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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS HERMANITAS DE JESÚS


Domingo 16 de septiembre de 1979

 

Monseñor,
queridos padres,
queridas hermanitas:

Es siempre para mí una gran alegría recibir a religiosas, pues su vida totalmente consagrada al Señor constituye una bendición y un testimonio excepcional en la Iglesia. Tengo sensibilidad especial, lo sabéis, por vuestra vocación, con la que me familiaricé hace tiempo.

¿Qué deciros en pocas palabras? Me limito simplemente a estimular vuestro compromiso de fidelidad auténtica al padre Carlos de Foucauld. Esta vocación comporta responsabilidad doble: la de estar cara a cara con Dios en nombre de los hombres y mujeres con los que os codeáis, y de todos los demás; y también la de compartir su vida en el nombre de Cristo encarnado.

Al igual que el p. Carlos de Foucauld, consagráis largos ratos a la oración silenciosa, gratuita, frecuentemente ante el Santísimo Sacramento, y oráis con quienes os rodean. En la adoración, la alabanza y la intercesión ante el Salvador, sed las embajadoras de estos hermanos y hermanas, de sus deseos, de sus necesidades. Es esto lo especifico de vuestra oración, lo que le da todo su peso. A través de vosotras y de vuestra oración, de algún modo los hombres se acercan a Dios y a su salvación.

Tened el mismo realismo en lo que concierne a vuestra vida de amistad en el ambiente en que estáis insertas; ésta supone no sólo intercambios simpáticos, sino compartir hondamente durante largo tiempo con el mismo afecto, paciencia y ocultamiento que caracterizan la vida de Nazaret y son las pruebas del amor. Es vuestro modo de dar la vida por los que amáis según el Evangelio, es decir, los trabajadores manuales, los enfermos, los presos, los analfabetos, los nómadas, los poco estimados, los drogadictos, los que están al margen de la relación con la Iglesia y la sociedad.

Y dentro de vuestras comunidades, pequeñas siempre como de familia, y también en el seno de la congregación, beneficiad a las hermanas con las riquezas personales de cada una y con las responsabilidades complementarias, sin dejar de ser vosotras mismas.

Esta "encarnación" así como esta "autenticidad" no pueden significar "ser del mundo", sujetas a los vientos de toda suerte que soplan en los ambientes a que os lleva el apostolado, ni sujetas tampoco a la fantasía personal. Esto exige que estéis sólidamente ancladas en lo esencial de la fe eclesial, de la espiritualidad de vuestra fundación, de la ética cristiana, de la celebración de los misterios cristianos; y os felicito por el cuidado que ponéis cada año en renovaos por turno en "Tre Fontane" durante un curso que coincide con la profesión de vuestras hermanas. Este año estaré fuera de Roma en el momento de esta profesión; por ello he tenido interés en recibiros hoy para prometeros mi unión especial en tal circunstancia.

Os dispersaréis de nuevo por los rincones del mundo; es exigencia de vuestra vocación, el amor no conoce fronteras. Pero seguiréis unidas al centro de la Iglesia. cercanas a la tumba del Apóstol Pedro ante la que habéis hecho los votos, unidas al Sucesor de este Apóstol, fundamento de la unidad de la Iglesia. Estad seguras de que el Papa aprecia vuestra vida religiosa y vuestro testimonio apostólico, y está con vosotras con el pensamiento allí donde llevéis el Evangelio. El también se encomienda a vuestra oración y pide al Señor que os bendiga a vosotras y a todas las Hermanitas de Jesús a quienes representáis, y a vuestros seres queridos. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Copyright © 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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