Jueves 27 de septiembre de 1979
Señor cardenal,
señores Embajadores y demás ilustres miembros de las delegaciones argentina y
chilena para las negociaciones relativas a la mediación en el diferendo sobre
la zona austral:
1. Las breves palabras pronunciadas por usted, señor cardenal, para ilustrar los
trabajos efectuados desde primeros de mayo hasta ahora, me han actualizado las
informaciones detalladas que, personalmente y por escrito, me ha ido haciendo
llegar puntualmente durante los últimos meses. De todas ellas he tomado
conocimiento con la atención requerida por la importancia del asunto, cuya
gravedad, señores delegados, me indujo a enviar a vuestros países al mismo
cardenal Samoré en la pasada Navidad y a aceptar después la mediación que
vuestros Gobiernos me solicitaron.
Con estas iniciativas quise, como escribí a las más altas autoridades de
vuestras naciones, testimoniar la atención que prestaba a las relaciones mutuas
de vuestros países. Llevar a cabo estos gestos parecía insoslayable para quien
considera que la paz es uno de los más grandes valores humanos y su búsqueda y
realización un deseo, más aún, un mandato, del Hijo de Dios hecho Hombre, del
Príncipe de la Paz, de quien la Providencia me ha constituido Vicario entre
los hombres.
Estoy, como sabéis, en vísperas de iniciar un viaje en el que no me faltarán
ocasiones para proclamar el interés de la Sede Apostólica por la paz y su
firme voluntad de contribuir a su consolidación efectiva y permanente según
los medios que le son propios, sabedora de los inmensos beneficios que la
consecución de una concordia mundial verdadera comportaría para la humanidad
entera.
En este contexto, me ha parecido oportuno encontrarme con vosotros que estáis
aquí para actuar en nombre de vuestros Gobiernos y de vuestros pueblos; por
eso, mis palabras quieren alcanzar, por vuestro medio, a todos ellos.
2. Respondí afirmativamente a la solicitud de mediación, no obstante las
dificultades inherentes a tan grave responsabilidad, impulsado por mi deseo de
tutelar el bien supremo de la armonía entre las Naciones. A dar esa respuesta
positiva me animó la voluntad de paz manifestada por vuestros Gobiernos, los
cuales –interpretando así fielmente los anhelos profundos de vuestros países– asumieron en Montevideo el compromiso solemne de no recurrir a la fuerza en
las relaciones mutuas de los dos Estados, de realizar un retorno gradual a la
situación militar existente al principio de mil novecientos setenta y siete, y
de abstenerse de adoptar medidas que pudieran alterar la armonía en cualquier
sector.
El asumir esta triple obligación honró a vuestros Gobiernos y a vuestros
países
y me movió a aceptar la mediación; el fiel y constante cumplimiento de ese
Acuerdo constituye un motivo de honor para vuestras autoridades y vuestras
naciones y crea las condiciones de serenidad necesarias para que no se vean
perjudicadas las posibilidades de éxito de la mediación.
3. Me congratulo de la confianza que vuestros Gobiernos y vosotros tenéis en el
mediador y en quienes, por parte de la Santa Sede, participan en las
negociaciones relacionadas con la mediación. Esa actitud es una premisa
necesaria para que el mediador se siente más seguro en sus esfuerzos por
acercar las posiciones divergentes, esfuerzos que constituyen la esencia misma
de la mediación, la cual no se concluye con decisiones, sino que se desarrolla
mediante consejos. Apoyándose en esa confianza, el mediador, después de haber
pedido luces a Dios, presenta sugerencias a las Partes con objeto de realizar su
obra de acercamiento, encaminada a salvaguardar los intereses fundamentales de
ambas, el bien supremo de la paz.
4. Apoyándome en esa confianza –fruto también de los lazos que unen a vuestros
pueblos con la Sede Apostólica– me parece conveniente transmitiros algunas
ideas que me ha sugerido el examen de los aspectos controvertidos del diferendo.
Os las comunico con la esperanza de contribuir a la búsqueda del camino, del método
de trabajo que pueda conduciros mejor al arreglo pacífico, justo, honorable y
definitivo que deseamos todos. Y os las propongo porque conozco la disposición
favorable con que –como se asegura en el primer Acuerdo de Montevideo– las
consideraréis:
— Parece que convendría planear las negociaciones buscando, en primer lugar,
los puntos de convergencia entre las posiciones de ambas Partes; aunque la
controversia aparezca bastante complicada, no debe ser imposible encontrar tales
puntos, teniendo en cuenta además que a comienzos del año pasado vuestras
respectivas Autoridades se habían propuesto tener conversaciones directas con
vistas a lograr la concordia. Insistir en este aspecto, es decir, en la búsqueda
de los puntos de convergencia, no será inútil, en cambio será
provechoso;
— Considero también oportuno que reflexionéis sobre las posibilidades que
vuestras Naciones tienen de colaborar en toda una serie de actividades, dentro e
incluso fuera de la zona austral. Del desarrollo de esas actividades pueden
derivarse ventajas indudables para el bienestar de ambos Pueblos y también –¿por qué no?– para otras
naciones. Creo que el descubrimiento y la preparación
consiguiente de amplios sectores de cooperación crearían condiciones
favorables para la búsqueda y el hallazgo de la solución completa para las
cuestiones más complicadas del diferendo: solución completa y definitiva a la
que es menester llegar;
— Es necesario restablecer, afianzar y corroborar un clima de confianza mutua,
desterrando, por consiguiente, incluso la sospecha o el temor de miras de una
Parte que podrían ser perjudiciales para la otra; este clima de confianza mutua
debe ser la savia que vivifique a todos los interesados, es decir a todos los
que de alguna manera se ocupan de la mediación o simplemente viven en vuestras
naciones.
Pienso que lo que ahora os he dicho debería constituir la base positiva sobre
la que se desarrollarían a continuación las negociaciones sobre los diversos
puntos controvertidos. Se trata ahora de una cuestión de método, que parece
imponerse, si se tiene presente los escasos resultados del período precedente,
cuando –como es sabido– las discusiones fueron en definitiva infructuosas y
culminaron en momentos de gravísima tensión, habiendo sido acompañadas con
preparativos militares. El nuevo procedimiento creo que debería caracterizar
vuestras actividades en los próximos meses. Os exhorto calurosamente a que empeñéis
vuestras inteligencias y vuestra buena voluntad en la búsqueda de ese nuevo método.
Es innegable el gran influjo que hoy día ejercen los medios de comunicación
social. Es deseable que estos apoyen los esfuerzos de las autoridades
competentes que han escogido el camino de la mediación y que interpreten y
sostengan los sentimientos auténticos de los hijos de las dos naciones
hermanas, que desean mantener esa paz que nunca faltó entre ellas. Es hermoso y
consolador el constatar que nunca ha habido un conflicto bélico entre los dos
países, y merece la pena, por tanto, evitar todo aquello que pudiera promover
sentimientos contrarios a la solución del diferendo a través de la mediación.
5. Estas son las ideas que me ha parecido conveniente exponeros en el momento
actual.
Tened la seguridad de que no os falta, ni os ha de faltar, mi recuerdo constante
en la oración: pido a Dios que os conceda llevar a cabo un trabajo provechoso y
que yo os pueda asistir con los consejos y las sugerencias que sean más útiles
en cada circunstancia. Presento estas intenciones por medio de María, la Virgen
Santísima, Nuestra Señora, Madre del Buen Consejo y Reina de la Paz.
Formulo votos para que vuestras negociaciones sean fecundas, positivas, llenas
de sabiduría y cordura, impulsadas por la buena voluntad de todos, sabiendo –
como de hecho sabéis – que os acompaña la simpatía de vuestros
connacionales y que muchos pueblos os siguen con interés. Pensando en todo
ello, os imparto mi paternal Bendición, extensiva a vuestras Naciones, como
testimonio de mi afecto y de mi deseo de que consigan superar las dificultades
de varia índole, en beneficio de la prosperidad y de la felicidad cristianas de
todos vuestros compatriotas.