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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA ARCHIDIÓCESIS DE BOLONIA
Sábado 22 de septiembre de 1979
Señor cardenal,
hermanas y hermanos queridísimos:
Estoy verdaderamente contento por este gozoso encuentro de hoy con una
representación tan calificada de la querida e ilustre archidiócesis de Bolonia.
Sé cómo habéis deseado, y con cuánto esmero habéis preparado esta peregrinación
a Roma, para venerar la tumba del Príncipe de los Apóstoles y para expresar
vuestro afectuoso homenaje a su sucesor. ¡Aquí estoy con vosotros! ¡Bienvenidos
a la casa del Padre común!
1. Mi primer saludo es para vuestro Pastor, el venerado hermano cardenal Antonio
Poma, que, desde hace 12 años, está entre vosotros, guiándoos con iluminada
sabiduría por el camino del bien. A él mi estima sincera, mi aplauso cordial y
también mi aprecio por cuanto ha trabajado, durante tantos años, como
Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Con él saludo también a los
obispos auxiliares, monseñores Benito Cocchi y Vincenzo Zarri.
Saludo, además, a los sacerdotes, religiosos y religiosas presentes. Con ellos
recuerdo, en particular, a los superiores, profesores y alumnos del Pontificio
Seminario Regional "Benedicto XV", sede del Estudio Teológico Académico
boloñés; y además a las religiosas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús y a las
del Instituto de las Misioneras de la Inmaculada "Padre Kolbe";
a los miembros del Comité-cooperativa "Simpatía y Amistad"; a los socios de la archicofradía de San Juan Evangelista y San Petronio de
los Boloñeses en Roma; a los socios de la Unión de Campaneros boloñeses y a los
demás campaneros de la Romaña.
¡A todos mi afectuoso saludo y mi agradecimiento sincero!
2. Ciertamente no es fácil hablar a los representantes de una diócesis como
Bolonia, que se precia de una historia y una tradición de espiritualidad,
cultura, vida y arte, inspiradas en el mensaje cristiano y que, como es sabido,
fue para Europa y para la Iglesia, especialmente en los siglos gloriosos del medievo, un faro luminoso de doctrina. sobre todo en el campo de la
Jurisprudencia.
En esta necesaria mirada dirigida al pasado, ¿cómo no recordar la
floración de santidad, sus 19 Santos y 12 Beatos, entre ellos los protomártires
Vital y Agrícola, el primer obispo San Zama, San Petronio, obispo y patrono de
la diócesis, la Beata Clelia Barbieri, elevada al honor de los altares por mi
predecesor el Papa Pablo VI de venerada memoria?, y además, ¿los 7 Sumos
Pontífices de origen boloñés, entre ellos Benedicto XIV, y los 4 Pastores de
Bolonia, elevados al Papado, entre los cuales Benedicto XV, el Papa de la
primera guerra mundial?
Al dirigir después la mirada al presente, nos hace descubrir una comunidad diocesana
—cuya población alcanza casi un
millón— llena de fecundidad espiritual y de dinamismo juvenil, lanzada
totalmente y comprometida a vivir en profundidad la propia realidad eclesial en
las diversas dimensiones, tanto a través de una participación consciente de
los fieles en la liturgia —y al llegar aquí es obligado dirigir nuestro
pensamiento agradecido a la obra infatigable del llorado cardenal Giacomo
Lercaro—, como en el compromiso misionero, que ha tenido una manifestación feliz en la "hermandad" con la diócesis de
Iringa en Tanzania; tanto en las diversas actividades caritativas y
educativas, entre las cuales figura el benemérito Instituto Gualandi para
sordomudos; como en el compromiso catequético, promovido en las 477
parroquias de la gran archidiócesis; como en las complejas realizaciones que
intentan implicar, interesar y comprometer a los jóvenes para vivir con alegría las exigencias del mensaje evangélico.
Pienso que el secreto interior de tanto entusiasmo y de tanta vitalidad debe
buscarse fundamentalmente en la arraigada y secular devoción a Cristo
Eucaristía, que en vuestra diócesis ha encontrado peculiares y ejemplares
manifestaciones en las llamadas "Decenales Eucarísticas", que se celebran en
cada parroquia, y en los Congresos Eucarísticos diocesanos y arciprestales. Y
¿cómo olvidar la intensa veneración de los boloñeses a la Virgen Santísima?
En nada menos que 40 santuarios marianos de vuestra diócesis confiáis
vuestras esperanzas, vuestras ansias, vuestros propósitos, vuestras oraciones
más secretas a la Madre de Dios; pero la piedad mariana de los boloñeses halla
su expresión más conocida en la devoción a la "Santísima Virgen de San Lucas".
También yo, humilde y devoto peregrino, he subido emocionado a ese templo
maravilloso, para orar a la Virgen Santa y repetirle de todo corazón: "¡Totus
tuus sum ego!".
3. Nuestra mirada común debe dirigirse hoy, de modo especial, al futuro,
reconociendo y analizando, con realismo sereno, las dificultades que encontráis
en vuestro ambiente social, para el anuncio del mensaje de Jesús. Estas
dificultades objetivas, serias, graves, son conocidas de todos. Las ideologías
materialistas y la mentalidad hedonista, que se difunden en amplios estratos de
la población, especialmente juvenil, tratan por todos los medios de obstaculizar
y desvirtuar el anuncio evangélico. ¿Acaso será necesario resignarse frente a
estas dificultades?
Os digo a los aquí presentes, a todos los boloñeses: "Velad y estad firmes en la
fe, obrando varonilmente y mostrándoos fuertes" (1 Cor 16, 13). ¡La fe cristiana, este don de la benevolencia divina, que os han
transmitido vuestros padres como el tesoro más precioso, debe ser conservada,
protegida, amada, defendida! Permaneced firmes en la fe. ¡La fe, que nos abre
de par en par los espacios infinitos de la trascendencia; la fe, que nos hace
inclinar la frente ante Dios; la fe, que nos une íntimamente a Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre; la fe, que abre nuestros corazones a la
esperanza y a la alegría; la fe, que nos hace amar a nuestros semejantes como a
hermanos, porque actúa mediante la caridad (cf. Gál 5, 6); la fe, que nos da la clave para comprender el valor auténticamente
revolucionario de las bienaventuranzas evangélicas; la fe, que nos constituye en
Pueblo de Dios!
Fe en Dios, Creador y Padre; fe en Cristo, único Salvador y verdadero
Liberador; fe en la Iglesia, Madre y Maestra de la verdad. En medio de las
continuas y periódicas crisis de las ideologías humanas, vuestra fe y vuestra
esperanza estén fijas en Dios (cf. 1 Pe 1, 21).
Entonces se podrá repetir de vosotros eso que se decía con admiración en los
siglos del medievo: "Bononia docet" (Bolonia enseña). ¡Sí! Bolonia debe
enseñar, con su ejemplo, cómo creen, cómo viven los cristianos auténticos; cómo
se ama a los pobres y a los marginados; es decir, debe enseñar cómo el Evangelio
es siempre actual y cómo, con la gracia de Dios, puede ser vivido para la
felicidad plena del hombre.
A todos vosotros aquí presentes, a todos los boloñeses, a vuestros seres
queridos, os aseguro mi oración a la Virgen, a cuya protección materna confío
vuestras familias y, en particular, los pobres, enfermos, jóvenes y niños.
Con mi bendición apostólica.
Copyright © 1979 - Libreria
Editrice Vaticana
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