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VISITA PASTORAL AL SANTUARIO DE POMPEYA Y A NÁPOLES

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS ENFERMOS

Basílica de Nuestra Señora del Rosario y de las Victorias
Domingo 21 de octubre de 1979

 

¡Carísimos hermanos y hermanas!

Bien sabéis vosotros que el Papa, a imitación de Jesús, de quien es Vicario en la tierra, tiene predilección por los enfermos y por los que sufren; considera esta su especial atención como uno de los más importantes deberes de su ministerio pastoral. Por eso, he querido encontrarme con vosotros, para estrecharos en un solo vínculo de efusión paternal, hablaros de corazón a corazón, dejaros un mensaje de fe, deciros unas palabras de ánimo y esperanza.

1. El hombre, creado por Dios y elevado por El a la sublime dignidad de hijo, lleva en sí un ansia indeleble de felicidad y siente una natural aversión a toda clase de sufrimiento. Jesús en cambio, en su obra evangelizadora, aun inclinándose sobre los enfermos y achacosos para curarlos y consolarlos, no ha suprimido precisamente el sufrimiento, sino que ha querido someterse El mismo a todo el dolor humano posible, el moral y el físico, en su pasión hasta la agonía mortal en Getsernaní (cf. Mc 14, 23), hasta el abandono del Padre en el Calvario (cf. Mi 27, 46), la larga agonía, la muerte en la cruz. Por eso, ha declarado bienaventurados a los afligidos (cf. Mt 5, 4) y a los que tienen hambre y sed de justicia. ¡La redención se efectúa concretamente a través de la cruz!

Esta actitud de Jesús revela un profundo misterio de justicia y de misericordia, que nos envuelve a todos y por el cual todo hombre está llamado a participar en la redención.

He aquí, carísimos enfermos, el primer motivo que hace más generosa y operante vuestra fe. Vosotros podéis decir, según los ejemplos del Salvador: somos el signo del futurogozo que unirá a Dios y a sus hijos el día en que "enjugará las lágrimas de todos los rostros" (Is 25, 8); nuestro sufrimiento nos prepara a acoger el reino de Dios y nos consiente "revelar las obras de Dios" (Jn 9, 3); "la gloria de Dios y la del Hijo de Dios" (Jn 11, 4); nuestro dolor no sólo no es inútil, sino que se demuestra, a semejanza del dolor del Divino Maestro, preciosa energía de fecundidad espiritual. Nuestros sacrificios no son vanos, no está agostada nuestra existencia desde el momento en que, como cristianos, no "somos ya nosotros los que vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros" (cf. Gál 2, 20); "los sufrimientos de Cristo son nuestros sufrimientos" (cf. 2 Cor 1, 5) ; "nuestro dolor nos configura con Cristo" (cf. Flp 3, 10), y como Jesús, "aunque era Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia" (Heb 5, 8), también nosotros debemos aceptar con constante empeño la prueba por dura que sea, elevando nuestros ojos hacia Aquel que es la Cabeza de nuestra fe y que quiere, sin embargo, soportar la cruz (cf. Heb 12, 1 ss.).

Y puesto que el misterio de la redención de Cristo es, en su esencia, un misterio de amor y de vida divina, como manifestación que es de la caridad del Padre "que tanto amó al mundo que le dio a su unigénito Hijo" (Jn 3, 16) y es, al mismo tiempo, la expresión del amor del Hijo por el Padre y por los hombres (cf. Jn 10, 11; 1 Jn 3, 16), a vosotros se os ofrece la extraordinaria ocasión de alcanzar el vértice de las posibilidades humanas: la de saber aceptar y querer soportar la enfermedad y las dificultades que la acompañan en un don sublime de amor y en un abandono total a la voluntad del Padre.

2. Esta visión trascendente de valores sobrenaturales no hace olvidar los físicos y sicológicos de vuestro cuerpo. Aun afectado por la enfermedad, lleva la huella de la potencia creadora de Dios; no se ofusca en él su imagen y, por la gracia santificante que lo reaviva, es siempre el misterioso templo de Dios; más aún, por la promesa de Jesús, habita en él la Santísima Trinidad (cf. Jn 14, 23).

Sede de potencias espirituales —la inteligencia, la voluntad y el libre albedrío—, el cuerpo del hombre, aun en su inmovilidad, acompaña al alma en sus ascensiones de amor y se puede comparar a un altar preparado para el sacrificio.

3. Conscientes de tanta riqueza sobrenatural y de los muchos dones de Dios, elevad hacia El, carísimos enfermos, vuestro corazón, vuestro pensamiento.

Desde su santuario, la Virgen Santísima del Rosario os contempla en esta vuestra mística subida y os invita a meditar los misterios, especialmente los dolorosos, que resumen todos los momentos de la pasión y muerte de su Divino Hijo. Ella, que es la Madre de todos los hombres, lo es de manera especial de aquellos que, como vosotros, contribuyen a completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo en pro de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Cor 1, 24).

4. Con tales sentimientos de edificación, con mi saludo lleno de afecto paterno, tengo la satisfacción de impartiros a vosotros, a vuestras respectivas familias y a cuantos —médicos, enfermeros y colaboradores— tienen el mérito de cuidaros y asistiros, mi propiciadora y consoladora bendición apostólica.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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