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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A 500 NIÑOS MINUSVÁLIDOS Y A SUS ASISTENTES


Lunes 24 de septiembre de 1979

 

Queridos hermanos y hermanas:

A la vez que agradezco vivamente las palabras que me acaba de dirigir la responsable general de las "Pequeñas apóstoles de la caridad" y presidente de la asociación "La nostra famiglia", quiero saludaros a todos con la más calurosa cordialidad y daros la más sincera bienvenida a esta casa que, de muy buen grado se abre a cuantos, en Cristo. saben unir armónicamente, el sufrimiento con la caridad. Saludo, por tanto, afectuosamente a mis hermanos en el Episcopado aquí presentes y, sobre todo, a los numerosos y queridos niños que han venido a ver al Papa, junto con sus padres, así como también a las "Pequeñas apóstoles", a los operadores y amigos de la Obra fundada por don Luigi Monza y a los sacerdotes que prestan en ella su propio ministerio. Sabed que vuestra visita me es realmente muy grata.

Las palabras de la presidente han trazado un cuadro ya de por sí muy elocuente y que sirve para conocer la amplitud, la intensidad de entrega y la eficacia de los resultados que "La nostra famiglia", nacida del corazón apostólico de un sacerdote milanés, manifiesta con su luminoso testimonio cristiano. Me alegra ciertamente conocer esta singular asociación, qua vive el mandato evangélico del amor en formas muy concretas y se esfuerza por serle cotidianamente fiel, valiéndose, por otra parte, de los más  modernos métodos sanitarios y desplegando una cuidadosa seriedad profesional.

Por mi parte, quisiera dirigirme primeramente a los enfermos y luego a quienes les cuidan. A los primeros les digo, por de pronto, que den gracias al Señor porque se encuentran en buenas manos. Pero, sobre todo, les invito a considerar siempre su sufrimiento a la luz de Cristo, porque si es cierto que el dolor humano sigue siendo un gran misterio, no lo es menos que adquiere un sentido, mejor dicho, una fecundidad, gracias a la Cruz de Cristo. Queridos niños, y también vosotros, queridos padres que compartís sus penas: sabed que a los ojos del Señor es especialmente valioso precisamente el sufrimiento del justo y del inocente, más que el del pecador, porque éste, realmente, sufre sólo por sí mismo, por una autoexpiación, mientras que el inocente capitaliza con su dolor la redención de los demás. Así hizo Cristo que, según la Carta a los Hebreos, "se ofreció una vez para soportar los pecados de todos" (Heb 9, 28; cf. 10, 10). También por esto somos nosotros cristianos. porque nos asemejamos a él en la gloria y en el dolor. Por eso, repetimos con San Pablo, sintiendo su íntima verdad: "Como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación" (2 Cor 1, 5). También vosotros, por tanto, podéis repetir con el Apóstol: "Somos cual desconocidos, siendo bien conocidos; cual moribundos, bien que vivamos... como contristados, aunque siempre alegres; como mendigos, pero enriqueciendo a muchos; como quienes nada tienen, poseyéndolo todo" (ib., 6, 9-10). Son paradojas éstas que se comprenden solamente con la fe en Aquel que, antes que nadie, las vivió hasta el fondo. Y yo os exhorto a que renovéis vuestra fe cada día, porque en ella reside vuestra fuerza y, en definitiva, vuestro gozo.

Ahora me dirijo a vosotras "Pequeñas apóstoles", colaboradores y amigos todos de le Obra de don Luigi Monza. Y mis palabras tienen que ser de sincero aplauso y viva admiración por cuanto hacéis. Sí la actitud fundamental de los enfermos es la  de la fe, la vuestra debe ser la de la caridad, es decir la del amor, el cual no es sino manifestación de la  fe (cf. Gál 5, 6), Y una cosa es cierta: cuanto más puro y generoso es vuestro amor, más brilla la belleza del cristianismo y lo que llamaríamos la seducción del Evangelio. Esto es lo que necesita el mundo de hoy: ver el milagro de los milagros como es el dedicarse a cuidar a los necesitados de la forma más desinteresada para vencer el individualismo egoísta; del modo más total para superar la mezquina parcialidad del cálculo y del oportunismo; de la manera más concreta, para no limitarse a la esterilidad de las buenas intenciones y de las bellas palabras; y también del modo más oculto —casi púdico, diría— para no enturbiar la sinceridad de la propia entrega con la ostentación, de que pueden ser maestros otros, pero no ciertamente los discípulos de Jesús. En efecto: el amor cristiano, según la célebre página paulina, "no es jactancioso, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad" (1 Cor 13, 4-6).

Perseverad, por tanto, en vuestra entrega, con alegre ánimo. Y aunque veáis que en vuestra tarea surgen dificultades, no debéis atemorizaros, sino aumentar vuestro celo que, por otra parte, está totalmente dirigido a un servicio altamente social y, por tanto, también humanamente apreciable. Los obstáculos no pueden enfriar la caridad, sino que deben ser como chispas con las que se enciende todavía más la llama, porque omnnia vincit amor (Virgilio, Egl. 10, 69).

Que "el Dios del amor y de la paz" (2 Cor 13, 11), bendiga ampliamente vuestras actividades, las fecunde con su gracia y multiplique sus frutos para beneficio de los asistidos, para consuelo de sus familiares, para vuestra salvación y para que "los hombres vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos" (Mt 6, 16).

Y que sobre todos vosotros, aquí presentes, y sobre cuantos representáis u os son queridos, descienda también mi más cordial bendición apostólica, en prenda del consuelo celestial y de mi más sincera benevolencia.

 

Copyright © 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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