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PEREGRINACIÓN A LORETO Y ANCONA

ENCUENTRO CON LAS ASOCIACIONES LAICALES DE LAS MARCAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Plaza del Santuario de Loreto
Sábado 8 de septiembre de 1979

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

Estoy especialmente contento por encontrarme hoy junto con vosotros, miembros de las asociaciones católicas laicales de Las Marcas: muchas gracias a quien ahora mismo ha sabido interpretar tan bien los sentimientos de este momento de gracia y alegría.

Estamos reunidos, en la misma fe y en la misma caridad, junto a este santuario, que la piedad cristiana desde hace siglos ha vinculado íntimamente con el inefable misterio de la Encarnación del Verbo, y en el día en que la Iglesia celebra la festividad litúrgica de la Natividad de María Santísima.

1. Estamos aquí para honrar, exaltar, orar a la Virgen de Loreto, con nuestra pequeñez de criaturas, pero también con nuestro amor de hijos, necesitados de la sonrisa y la presencia de la Madre. Me complace repetir las palabras de San Pedro Damiano, pronunciadas en un sermón con motivo de la festividad de hoy: "Era necesario que naciese esa Virgen de la que el Verbo habría de tomar la carne humana. Es decir, era necesario que antes fuese edificada la casa en la que el Rey del cielo, bajando a la tierra, se dignaría poner su morada... Era necesario que primero fuese preparada la sala nupcial destinada a recibir al Esposo que celebraba sus bodas con la Iglesia" (Sermo 45: PL 144, 740 s.).

En estos momentos, mientras contemplamos la altura vertiginosa de la santidad de María y admiramos sus privilegios singulares, escuchemos en silencio algunas de sus palabras, entre las que, como perlas preciosas, nos ha conservado el Evangelio. Que las palabras de María tengan una resonancia profunda en nuestra alma y nos estimulen a una vida cristiana cada vez más coherente respecto a Dios, a la Iglesia y al mundo.

2. "He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

Son las palabras de María que, en el misterio de la Anunciación, cierran el diálogo sublime entre Ella y el ángel Gabriel, y nos hacen entrever las profundidades de esa alma, convertida en instrumento docilísimo, sereno y consciente de la acción de Dios. Cuando la Santísima Virgen pronunciaba estas palabras —comenta admirablemente San Atanasio— intentaba decir: "Soy la tablilla en la que el escritor puede escribir lo que le plazca. Escriba el Señor del universo, haga lo que quiera" (Com. a S. Lucas, frag.: PG 27, 1392).

¡Hermanas y hermanos especialmente comprometidos en el apostolado! ¡Y sobre todo vosotros, jóvenes que me escucháis! Debemos tener siempre presente que es fundamental para la vida del cristiano esta actitud mariana de absoluta y dócil disponibilidad respecto a Dios. Esto significa que debemos reconocer —y no sólo en abstracto— el "primado de lo espiritual", el valor preeminente de la vida interior, la necesidad insustituible de la unión con Jesucristo, mediante la oración asidua, la práctica constante de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, condiciones todas para una fecundidad auténtica en la acción apostólica, según las palabras mismas de Jesús: "Permaneced en mí y yo en vosotros... El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada... Permaneced en mi amor" (Jn 15, 4. 5. 9).

3. Oigamos todavía a María Santísima: "Haced lo que El os diga" (Jn 2, 5).

Son las palabras que Ella dirigió en Caná de Galilea, a los servidores; y se realizó el milagro del agua transformada en vino.

Son las palabras que esta tarde Ella dirige maternalmente a cada uno de nosotros.

Quien se profesa "cristiano", es decir, seguidor de Cristo, debe hacer lo que Jesús dice, dejándose arrastrar completamente por su mensaje. El Evangelio, por tanto, todo el Evangelio, con sus afirmaciones y exigencias frecuentemente paradójicas para la mentalidad corriente, debe animar la vida de cada cristiano, pero especialmente de quienes, como vosotros, desean tener fe para compromisos personales por la venida del Reino de Cristo y ser sus testigos y difusores en el propio ambiente.

En consecuencia, dad un testimonio incisivo de fe luminosa, sin respeto humano, sin ficciones, sin miedo; de amor activo hacia todos, especialmente hacia los más débiles, los más pobres, los más necesitados, con un espíritu de servicio sincero.

La Iglesia tiene necesidad de vosotros, de vuestro compromiso, de vuestro entusiasmo, de vuestra acción, de vuestra preparación profesional y cultural, de vuestras iniciativas, de vuestra entrega. El Papa os reitera con fuerza, hoy ante la Virgen, la apremiante llamada con que finaliza el decreto del Concilio Vaticano II sobre el apostolado de los laicos: "Es el Señor Jesús quien envía a los laicos a todas las ciudades y lugares... para que se le ofrezcan como colaboradores en las diversas formas y maneras del único apostolado de la Iglesia..., trabajando siempre generosamente en la obra del Señor, sabiendo bien que su trabajo no es vano delante del Señor" (Apotolicam actuositatem, 33).

Hermanos y hermanas, muchachos, jóvenes, hombres, mujeres de Las Marcas, ¿cómo responderéis a esta invitación? Estoy cierto de que, reflexivamente conscientes de ser partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo (cf. Lumen gentium, 33-36), ofreceréis a la Iglesia cada vez más generosamente vuestras capacidades, vuestro tiempo, vuestro dinamismo; para ser asociados a la misión salvífica de Jesús. ¡Es el Papa quien os lo pide en el nombre del Señor Jesús!

La Virgen de Loreto, desde este lugar de gracias y bendiciones, dirija maternalmente vuestros pasos por los caminos del bien y os inspire propósitos de gran generosidad.

Amén

 

Copyright © 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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