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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBREROS DE LA CIUDAD INDUSTRIAL DE POMEZIA (ITALIA)


Jueves 13 de septiembre de 1979

La gracia y la paz del Señor Jesús estén con todos vosotros,
queridísimos hermanos y hermanas:

No puedo ocultar mi profunda alegría al encontrarme en medio de vosotros, trabajadores y trabajadoras. ¡Bienvenidos todos a esta reunión! Os agradezco vivamente la invitación que me habéis dirigido y la demostración de afecto que me habéis reservado. Gracias vivísimas al señor alcalde por su gentil acogida y al representante de los empresarios y de los trabajadores por las hermosas palabras que acaban de dirigirme, y que me han hecho vibrar al unísono con vuestra fe de cristianos, y con vuestros corazones, con vuestros problemas de hombres.

1. Permitidme, antes de abrir mi conversación con vosotros, que dirija un saludo cordial y lleno de buenos deseos a todos los miembros de las familias de este bello y laborioso pueblo, que se encamina a convertirse en ciudad, y ya se merece el respeto de todos por su trabajo y su compromiso social.

Vayan sobre todo un saludo y una caricia a los niños aquí presentes y a los que han quedado en casa: benditos sean, porque son la riqueza y la alegría de vuestros hogares.

Os dirijo un saludo especial a vosotros jóvenes, muchachos y muchachas, a quienes tanto estimo por vuestra autenticidad y por vuestra capacidad de coherencia y de sacrificio, de la que dais con frecuencia pruebas elocuentes.

Un saludo a vosotros, hombres y mujeres, que lleváis el peso, con frecuencia aplastante, de la fatiga cotidiana en las industrias o en los campos: conozco bien vuestro estado de ánimo y vuestras tensiones: también yo, como he dicho ya en otra ocasión, he tenido "la experiencia directa de un trabajo físico como el vuestro, de una fatiga cotidiana y su dependencia, de su pesadez y monotonía" (Discurso a los obreros en Monterrey). Por esto considerad al Papa un amigo y colega vuestro.

Un saludo a los enfermos; sabed que siempre estoy cercano a vosotros con mi benevolencia y mi plegaria incesante. Lo mismo que Cristo en la cruz, no podéis moveros libremente, pero como El, extended vuestros brazos sobre vuestra ciudad, más aún, sobre el mundo entero, ofreciendo vuestro sufrimiento por todos.

Un saludo particular a vosotros, empresarios, dirigentes y organizadores de empresas, que dais ocupación y pan, para que la sociedad se transforme mediante la cooperación de todas las fuerzas activas. Tenéis ciertamente grandes méritos, pero también grandes responsabilidades.

Finalmente, un saludo especialmente afectuoso a los padres Oblatos de las dos parroquias de San Benito y San Miguel, que con su presencia fraterna, se prodigan por el bien espiritual de vuestras almas, bajo la sabia guía del obispo, mons. Bonicelli, presente en este encuentro.

2. Al hallarme entre vosotros esta tarde, se me ofrece también la oportunidad de dar voz a los problemas que apremian a este centro industrial, que en pocos años ha registrado un incremento de población verdaderamente enorme. En 1939 los habitantes no superaban las 1.500 personas; hoy, a 40 años de distancia, habéis superado la cifra de 30.000 habitantes, con 264 empresas. Todo esto hace, sí, que Pomezia, aun siendo una zona notablemente industrializada y con una articulación particularmente viva, se halle en apuros con muchos problemas debidos sobre todo a la carencia de infraestructuras, necesarias para una presencia más amplia de empresas y trabajadores. Hay dificultades e incomodidades en la vida social: y me permito invocar la obra solícita de las autoridades competentes, expresando mi aliento y mi aplauso a cuantos dedican cuidados y medios para proporcionares a los habitantes de Pomezia condiciones cada vez más justas y más estables para vuestra actividad y bienestar.

3. En esta audiencia, en la que por primera vez me encuentro de modo oficial, por así decirlo, con el mundo del trabajo, en Italia, deseo entablar un diálogo con vosotros y preguntaros para conocer vuestro estado de ánimo respecto a la Iglesia, que abriga para con vosotros profunda gratitud y simpatía por lo que sois y por lo que hacéis. En cambio, en los ambientes del trabajo alguna vez se ha difundido la opinión contraria. La Iglesia, se dice, se preocupa de los valores morales y religiosos, y se desinteresa de los valores económicos y temporales, como si no comprendiera la realidad en que se encuentra el obrero. Y así se duda o se desconfía de las palabras y de los gestos benévolos de la Iglesia. Más aún, algunos se preguntan: ¿Qué tiene que ver la religión con la industria?, ¿no son dos realidades heterogéneas? ¿No vienen a mezclar lo sagrado con lo profano?

Queridísimos hermanos y hermanas, os responderé con toda franqueza que estas objeciones no tienen razón de ser, cuando se considera vuestra actividad como parte de una actividad más amplia, que es la propia actividad del hombre, la moral, y cuando se tienen presentes las finalidades a las que quiere llegar vuestro trabajo, esto es, a la vida del hombre en su totalidad, en su dignidad, en su destino superior e inmortal. Más aún, os diré que estas objeciones podrían cerrar la entrada en vuestro sector a los factores espirituales, cuya falta es causa de verdaderas deficiencias, desórdenes, peligros y daños. El elemento cristiano, en vez de suscitar inquietudes, las hace superar mejor, porque lleva a la fábrica paz, justicia y unidad. Por esto en las grandes encíclicas sociales, como la Rerum novarum de León XIII, la Quadragesimo anno de Pío Xl, la Mater et magistra y la Pacem in terris de Juan XXIII y la Populorum progessio de Pablo VI, los Sumos Pontífices no se han cansado jamás de afirmar que es necesario el coeficiente religioso para solucionar mejor las relaciones humanas que se derivan de la organización industrial, y esto no ya para emplear el elemento religioso como elemento alienante, sino para descubrir, en cambio, a su luz, la carencia fundamental de todo sistema que pretenda considerar como puramente económicas las relaciones humanas en los lugares de trabajo, y para sugerir que otras relaciones deben integrarlas, más aún regenerarlas, según la visión cristiana de la vida: primero, el hombre, después lo demás. Es hermoso notar cómo la religión cristiana proclama el primado de Dios sobre todas las cosas, y por esto mismo pone de manifiesto el primado del hombre en las realidades temporales. Es hermoso también observar cómo este primado constituye el motivo que estimula y justifica el dinamismo social y el progreso civil, a los que el fenómeno industrial imprime su movimiento inevitable. Y precisamente, en virtud del reconocimiento de este primado, hoy se está saliendo del estadio primitivo de la era industrial, cuando se creía que la armonía social se reducía al resultado del determinismo de las condiciones económicas en juego, mientras para todos es sabido cuántas desgracias ha causado la búsqueda del bienestar humano, fundado exclusiva y únicamente sobre los bienes económicos y sobre un planteamiento materialista de la vida, el cual no sirve, sino esclaviza al hombre.

No conviene olvidar, a este propósito, que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo: si no fuese así, el hombre volvería a ser esclavo. Ahora, si el hombre es el valor primero, nosotros no podemos disminuirlo y como decapitarlo, negándole su proyección esencial hacia la trascendencia, es decir, hacia Dios, que ha hecho del hombre el colaborador. En esta visión superior, el trabajo, castigo y al mismo tiempo premio de la actividad humana, comporta otra relación, esto es, la esencialmente religiosa, que ha expresado felizmente la fórmula benedictina: ¡Ora et labora! El hecho religioso confiere al trabajo humano una espiritualidad animadora y redentora. Este parentesco entre trabajo y religión refleja la alianza misteriosa, pero real, que media entre el actuar humano y el providencial de Dios, causa primera que rige y gobierna la creación.

4. He aquí, hermanos queridísimos, las razones por las que la Iglesia, como aludí antes, no puede mirar al trabajador sin un sentimiento sincero de simpatía; simpatía que significa participación en su sufrimiento, comprensión y disposición a la estima, a la amistad y al amor; que significa además reconocimiento y proclamación de su dignidad de hombre, de hermano y de persona inviolable, sobre cuyo rostro está impresa la imagen de Dios.

Simpatía que brota también y sobre todo del hecho de que Cristo fue hombre de trabajo manual; estuvo bajo la dependencia de San José, fue el "hijo del carpintero" (Mt 13, 55). Cristo está siempre con vosotros y siempre en medio de vosotros: donde el hombre suda, trabaja y sufre, El está presente. Puedo deciros que he venido aquí a buscarlo entre vosotros, que gastáis vuestra penosa fatiga, como El en otro tiempo, en el taller de Nazaret. En nombre de El, pues, os bendigo a todos y os estrecho la mano en señal de benevolencia fraterna.

* * *

Cuando el Papa terminó de leer este discurso, entabló con los obreros un diálogo en el que se expresó así:

Como he dicho al comienzo, es la primera vez que hablo a trabajadores, a operarios de una ciudad obrera; la primera vez en Italia, pues lo he hecho con frecuencia en Polonia. Sobre todo, ya sabéis que yo también he sido obrero durante más de cuatro años y valoro mucho aquel período de mi vida. He dicho en muchas ocasiones que en aquellos cuatro años de trabajo me han valido más que dos doctorados. Y debo añadir que precisamente entablé amistad con obreros de mi mismo taller, de la misma fábrica en la que trabajábamos juntos, y esta amistad ha durado hasta después de la guerra, hasta después de la ocupación nazi.

Cuando era ya sacerdote y después obispo y cardenal, he seguido manteniendo estos contactos personales con mis amigos trabajadores. Además, vengo de una parte de Polonia que es la más industrializada del país, o sea, la parte meridional de Polonia, entre Cracovia y Silesia. Y siendo obispo y cardenal, he tenido muchas, muchísimas ocasiones de ir a Nowa Huta, centro conocido quizá también en Italia, ciudad industrial surgida en un pueblo de labradores y que ahora con sus 200.000 habitantes es mucho más grande que Pomezia; está situada en las cercanías de Cracovia. Otras ocasiones eran los encuentros con los obreros de Silesia, centro muy industrial donde sobre todo hay mineros. Con todo esto quiero haceros notar un detalle. Al hablaros aquí esta tarde a vosotros, obreros italianos de Pomezia, he estado esperando a ver cuál era vuestra reacción a las palabras del Papa que se encuentra por vez primera entre obreros italianos. He hablado sólo de problemas fundamentales: religión y trabajo, Iglesia y mundo del trabajo; y no he entrado en detalles porque no conozco bastante la situación. En Polonia he hablado siempre de otro modo; pero es que allí tenía experiencia personal y, como conocía los problemas, podía entrar en cuestiones particulares. Debo decir que ha habido algo que me ha impresionado y es vuestra reacción cuando he dicho "el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo". Vuestra reacción ha sido la misma que en Polonia. Me acuerdo todavía de mi última homilía en Piecary, Silesia, ante 200.000 trabajadores, mineros en su mayoría. Cuando pronuncié esa frase, la reacción fue la misma. Se ve que existen algunos elementos, algunos principios que son comunes y de los que se deduce enseguida tanto en Italia como en Polonia —y pienso que en todo el mundo— que la verdad es tal que no puede ser otra. Os doy las gracias por ello, porque he tenido con los obreros italianos la primera experiencia personal que ciertamente me servirá y ayudará a captar, conocer y comprender cada vez mejor el mundo del trabajo y el mundo de los obreros de Italia. A ello estoy llamado, pues siendo Obispo de Roma y siendo Papa, soy servidor vuestro. Como dijo Cristo, no he venido a ser servido sino a servir.

 

Copyright © 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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