Señor Cardenal,
Venerables y queridos Hermanos en el
Episcopado,
SIENTO INMENSO GOZO al recibiros hoy, Obispos de la Iglesia en
Chile. Sé que con no pocos sacrificios habéis emprendido este largo viaje “Beatorum Apostolorum sepulchra veneraturi” y, como tan adecuadamente lo ha
expresado el Presidente de vuestra Conferencia Episcopal, para confirmar vuestra
filial adhesión y estrecha comunión con el Sumo Pontífice, Pastor de la Iglesia
romana: “ ad hanc enim Ecclesiam, propter potiorem principalitatem, necesse est
omnem convenire Ecclesiam ”.
No es éste un encuentro esporádico. El contacto del Pastor de la
Iglesia universal con los pastores de las Iglesias locales es una realidad
permanente, por el vínculo interior de la oración y de la unidad en la fe,
esperanza y caridad, como también a través de los representantes del Romano
Pontífice en cada nación y de los organismos de la Curia, que trabajan en su
nombre y con su autoridad para bien de las Iglesias y al servicio de sus
responsables.
Pero el encontrarnos aquí reunidos personalmente en el nombre de
Cristo, es un momento privilegiado. Me alegra mucho, en verdad, que vuestra
visita “ ad limina ” se desarrolle colectivamente, en cierto modo como
manifestación y anhelo de la unidad de vuestras almas, y me complazco vivamente
que pueda veros después de vuestra peregrinación a Tierra Santa, mientras intuyo
las impresiones recogidas por vosotros recorriendo en oración los lugares
santificados por Jesús, Fundador de la Iglesia.
Conozco bien vuestra abnegada y eficiente labor, la incansable
solicitud de vuestra Conferencia Episcopal, y el plan pastoral sobre “ La
Conducta Humana ”, del cual, como de raíces hondas, brotan orientaciones
precisas para una renovación espiritual y religiosa, profunda y completa, del
Pueblo de Dios confiado a vosotros.
Como una modesta contribución a vuestras tareas pastorales, a
vuestros anhelos y esfuerzos, quisiera referirme a dos temas que tienen especial
importancia en el ejercicio de vuestra misión en el momento presente: la
evangelización y las vocaciones.
La evangelización es tarea permanente y esencial del ministerio
episcopal. “ Para la Iglesia – decía ya nuestro amado predecesor Pablo VI –
evangelizar es llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y,
con su influjo, transformar desde adentro, renovar a la humanidad misma: He aquí
que hago nuevas todas las cosas ”. “ No hay verdadera evangelización mientras no
se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio
de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios ”.
San Mateo parece
interrumpir bruscamente su Evangelio para terminarlo con el envío de los
Apóstoles al mundo: “ Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra: id,
pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado. Yo
estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los siglos ”.
Encomiendo encarecidamente este texto a vuestra meditación.
¡Cuánta importancia atribuye Cristo a la misión de los Apóstoles, dado que para
realizarla hace referencia a la plenitud de poder que ha recibido sobre todo lo
creado! El os transmite a vosotros, sucesores de los Apóstoles, el mismo mandato
de anunciarle a El como Salvador, de provocar la conversión y adhesión a El
mismo y de incorporar, finalmente, a todos a la comunidad en la cual se mantenga
y acreciente la presencia de Dios en el mundo.
El Señor non quiere que el anuncio esté exclusivamente dirigido
a la inteligencia, como una doctrina teórica, ya que debe conducir a la profunda
unidad de fe y vida en el quehacer cotidiano personal y social, nacional e
internacional. Esto no se logra sin sacrificio, sin un gran esmero para aplicar
la palabra eterna a las circunstancias concretas, y mostrándoos vosotros mismos
testigos vivientes del mensaje evangélico.
Vuestra misión está en seguir las huellas de Cristo, Buen
Pastor. No sois ni un simposio de expertos, ni un parlamento de políticos, ni un
congreso de científicos o técnicos, sino que sois Pastores de la Iglesia a los
cuales corresponde, como recordé en la memorable reunión del Episcopado
Latinoamericano en Puebla, ser maestros de la Verdad, signos constructores de la
unidad y defensores y promotores de la dignidad del hombre. Así podréis
contribuir a la instauración de un orden cada vez más cristiano y, por lo mismo,
cada vez más justo.
En vuestras tareas deberéis dirigiros a todos los hombres, sin
excepción, tanto a los que ya caminan en la fe como a los ajenos a ella, a los
pobres y a los ricos, a obreros y a profesionales, a sanos y a enfermos, como lo
hizo el Maestro. Por el bien de todos, especialmente de los más necesitados,
será vuestra atenta solicitud iluminar a los que actúan en el campo de la
cultura, de la ciencia, de la técnica, a los que tienen una mayor
responsabilidad por el bien común, para que la luz del Evangelio vivificante
dirija y promueva ese progreso integral que, sin ella, se vuelve finalmente
contra el hombre.
Por lo que se refiere en particular a la salvaguardia de la
dignidad del hombre, de sus derechos y de sus deberes como ya tuve ocasión de
expresaros en otra oportunidad “ se inspiren vuestros propósitos en los
principios del Evangelio, bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, mirando a
Cristo Hombre, modelo, maestro y redentor de sus hermanos ”. Con renovada “
confianza y esperanza os exhorto a un adecuado empeño de iluminación, sobre todo
insistiendo en el amor, indispensable fundamento de la comunión eclesial y de la
convivencia humana, en la perspectiva del fin trascendente del hombre, hijo de
Dios. De este modo, también en este campo de tanta importancia, la Iglesia
aparecerá como signo de salvación y sacramento de unidad para todos ”.
Campo esencialmente vital para vuestras Iglesias es el de la pastoral
vocacional. Muchas de vuestras diócesis, debido a la escasez de sacerdotes,
recurren a una ayuda del exterior. Es una colaboración valiosísima pero
precaria: la comunidad diocesana, para su maduración orgánica, ha de engendrar
en su propio seno las fuerzas vitales que sean adecuadamente suficientes para el
progreso espiritual de los fieles. Por esto doy gracias a Dios y bendigo
vuestros valiosos esfuerzos en este sector y observo con inmensa alegría el
prometedor incremento en Chile de las vocaciones sacerdotales: anuncio de una
nueva primavera en vuestras iglesias.
Obviamente el problema va más allá del simple aumento numérico
de los candidatos; comprende también su sólida formación y ulterior seguimiento
durante sus actividades sacerdotales. Es preciso aclarar que ésta no es tarea
individual y aislada de cada uno de vosotros, pues las vocaciones se forman al
servicio de la Iglesia. Por ello tendréis presente el contexto nacional, las
exigencias del presente y las del futuro y actuar en todo de común acuerdo con
los demás Prelados, especialmente con los de la propia Provincia Eclesiástica.
Prestaréis también la debida atención a los documentos difundidos por la Sagrada
Congregación para la Educación Católica referentes a la formación de los
aspirantes al sacerdocio: en ellos encontraréis directrices seguras.
El sacerdote es, además, el Pontífice “ tomado de entre los
hombres, en favor de los hombres e instituido para las cosas que miran a Dios
para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados para que pueda compadecerse
de los ignorantes y extraviados, por cuanto él está también rodeado de flaqueza
y a causa de ella debe por si mismo ofrecer sacrificios por los pecados, igual
que por el pueblo ”.
Por ello el sacerdote es el hombre de oración, el liturgo que
conduce a la comunidad a rendir a Dios el culto de toda la Iglesia, culto digno,
universal, de incomparable belleza. Los seminaristas deben ser formados teórica
y prácticamente para que se asegure en el futuro la genuina renovación
litúrgica, en la cual se expresa una de las más insistentes recomendaciones del
Concilio y de la Santa Sede.
Es necesario, sobre todo, que ya desde el Seminario los futuros
sacerdotes vayan siendo formados de manera que tengan una conciencia tan clara
acerca de su misión específica, que la tentación e la eficacia no los lleve más
tarde a asumir métodos reñidos con el Evangelio, fundados en principios
puramente humanos y orientados a metas meramente temporales.
Está claro que la formación del sacerdote se funda en una sólida
eclesiología, partiendo de la persona de Cristo tal como es presentada en el
Evangelio, excluyendo sus inconsistentes relecturas. Lo he dicho en Puebla y por
su importancia deseo reiterarlo a vosotros: Nuestro deber es proclamar la
liberación en el sentido integral y profundo, como la anunció Jesucristo, la
liberación de todo lo que oprime al hombre, pero sobre todo, del pecado; “ si la
Iglesia se hace presente en la defensa o en la promoción de la dignidad del
hombre, lo hace en la línea de su misión, que aun siendo de carácter religioso y
no social o político, no puede menos de considerar al hombre en la integridad de
su ser ”.
Muchos esfuerzos valiosos realizados en los seminarios se
pierden a veces por un descuido posterior. Seguid pues de cerca a vuestros
sacerdotes con solicitud y confianza, con amor de padres para que, a la medida
que se van integrando al apostolado, puedan ser vuestros valiosos y fieles
colaboradores.
Este amplio campo que os he recordado, más aún, toda la acción
pastoral encuentra en vosotros, como lo enseña el Vaticano II, el principio y
fundamento visible de la unidad de la Iglesia particular.
La
unidad de vuestras iglesias se construye en torno a cada uno de vosotros y en
torno a todos vosotros, en comunión con el Sucesor de Pedro, en respuesta a la
exhortación y la plegaria de Cristo, siguiendo la línea luminosamente trazada
por el Concilio Vaticano II.
Os aliento, pues, de la manera más encarecida a fin de que esta
visita “ ad limina ” constituya un renovado compromiso a continuar vuestra tarea
evangelizadora en plena convergencia no sólo de intentos, sino también de
métodos y de acción.
La unidad en la Iglesia no nace de formas externas sino de una
fuerza interior que arraiga en la verdad y en el bien. No se obtiene sin una
lucha interior, no se consigue sin negación de si mismo, no se alcanza si no es
cuestionándose diariamente y aprendiendo a aceptar a los demás. “ Veritatem
autem facientes in caritate, crescite in Eo quod est caput Christus ”: Cristo ha
de ser el inspirador y el centro de la unidad, así como, para lograrla, nos da
la gracia a fin de realizarla en la plena medida que El desea.
Esa unidad eclesial, fruto del encuentro en Cristo, será a la
vez la gran fuerza que os anime y sostenga en la generosa entrega a la obra de
pacificación de los espíritus, por encima de cualquier límite o barrera. A este
propósito quiero manifestaros mi complacencia por el decidido apoyo que habéis
prestado a la causa de la paz entre vuestro País y Argentina, causa a la que yo
he dedicado y dedico particular solicitud, como bien sabéis. Continuad con el
ejemplo, la palabra y la oración, trabajando en esa hermosa tarea de fraternidad
entre hombres y pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre.
A María, Madre de la Iglesia, encomendamos la unidad de los
Pastores y de los fieles; a Ella, Madre y Reina de Chile.
El Señor os guiará y sostendrá en vuestra misión. Yo, en Su
nombre, con especial afecto y como signo de comunión, os bendigo: a vosotros,
Obispos y Pastores del Señor, a vuestros sacerdotes, diáconos, religiosos y
religiosas, a vuestros seminaristas y ministros, y a todos vuestros fieles: ¡por
todos rezo, por todos vivo!