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VIAJE APOSTÓLICO A IRLANDA
(29 DE SEPTIEMBRE - 1 DE OCTUBRE)

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LAS DIVERSAS IGLESIAS CRISTIANAS

Convento de los Dominicos
Sábado 29 de septiembre de 1979

 

Mis queridos hermanos en Cristo:

Permitidme que os salude en el amor de nuestro mismo Señor y Salvador, y con las palabras de su siervo el apóstol Pablo: "Sean con vosotros la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (Ef 1, 2).

Me siento feliz ante esta oportunidad de encontrarme junto con vosotros en el Santo Nombre de Jesús, y orar con vosotros. Para cuantos estamos hoy aquí, la gran promesa contenida en el Evangelio es de verdad alentadora y estimulante: "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). Y por tanto, nos regocijamos en extremo:.: al saber que Jesucristo está con nosotros.

Sabemos que está cerca de nosotros con el poder de su misterio pascual y que de su misterio pascual sacamos luz y fuerza para caminar en lo que San Pablo llama "una vida nueva" (Rom 6, 4).

Qué gracia es para toda la Iglesia del mundo entero el que el Espíritu Santo haya suscitado fuertemente en nuestros días en el corazón humano el deseo real de esta "vida nueva". Y qué gran don de Dios es el hecho de que "exista hoy entre los cristianos una mayor conciencia de la necesidad de estar perfectamente unidos en Cristo y en su Iglesia: ser uno de acuerdo con la oración del mismo Cristo, como él y su Padre son uno (cf. Jn 17, 11).

Nuestro deseo de unidad cristiana brota de la necesidad de ser fieles a la voluntad de Dios como se reveló en Cristo. Porque además resulta que nuestra unidad en Cristo condiciona la eficacia de la evangelización, y es determinante para la credibilidad de nuestro testimonio ante el mundo. Cristo oró por la unidad de sus discípulos precisamente "para que el mundo crea..." (Jn 17, 21).

Hoy ha sido sin duda alguna un día memorable en mi vida por haber podido abrazar en el amor de Cristo a mis hermanos cristianos separados y confesar con ellos que "Jesús es el Hijo de Dios vivo"(1 Jn 4, 15); que es "el Salvador de todos los hombres" (1 Tim 4, 10); porque "uno es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús" (1 Tim 2, 5). Desde Drogheda esta tarde he hecho un llamamiento a la paz y la reconciliación de acuerdo con el supremo querer de Cristo, el único que puede unir los corazones de los hombres en hermandad y testimonio conjunto.

Que nadie dude del empeño de la Iglesia católica y de la Sede Apostólica de Roma por alcanzar la unidad de los cristianos. Cuando en noviembre pasado me encontré con los miembros del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, les hablé del "escándalo intolerables de la separación de los cristianos". Dije: que la marcha hacia la unidad no puede pararse hasta haber alcanzado la meta; pedí que se comprometieran obispos, sacerdotes y pueblo a trabajar con energía en favor de esta meta. Añadí en tal ocasión: "La Iglesia católica, fiel a la orientación recibida del Concilio, no sólo quiere continuar avanzando por el camino que lleva a la restauración de la unidad, sino que desea intensificar a todos los niveles, en la medida de sus medios y con plena docilidad a las sugerencias del Espíritu... su cooperación en este gran movimiento de todos los cristianos" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua española, 3 de diciembre de 1978. pág. 8). Renuevo este compromiso y este propósito hoy aquí, en Irlanda, donde la reconciliación entre cristianos reviste urgencia especial y donde, al mismo tiempo, cuenta con recursos especiales en la tradición de fe cristiana y fidelidad a la religión que caracterizan tanto a la comunidad católica como a la protestante.

La obra de reconciliación, el camino hacia la unidad, puede ser largo y difícil. Pero como en el camino de Emaús, el mismo Señor está con nosotros en el camino "fingiendo seguir adelante" (Lc 24, 28). Estará con nosotros hasta que llegue el momento tan ansiado de poder reunirnos reconociéndole en la Sagrada Escritura y "en el partir del pan" (Lc 24, 35).

Mientras tanto, la renovación interna de la Iglesia católica en fidelidad total al Concilio Vaticano II, a la que prometí al comienzo de mi ministerio papal dedicar todas mis energías, debe continuar con vigor indeficiente. Esta renovación es ya en sí misma aportación indispensable a la tarea de la unión de los cristianos. Al crecer cada uno en nuestras Iglesias respectivas en la investigación sobre la Sagrada Escritura, en la fidelidad y continuidad de las antiguas tradiciones de la Iglesia cristiana, y con voluntad de santidad y autenticidad de vida cristiana, nos iremos acercando más a Cristo y, en consecuencia, también unos a otros en Cristo.

Sólo El es quien puede, a través de la acción del Espíritu Santo, llevar a cumplimiento nuestra esperanza. En El ponemos toda la esperanza, en "Jesucristo, esperanza nuestra" (1 Tim 1, 1). A pesar de nuestra debilidad humana y nuestros pecados, a pesar de todos los obstáculos, aceptamos con humildad y fe el gran principio enunciado por nuestro Salvador: "Lo que es imposible a los hombres, es posible para Dios" (Lc 18, 27).

Que este día señale para todos nosotros y para aquellos a quienes servimos en Cristo, la ocasión de crecer siempre en fidelidad, oración y penitencia por la causa de Cristo y su mensaje de verdad y amor, justicia y paz. Que la estima y amor que vosotros y nosotros tenemos a la palabra de Dios santa e inspirada nos una cada vez más, mientras continuamos estudiando y examinando juntos los temas importantes concernientes a la unidad eclesial en todos sus aspectos, y a la urgencia de servir unidos a un mundo tan necesitado.

Irlanda, queridos hermanos en Cristo, tiene necesidad especial y urgente del servicio común de los cristianos. Todos los cristianos irlandeses deben unirse para defender los valores espirituales y morales contra la irrupción del materialismo y permisivismo moral. Los cristianos deben unirse para promover la justicia y defender los derechos y dignidad de todas las personas humanas. Los cristianos todos de Irlanda deben oponerse juntos a la violencia y a toda clase de ataques contra la persona humana —venga de la parte que viniere— y para encontrar respuesta cristiana a los graves problemas de Irlanda del Norte. Todos debemos ser ministros de reconciliación. Con el ejemplo y la palabra debemos tratar de mover a los ciudadanos, comunidades y hombres políticos hacia métodos de tolerancia, cooperación y amor. Ni el miedo a la crítica, ni el riesgo de resentimientos pueden hacernos abdicar de esta tarea. La caridad de Cristo nos urge. Precisamente porque tenemos un mismo Señor, Jesucristo, hemos de abrazar juntos la responsabilidad de una vocación que de El hemos recibido.

Queridos hermanos: Con convicción que viene de la fe estamos percatados de que el destino del hombre está en juego porque hay desafío a la credibilidad del Evangelio. Los cristianos sólo en unión perfecta pueden dar testimonio adecuado de la verdad. Por tanto, la fidelidad a Jesucristo nos urge a hacer más, orar más y amar más.

Que Cristo, Buen Pastor, nos enseñe a guiar nuestro rebaño por el camino del amor hasta la mata de la unidad perfecta. Para honra y gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Copyright © 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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