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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA DE LAS CÁRITAS DIOCESANAS DE ITALIA


Jueves 20 de septiembre de 1979

 

Hijos carísimos:

Al daros mi cordial bienvenida a esta audiencia, que he querido reservar exclusivamente para vosotros, deseo expresaros mi satisfacción por un encuentro al que atribuyo especial importancia. Saludo en vosotros a los representantes de un organismo que, en los pocos años de su existencia, ha adquirido ya numerosos méritos en el ámbito de la Iglesia italiana e incluso más allá de sus confines. Con ímpetu generoso y oportuno, habéis tratado de hacer frente, en estos años, a las diversas situaciones de necesidad que han ido apareciendo, sucesivamente, más urgentes, organizando intervenciones de emergencia en casos de calamidades públicas, coordinando las propuestas caritativas elaboradas en las comunidades locales, promoviendo estudios e indagaciones sobre las causas de escasez y situaciones difíciles, con el fin de predisponer planos eficaces de acción, en el marco de una programación pastoral unitaria,

Concretamente, os habéis preocupado de poner en práctica una inspirada sugerencia de mi venerado predecesor, el gran Papa Pablo VI, el cual al recibiros en circunstancia análoga a ésta, tras haber hecho notar que "vuestra acción no puede limitar sus tareas a la mera distribución de ayuda a los hermanos necesitados", recordaba que "por encima de este cometido puramente material de vuestra actividad debe resaltar su prevalente función pedagógica, el aspecto espiritual que no se mide con cifras o balances, sino por la capacidad que esa actividad tiene para sensibilizar a la Iglesias locales y a cada uno de los fieles en el sentido v en el deber de la caridad" (Discurso del 28 de septiembre de 1972; L'Osservatore Romano, Edición semanal en Lengua Española, 15 de octubre 1972, pág. 9).

Quiero, por tanto, aprovechar este encuentro para dar fe del trabajo que tan útilmente habéis desarrollado hasta ahora y para expresaros, juntamente con mi sincero aprecio, mi más cordial deseo de que prosigáis sobre ese camino, tan exigente como apasionante, del amor práctico hacia los hermanos. Lo hago, plenamente consciente de cumplir una de las tareas fundamentales de mi ministerio. ¿Quién no recuerda, en efecto, la intuición luminosa de Ignacio de Antioquía, el cual, ya en el comienzo del siglo II, atribuía a esta Sede romana la calificación de "universo caritatis coetui preasidens"? (Epist. ad Romanos, inscr.). Y no es menos profunda la reflexión de San Ambrosio, el cual, comentando la insistencia de Jesús al hacer a Pedro la pregunta "¿me amas?", observa: "No es que el Señor dudase. Preguntaba no para saber, sino para manifestar que quería dejarle como Vicario de su amor" (In Lucam, 10: PL 15, 1994).

Pues bien, como "Vicario del amor de Cristo", el Papa no puede dejar de alegrarse por la vitalidad y el dinamismo con que la Cáritas italiana trata de corresponder a las esperanzas y confianza puesta en ella por la Conferencia Episcopal. Que os sostenga en vuestro trabajo la convicción de que todo lo que contribuya a aumentar en la comunidad la capacidad de amar constituye también una ayuda para su avance en la madurez cristiana y para potenciar la eficacia evangelizadora de su presencia en el mundo.

En tal sentido, deseo haceros algunas sugerencias. Quisiera subrayar, ante todo la oportunidad de una catequesis que aclare cada vez mejor a los fieles el estrecho nexo que existe entre el anuncio de la Palabra de Dios, celebración litúrgica de ella, y su traducción concreta en el testimonio de caridad, que llena la vida. Los cristianos de los primeros tiempos tuvieron vivísima conciencia de ello, como puede deducirse por algunas alusiones que, especialmente con referencia a la Eucaristía, se hallan en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2, 42 y ss.; 4, 32 y ss.), en las Cartas de San Pablo (1 Cor 2, 17 ss.; Ef 5, 18 ss.) y de otros Apóstoles (cf. Santiago, 2, l ss.) así como en la Didajé (cf. 9, 1 ss.; 14, 1 ss.) y en los escritos de la más remota antigüedad cristiana (cf. Ignacio, Ep. ad Philad. 4).

Vendrá bien, por otra parte, estimular a la comunidad cristiana a que se interrogue a sí misma acerca de la adaptación de su propia presencia benéfica respecto a la evolución histórica de las necesidades y a la cuestión que plantean las nuevas formas de pobreza. De ese modo, será posible hallar los caminos que es necesario recorrer hoy para testimoniar, en términos creíbles, el amor de Dios hacia los hombres y especialmente hacia los más pobres.

Convendrá, por último, abrir, sobre todo a los más jóvenes, las perspectivas de un voluntariado de la caridad, que sustituya la espontaneidad dispersa y provisional con la funcionalidad y continuidad de una organización racional del servicio, entendido no sólo como simple satisfacción de las necesidades inmediatas, sino más bien como un empeño tendente a modificar las causas que originan tales necesidades. Los voluntarios, oportunamente formados, serán los normales animadores de un proceso de responsabilización de la comunidad, del que podrán derivarse la revisión de estructuras marginadoras, la promoción de leyes más justas.. la creación de relaciones humanas más satisfactorias.

Hijos carísimos: el trabajo que tenéis delante es amplio y complejo, como vosotros sabéis perfectamente.  Que no os desanimen las dificultades, ni os frenen los fracasos o las incomprensiones. Es tan noble la causa, que bien merece la pena realizar incluso grandes sacrificios. Que en todo momento os consuele el recuerdo de cuanto Jesús anunció respecto al Juicio final y que San Juan de la Cruz sintetizó con sus famosas palabras: "A la tarde te examinarán en el amor". Con mi bendición apostólica.

 

Copyright © 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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