Señor cardenal,
amadísimos hermanos en el Episcopado:
Con verdadero afecto fraterno os recibo en este encuentro
colectivo, Pastores del Pueblo de Dios en Perú, después de haberme entretenido
con cada uno de vosotros, durante los días pasados, acerca de la situación en
cada una de vuestras respectivas circunscripciones eclesiásticas.
1. A través de las relaciones que habéis presentado, y no
obstante las diversas peculiaridades concretas que en ellas se descubren, he
podido comprobar que la Iglesia en vuestro País ha cumplido y cumple fielmente
su misión de anunciar el mensaje de salvación y hacer nacer una comunidad de
vida nueva en Cristo.
Soy bien consciente de que ese anuncio del Evangelio no se
realiza sin un esfuerzo considerable, debido a las no fáciles circunstancias
ambientales en las que ha de desarrollarse. Por ello quiero manifestaros desde
ahora, a vosotros, a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes todos
de la pastoral, mi cordial aprecio y agradecimiento en nombre de Cristo, porque
a pesar de las dificultades que frecuentemente entraña esa labor, dais
testimonio de una abnegada entrega a la Iglesia. Por ello quiero deciros con San
Pedro: “Que la gracia y la paz os sean multiplicadas” (1 Pe
1, 2).
Esa evangelización del Pueblo de Dios en la que estáis
empeñados, es el gran cometido que se ofrece a vuestro celo de Pastores de la
Iglesia. Dedicáis vuestros desvelos a una porción eclesial que recibió hace
siglos el primer anuncio de la fe, gracias a un laudable esfuerzo misionero.
Aquella siembra ha ido echando hondas raíces y produciendo frutos preciosos, que
han dejado huellas en la cultura, la historia, la vida toda de vuestro pueblo.
Sin embargo, vuestra solicitud pastoral os indica que hay que
continuar en esa misión; que hay que extenderla y robustecerla, para que la fe
profundice siempre más en vuestros fieles y, elevándolos por encima de cuanto es
imperfecto, los lleve a la madurez de la vida en Cristo.
Tarea larga, que reclama buena planificación y ejecución
perseverante, en la que hay que emplear todas las fuerzas eclesiales, las ya
disponibles y las que un amor ilimitado a las almas logre suscitar. Sólo con esa
evangelización en profundidad se lograrán las metas que deseáis para la
renovación y vitalidad verdaderas de vuestras Iglesias.
2. En la comunidad de los creyentes, a vosotros está confiada la
guía de los fieles. Por ello, permitidme que como consigna de esta visita “ ad
limina ” os insista en la necesidad de ser “ Maestros de la Verdad ”. De la
verdad sobre Cristo, hijo de Dios y Redentor del género humano; sobre la Iglesia
y su verdadera misión en el mundo; sobre el hombre, su dignidad, sus exigencias
terrenas y a la vez trascendentes, como expuse en el Discurso pronunciado ante
la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Puebla. Sé
que tenéis conciencia de este deber, en armonía con la misión evangelizadora de
la Iglesia y con los interrogantes que plantea nuestra época. Os aliento, pues,
a proseguir en ese camino para que vuestros sacerdotes y fieles recorran con
alegría senderos seguros v bien definidos.
Como parte de vuestra misión de maestros, prestad también
atención a la conveniente difusión del pensamiento social de la Iglesia, para
que en la sociedad se aprenda a respetar esas indeclinables exigencias de
justicia y equidad que tutelan a las personas, ante todo a las más necesitadas,
en las diversas esferas de su existencia.
3. Pensando en la necesidad urgente que tienen vuestras
diócesis, y en la penuria de sacerdotes que las aqueja, os doy como encargo
prioritario que trabajéis con todas las fuerzas en favor de las vocaciones al
sacerdocio y a la vida religiosa. Se trata de un punto esencial para la
comunidad cristiana. Es preciosa la ayuda que prestan en la pastoral los
diáconos, religiosos no sacerdotes, religiosas, catequistas y otros fieles
conscientes de su responsabilidad en la misión evangelizadora de la Iglesia, una
ayuda que hay que apreciar en todo su valor y promover como un auténtico bien
eclesial. Sin embargo, no podemos olvidar que Cristo se hace presente en cada
comunidad sobre todo a través del sacerdote.
En vuestro esfuerzo por lograr verdaderos y suficientes
ministros de Cristo, preferentemente nacidos en vuestro ambiente patrio,
procurad que el sacerdote tenga clara conciencia de su identidad propia, viva
intensamente la dimensión vertical de su existencia, sea el guía y educador en
la fe, el padre de todos, en especial de los pobres, el valeroso servidor de la
causa del Evangelio, el auténtico pastor interesado en llevar a todos a Cristo,
en liberar radicalmente al hombre ante todo de lo que le separa de Dios.
Viviendo vosotros muy cercanos a vuestros sacerdotes y
compartiendo, con sincera amistad, sus alegrías y dificultades, ayudadles a
permanecer en alegre comunión con su Obispo y a evitar peligros e ideologías que
pueden insinuarse en el ambiente, y que no están en consonancia con su misión y
con las directrices del Magisterio.
4. Como Pastores de vuestros fieles, dedicad igualmente especial
cuidado a la pastoral familiar. La familia, “ iglesia doméstica ”, sea objeto de
vuestro particular interés en la tarea pastoral.
Contra los ataques externos a los que se los somete hoy,
proponed y defended los valores genuinos de la familia y del matrimonio
cristiano. Sólo manteniendo firmes esos valores, espirituales y humanos, la
familia se consolida como célula social importantísima y, a la vez, como “
primer ambiente evangelizador ”.
Vosotros que vivís en contacto con la situación familiar de
vuestros respectivos ambientes, sabéis bien las necesidades que tienen y las
asechanzas que amenazan a tantos hogares concretos. No os desentendáis nunca de
su suerte e infundid en vuestros sacerdotes y agentes evangelizadores una gran
estima por ese sector del apostolado, que tantos frutos obtiene y con el que
tanto bien puede prodigarse.
5. Otro tema de vivo interés y de gran importancia para la
Iglesia es el de la juventud.
En el mundo latinoamericano prevalece el elemento joven. La
juventud, en consecuencia, debe ocupar en vuestra pastoral un puesto primordial.
La Iglesia, todos los que en ella se sienten responsables, no pueden dejar que
la juventud se aleje de Cristo; es necesario estar con los jóvenes, darles
ideales altos y nobles, manifestarles que Cristo tiene mucho que decirles. Jesús
de Nazaret interesa al hombre y al joven de hoy, cuando lo sabemos presentar
debidamente.
De entre las múltiples iniciativas que en ese campo os sugerirá
vuestro celo de Pastores, quiero llamar vuestra atención sobre la importancia de
la educación religiosa en la escuela. Ciertamente hay también otros ambientes en
los que se puede atender a esa obligación, pero no podemos desaprovechar las
oportunidades que se nos brindan y que corresponden además a los deseos expresos
de tantos padres de familia. Sería lamentable que por inconsistentes motivos se
descuidara ese sector de la pastoral.
Y sería aún más lamentable, si con excusas de apostolado que se
creen más rentables, se abandonaran las posibilidades de educar personas
completas, jóvenes integrales, que nos ofrecen las instituciones educativas de
la Iglesia. Cierto que ellas deberán ser reformadas –cuando sea necesario–
para que respondan a finalidades evangélicas y de apertura a todos, pero no
dejemos fácilmente instrumentos que tantos bienes, humanos, sociales y
cristianos han producido, cuando los sabemos emplear adecuadamente. Es un
importante servicio que podemos prestar a la sociedad y a la Iglesia actual.
6. Queridos Hermanos: Me quedaría mucho más tiempo con vosotros,
prolongando estos momentos de gozo y comunión. Esta visita “ ad limina
Apostolorum ” es una muestra de vuestra cordial cercanía al Sucesor de Pedro.
Que este encuentro confirme y consolide a la vez vuestra unión mutua como
Obispos y guías de la Iglesia en Perú. Con ello toda vuestra actuación ganará en
intensidad y eficacia, lo cual redundará en bien de vuestras comunidades
eclesiales.
En ellas hemos pensado también en estos días y por ellas hemos
orado, para que crezcan en el conocimiento y en la fidelidad a Cristo. Para
todos y cada uno de sus miembros, en especial para los sacerdotes, religiosos,
diáconos y religiosas – a quienes acompaño con la plegaria en su difícil y
meritoria labor – para los seminaristas y seglares comprometidos en el
apostolado, os dejo mi afectuoso recuerdo, mi aliento, mi bendición.
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