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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE PERÚ EN VISITA "AD LIMINA"

Sábado 20 de octubre de 1979

 

Señor cardenal,
amadísimos hermanos en el Episcopado:

Con verdadero afecto fraterno os recibo en este encuentro colectivo, Pastores del Pueblo de Dios en Perú, después de haberme entretenido con cada uno de vosotros, durante los días pasados, acerca de la situación en cada una de vuestras respectivas circunscripciones eclesiásticas.

1. A través de las relaciones que habéis presentado, y no obstante las diversas peculiaridades concretas que en ellas se descubren, he podido comprobar que la Iglesia en vuestro País ha cumplido y cumple fielmente su misión de anunciar el mensaje de salvación y hacer nacer una comunidad de vida nueva en Cristo.

Soy bien consciente de que ese anuncio del Evangelio no se realiza sin un esfuerzo considerable, debido a las no fáciles circunstancias ambientales en las que ha de desarrollarse. Por ello quiero manifestaros desde ahora, a vosotros, a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes todos de la pastoral, mi cordial aprecio y agradecimiento en nombre de Cristo, porque a pesar de las dificultades que frecuentemente entraña esa labor, dais testimonio de una abnegada entrega a la Iglesia. Por ello quiero deciros con San Pedro: “Que la gracia y la paz os sean multiplicadas” (1 Pe 1, 2).

Esa evangelización del Pueblo de Dios en la que estáis empeñados, es el gran cometido que se ofrece a vuestro celo de Pastores de la Iglesia. Dedicáis vuestros desvelos a una porción eclesial que recibió hace siglos el primer anuncio de la fe, gracias a un laudable esfuerzo misionero. Aquella siembra ha ido echando hondas raíces y produciendo frutos preciosos, que han dejado huellas en la cultura, la historia, la vida toda de vuestro pueblo.

Sin embargo, vuestra solicitud pastoral os indica que hay que continuar en esa misión; que hay que extenderla y robustecerla, para que la fe profundice siempre más en vuestros fieles y, elevándolos por encima de cuanto es imperfecto, los lleve a la madurez de la vida en Cristo.

Tarea larga, que reclama buena planificación y ejecución perseverante, en la que hay que emplear todas las fuerzas eclesiales, las ya disponibles y las que un amor ilimitado a las almas logre suscitar. Sólo con esa evangelización en profundidad se lograrán las metas que deseáis para la renovación y vitalidad verdaderas de vuestras Iglesias.

2. En la comunidad de los creyentes, a vosotros está confiada la guía de los fieles. Por ello, permitidme que como consigna de esta visita “ ad limina ” os insista en la necesidad de ser “ Maestros de la Verdad ”. De la verdad sobre Cristo, hijo de Dios y Redentor del género humano; sobre la Iglesia y su verdadera misión en el mundo; sobre el hombre, su dignidad, sus exigencias terrenas y a la vez trascendentes, como expuse en el Discurso pronunciado ante la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Puebla. Sé que tenéis conciencia de este deber, en armonía con la misión evangelizadora de la Iglesia y con los interrogantes que plantea nuestra época. Os aliento, pues, a proseguir en ese camino para que vuestros sacerdotes y fieles recorran con alegría senderos seguros v bien definidos.

Como parte de vuestra misión de maestros, prestad también atención a la conveniente difusión del pensamiento social de la Iglesia, para que en la sociedad se aprenda a respetar esas indeclinables exigencias de justicia y equidad que tutelan a las personas, ante todo a las más necesitadas, en las diversas esferas de su existencia.

3. Pensando en la necesidad urgente que tienen vuestras diócesis, y en la penuria de sacerdotes que las aqueja, os doy como encargo prioritario que trabajéis con todas las fuerzas en favor de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Se trata de un punto esencial para la comunidad cristiana. Es preciosa la ayuda que prestan en la pastoral los diáconos, religiosos no sacerdotes, religiosas, catequistas y otros fieles conscientes de su responsabilidad en la misión evangelizadora de la Iglesia, una ayuda que hay que apreciar en todo su valor y promover como un auténtico bien eclesial. Sin embargo, no podemos olvidar que Cristo se hace presente en cada comunidad sobre todo a través del sacerdote.

En vuestro esfuerzo por lograr verdaderos y suficientes ministros de Cristo, preferentemente nacidos en vuestro ambiente patrio, procurad que el sacerdote tenga clara conciencia de su identidad propia, viva intensamente la dimensión vertical de su existencia, sea el guía y educador en la fe, el padre de todos, en especial de los pobres, el valeroso servidor de la causa del Evangelio, el auténtico pastor interesado en llevar a todos a Cristo, en liberar radicalmente al hombre ante todo de lo que le separa de Dios.

Viviendo vosotros muy cercanos a vuestros sacerdotes y compartiendo, con sincera amistad, sus alegrías y dificultades, ayudadles a permanecer en alegre comunión con su Obispo y a evitar peligros e ideologías que pueden insinuarse en el ambiente, y que no están en consonancia con su misión y con las directrices del Magisterio.

4. Como Pastores de vuestros fieles, dedicad igualmente especial cuidado a la pastoral familiar. La familia, “ iglesia doméstica ”, sea objeto de vuestro particular interés en la tarea pastoral.

Contra los ataques externos a los que se los somete hoy, proponed y defended los valores genuinos de la familia y del matrimonio cristiano. Sólo manteniendo firmes esos valores, espirituales y humanos, la familia se consolida como célula social importantísima y, a la vez, como “ primer ambiente evangelizador ”.

Vosotros que vivís en contacto con la situación familiar de vuestros respectivos ambientes, sabéis bien las necesidades que tienen y las asechanzas que amenazan a tantos hogares concretos. No os desentendáis nunca de su suerte e infundid en vuestros sacerdotes y agentes evangelizadores una gran estima por ese sector del apostolado, que tantos frutos obtiene y con el que tanto bien puede prodigarse.

5. Otro tema de vivo interés y de gran importancia para la Iglesia es el de la juventud.

En el mundo latinoamericano prevalece el elemento joven. La juventud, en consecuencia, debe ocupar en vuestra pastoral un puesto primordial. La Iglesia, todos los que en ella se sienten responsables, no pueden dejar que la juventud se aleje de Cristo; es necesario estar con los jóvenes, darles ideales altos y nobles, manifestarles que Cristo tiene mucho que decirles. Jesús de Nazaret interesa al hombre y al joven de hoy, cuando lo sabemos presentar debidamente.

De entre las múltiples iniciativas que en ese campo os sugerirá vuestro celo de Pastores, quiero llamar vuestra atención sobre la importancia de la educación religiosa en la escuela. Ciertamente hay también otros ambientes en los que se puede atender a esa obligación, pero no podemos desaprovechar las oportunidades que se nos brindan y que corresponden además a los deseos expresos de tantos padres de familia. Sería lamentable que por inconsistentes motivos se descuidara ese sector de la pastoral.

Y sería aún más lamentable, si con excusas de apostolado que se creen más rentables, se abandonaran las posibilidades de educar personas completas, jóvenes integrales, que nos ofrecen las instituciones educativas de la Iglesia. Cierto que ellas deberán ser reformadas –cuando sea necesario– para que respondan a finalidades evangélicas y de apertura a todos, pero no dejemos fácilmente instrumentos que tantos bienes, humanos, sociales y cristianos han producido, cuando los sabemos emplear adecuadamente. Es un importante servicio que podemos prestar a la sociedad y a la Iglesia actual.

6. Queridos Hermanos: Me quedaría mucho más tiempo con vosotros, prolongando estos momentos de gozo y comunión. Esta visita “ ad limina Apostolorum ” es una muestra de vuestra cordial cercanía al Sucesor de Pedro. Que este encuentro confirme y consolide a la vez vuestra unión mutua como Obispos y guías de la Iglesia en Perú. Con ello toda vuestra actuación ganará en intensidad y eficacia, lo cual redundará en bien de vuestras comunidades eclesiales.

En ellas hemos pensado también en estos días y por ellas hemos orado, para que crezcan en el conocimiento y en la fidelidad a Cristo. Para todos y cada uno de sus miembros, en especial para los sacerdotes, religiosos, diáconos y religiosas – a quienes acompaño con la plegaria en su difícil y meritoria labor – para los seminaristas y seglares comprometidos en el apostolado, os dejo mi afectuoso recuerdo, mi aliento, mi bendición.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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