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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL I ENCUENTRO DE EX-COMBATIENTES
EN PRO DEL DESARME

Sábado 20 de octubre de 1979

 

Señores:

Con no pequeña emoción recibo hoy a los participantes en el "Encuentro mundial de ex-Combatientes en pro del desarme". Representáis aquí a casi cuarenta millones de ex-combatientes, hombres de la resistencia, prisioneros y víctimas de guerra, y habéis tenido interés en visitar al Papa todos juntos. Este hecho reviste hondo significado, .pues vuestras cuatro Confederaciones mundiales que han organizado esta manifestación internacional de Roma, son conscientes de que pueden ayudar a la humanidad a salvaguardar las condiciones de la paz y evitar un nuevo drama de la guerra; también la Iglesia, por su parte, con los medios que le son propios, trata de fomentar el espíritu de paz y educar a la paz.

Vuestra dolorosa experiencia de la guerra, el hecho de llevar en vosotros desde hace más de treinta años sus consecuencias y el modo realista y valiente con que reaccionáis, os dan más que a ningún otro derecho de testimoniar en favor de la paz y ser escuchados.

¡Ay de las naciones que lleguen a perder el recuerdo de este período trágico, de las amenazas contra los derechos de individuos y pueblos, de las imprudencias y errores que le abrieron la puerta, de las heridas y vejaciones sin precedentes que acarreó, de los valientes gritos y rasgos de alerta que suscitó para recuperar las libertades o meramente el derecho a la existencia!

Sí, las generaciones jóvenes deben saberlo, y menos mal que estáis todavía aquí vosotros para prevenirles. Pero no os contentéis con estos recuerdos nostálgicos y con avisarles seriamente. Queréis contribuir a preparar otro clima. Y para ello, apoyándoos precisamente en el pasado del que portáis los estigmas, os habéis abierto vosotros mismos, y no sin mérito, al espíritu de comprensión y fraternidad no sólo entre los antiguos aliados, sino hasta entre beligerantes de campos ayer opuestos; os habéis esforzado por ir más allá del rencor y el odio, conscientes de la parte de ideología, prejuicio racial, agresividad y espíritu de dominio mantenidos artificialmente, que cegaban a muchos. Son raíces envenenadas que queréis ver extirpadas. Es decir, que vuestra apertura, sentido de igualdad y fraternidad, deseo de intercambios y colaboración recíproca por encima de las fronteras, son mucho más profundos que un sueño idílico, y tienen de particular que corren parejas con el orgullo legítimo de vuestras patrias respectivas, de vuestro patrimonio cultural nacional, de vuestra historia. La humanidad que auguráis no es una humanidad rasada al mismo nivel; es aquella en que a cada pueblo se le reconoce su dignidad y ,su capacidad de irradiación pacífica.

Vuestra aportación quiere ser realista. Más allá de los sentimientos bondadosos, que son por desgracia mudables y sujetos a virajes espectaculares según las pasiones populares o los intereses de los manipuladores, deseáis que se establezcan a nivel internacional garantías jurídicas de trato humano a prisioneros y víctimas de guerra y, más en general, de respeto che los derechos del hombre en todas las situaciones; que quede garantizada de modo nuevo la distensión entre los pueblos y su seguridad. Las Organizaciones internacionales no sólo han reconocido vuestro mérito, sino también la aportación que vuestro saber y experiencia os habilitan a prestar a los proyectos en curso. Claro está que las condiciones de otra guerra generalizada y las ruinas que acarrearía serían en extremo graves, muy por encima desgraciadamente de lo que vuestra experiencia os ha hecho conocer. Razón de más para conjurar a todo precio la amenaza; y por ello, vuestro afán de luchar en pro del desarme es todavía más oportuno y urgente.

Tales objetivos de paz coinciden con los que la Iglesia no cesa de fomentar a dos niveles complementarios.

Por una parte, ante los países y Organizaciones internacionales la Iglesia y, en particular, la Santa Sede, cuando se les ofrece oportunidad para ello, están siempre dispuestas a contribuir al acercamiento che las partes, al establecimiento de garantías efectivas de distensión, de paz en la justicia y desarme progresivo. Pero de modo más general, la Iglesia procura alertar la conciencia de los pueblos, la opinión pública, los responsables y todos los hombres de buena voluntad. En nombre de las generaciones nuevas tan gravemente amenazadas, denuncia y derriba, como lo he hecho recientemente en Nueva York ante los Representantes de las Naciones Unidas, el mito de la espiral vertiginosa de armamentos que se escuda en el pretexto che amenazas ele enemigos potenciales.

Positivamente la Iglesia quiere formar los espíritus para la paz verdadera haciéndoles ver las bases sólidas que son el respeto de los derechos inalienables del hombre, de todos sus derechos, de sus libertades fundamentales, de la libertad de los pueblos, y también de sus deberes ante la desigualdad intolerable de la repartición de los bienes materiales del planeta. Con más hondura todavía la Iglesia procura arrancar del corazón del hombre con la fuerza del Evangelio, los prejuicios peligrosos, las raíces de la agresividad, de la violencia, del resentimiento, del odio, del orgullo, de la envidia, del egoísmo —digamos, del pecado— que hacen tan duro para sus semejantes el corazón del hombre y ocasionan tantas luchas inútiles e injustas. Habría, que añadir: extirpar la mentira. Claro está, aparentemente todo el mundo quiere la paz; nadie quiere deshonrarse con la declaración de una guerra ofensiva. Se trata siempre —se dice— de defenderse o vengar derechos violados. Con frecuencia esto es una parte de la verdad.  Pero, ¡cuántas mentiras hábilmente camufladas para desencadenar conflictos de los que ya se ha calculado el interés y rendimiento! Sólo "la verdad es la fuerza de la paz", como reza el lema de la próxima Jornada mundial de la Paz.

En toda esta obra de educación a la paz, la Iglesia se dirige prioritariamente a sus hijos, a los cristianos, invitándoles a que revisen ellos los primeros su vida sobre esos puntos para ser coherentes con la caridad y justicia de Cristo: les exhorta a orar por la paz y a perdonar; les educa a ser de varios modos artífices de paz. Tal es su aportación principal, que lo es de orden moral y espiritual, pero que puede tener gran impacto social e incluso político. Sabe que muchos otros hombres de buena voluntad son sensibles a este mensaje. Y con ellos, con vosotros, quiere seguir sirviendo la paz, con la gracia de Dios.

Gracias de nuevo, y que Dios bendiga vuestras personas. familias, todos vuestros compañeros de sufrimientos, y a cada uno ele vuestros países.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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