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  DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR DOUVA DAVID GBAGUIDI,
EMBAJADOR DE BENIN ANTE LA SANTA SEDE*


Jueves 25 de octubre de 1979

 

Señor Embajador:

Al darle las gracias por sus palabras y los votos que me ha transmitido de parte de Su Excelencia el Presidente Mathieu Kérékou. quiero expresarle mis mejores deseos para sus compatriotas y dirigentes. ¿Cómo no esperar que las relaciones diplomáticas establecidas entre la Santa Sede y la República Popular de Benin produzcan los frutos que esperan vuestro país y la Iglesia católica?

Me complace ver la atención que Su Excelencia ha prestado a los ideales de justicia y paz reafirmados frecuentemente. por la Santa Sede. Después de la Encíclica Redemptor hominis que ha tenido la bondad de citar, he tenido ocasión muy recientemente de exponer en la sede de las Naciones Unidas, los fundamentos de la justicia y la paz. Ello esta de acuerdo no sólo con las convicciones de la Iglesia católica y su experiencia milenaria, sino también con los derechos fundamentales del hombre formulados en la célebre Declaración universal, a la que los pueblos han dado amplio asentimiento. Viene espontáneo el recuerdo de la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de naciones grandes y pequeñas. Las amenazas surgen de muchos lados; a veces de la distribución injusta de bienes materiales —que ha adquirido proporciones enormes en ciertos países e incluso a escala planetaria— y también, de distintas formas de injusticia a nivel del espíritu, de la conciencia humana, de la relación del hombre con Dios "Se puede herir al hombre en su relación interior con la verdad, en su conciencia, en sus convicciones más personales, en su concepción del mundo, en su fe religiosa, así como en la esfera de las llamadas libertades civiles, en las que es decisiva la igualdad de derechos sin discriminación por razones de origen, raza, sexo, nacionalidad, confesión, convicciones políticas o razones semejantes" (Discurso en la ONU, núm. 19; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 14 de octubre de 1979, pág. 15). Pues la dimensión espiritual del hombre es una realidad fundamental sin la que la sociedad corre el riesgo de enfocar el significado de la vida humana prevalentemente a los múltiples condicionamientos materiales y económicos y, de este modo, frustrar a sus miembros. ¿Qué país puede no desear la realización plena de todos sus ciudadanos unidos para conseguir el progreso?

Si se mira al pueblo de Benin, constatamos que una parte notable ha prestado adhesión ya libremente y desde hace tiempo a la fe católica. Ello implica el interés de estos católicos, que se une al de los otros creyentes, de disfrutar concretamente bajo la guía de sus Pastores y sacerdotes, de las condiciones necesarias al mantenimiento de esta fe, y de manifestarla personal y comunitariamente a un tiempo. Además, esta fe no ha dejado de producir frutos apreciables, y no sólo espirituales, sino morales y culturales, que han permitirlo y permiten a estos cristianos el poder aportar a la construcción civil de la patria y a su desarrollo, que tanto les interesa, competencia y calidades de trabajo, honradez y entrega desinteresada, elementos muy valiosos para la sociedad. La ventaja de una educación cristiana bien llevada, a nadie pasan desapercibidas, y tal contribución se encuadra en un porvenir que lodos desean feliz y próspero para honor de la nación de Benin.

Señor Embajador: Con este espíritu formulo los mejores votos para su misión ante la Santa Sede, cerca de la que seréis testigo de nuestra colaboración leal. Ruego a Dios Todopoderoso que ilumine a vuestro Presidente en la tarea que le compete hoy al servicio de sus compatriotas. Y con sumo gusto le pido también que bendiga a todos los habitantes de Benin.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.48 p.10.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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