espíritu de George Washington, primer Presidente de la nación, quien (con Thomas Jefferson, de quien también aquí existe un imponente monumento conmemorativo, y otras brillantes personalidades) edificó este país sobre una base no sólo humana, sino también profundamente religiosa.

Por eso, la Iglesia católica ha podido florecer aquí. Los millones de fieles pertenecientes a la Iglesia testimonian esa realidad, al poder ejercitar los derechos y deberes que se desprenden de su fe. El gran santuario nacional de la Inmaculada Concepción de esta ciudad testifica en favor de esa realidad. Lo mismo puede decirse de la existencia, en esta capital, de dos Universidades Católicas (Georgetown y la Universidad Católica de América). He podido observar que el pueblo de los Estados Unidos de. América rinde lealtad a su República como a "una nación sometida a Dios"

Esta nación se compone de muchos miembros (miembros de todas las razas, de todas las religiones, de todas las condiciones de vida), de tal modo que forma una especie de microcosmos de la comunidad mundial y constituye un reflejo preciso del lema E pluribus unum. Que este país, de igual modo que abolió con valentía la plaga de le esclavitud bajo la presidencia de Abraham Lincoln, no deje nunca de luchar por el bien efectivo de todos los habitantes de esta nación y por la unidad que refleja su lema nacional. Por esta razón, los Estados Unidos de América proporcionan a todos la ocasión de reflexionar en una disposición de ánimo que, bien aplicada, puede proporcionar resultados beneficiosos para la paz de la comunidad mundial.

Sinceramente espero que todos vosotros hayáis podido aprovechar este viaje, y que hayáis tenido la oportunidad de reflexionar una vez más sobre los valores que el cristianismo aportó a la civilización de este nuevo continente. Pero es, sobre todo, el ejemplo de personas de todas las razas, de todas las nacionalidades y de todas las religiones, que son capaces de vivir juntas en paz y unidad, lo que puede proporcionarnos la esperanza en una comunidad mundial en paz.

Ahora que nos preparamos para marchar, queridos amigos, me consuela el hecho de que continuaréis informando y formando la opinión pública mundial con una profunda conciencia de vuestra responsabilidad, y advirtiendo que muchas personas dependen de vosotros.

Para terminar, os digo adiós a vosotros y a América. Os doy las gracias de nuevo, y pido a Dios de todo corazón que os bendiga a vosotros y a vuestras familias.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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