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VIAJE APOSTÓLICO A IRLANDA
(29 DE SEPTIEMBRE - 1 DE OCTUBRE)

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS IRLANDESES

Dublín
Domingo 30 de septiembre de 1979

 

Queridos hermanos:

1. Una vez más deseo haceros saber lo profundamente agradecido que os estoy por vuestra invitación a venir a Irlanda Esta visita constituye para mí el cumplimiento de un profundo deseo de mi corazón: venir como siervo del Evangelio y como peregrino al santuario de Nuestra Señora de Knock, con ocasión de su centenario.

Vengo también como vuestro hermane Obispo de Roma. He esperado con gran placer este día: para que podamos celebrar juntos la unidad del Episcopado en nuestro Señor Jesucristo, para que demos expresión pública a la dimensión de nuestra colegialidad episcopal y para que reflexionemos juntos sobre el papel de la dirección pastoral en la Iglesia, particularmente en lo concerniente a nuestra responsabilidad común del bienestar del Pueblo de Dios en Irlanda.

Somos profundamente conscientes de la especial carga que hemos recibido como obispos. Porque, "en virtud de la consagración sacramental y mediante la comunión jerárquica" (Lumen gentium, 22), hemos sido constituidos miembros del Colegio encargado de la misión pastoral de nuestro Señor Jesucristo.

2. La colegialidad episcopal que compartimos se manifiesta de diferentes modos. Hoy se expresa de una manera muy importante: el Sucesor de Pedro se halla presente entre vosotros para confirmaros personalmente en vuestra fe y en vuestro ministerio apostólico, y para ejercer, junto con vosotros, el cuidado pastoral de los fieles de Irlanda. De este modo, mi peregrinación como Pastor de la Iglesia universal se manifiesta en su profunda dimensión de comunión eclesial y jerárquica. Y, a través de la acción del Espíritu Santo, la doctrina de la colegialidad encuentra su expresión y realización aquí y ahora.

En mi primer discurso al Colegio Cardenalicio y al mundo después de mi elección para ocupar la Sede de Pedro, urgí a "una reflexión más profunda sobre las implicaciones del vínculo colegial" (17 de octubre de 1978). Estoy también convencido de que mi encuentro de hoy con la Conferencia Episcopal va a conducir a una mejor comprensión de la naturaleza de la Iglesia contemplada como Pueblo de Dios, "que toma a sus ciudadanos de entre todas las razas y los convierte en ciudadanos de un reino de naturaleza celestial, no terrena" (Lumen gentium, 13).

3. En esta reunión de hoy nos hallamos viviendo la experiencia del Pueblo de Dios en Irlanda, primero en una dimensión "vertical", ascendiendo, por así decirlo, a través de todas las generaciones, hasta los mismísimos inicios de la cristiandad en esta tierra. Al mismo tiempo estamos atentos a la dimensión "horizontal", dándonos cuenta de cómo el Pueblo de Dios en Irlanda se halla unido, en la unidad y universalidad de la Iglesia, a todos los pueblos de la tierra, de cómo forman parte del misterio de la Iglesia universal y de su gran misión salvífica. Los obispos de Irlanda tienen su propia porción en esta dimensión de la vida de toda la Iglesia porque comparten las tareas del Colegio Episcopal: cum Petro et sub Petro. De ahí que este encuentro del Papa con los obispos de Irlanda sea enormemente importante y maravillosamente elocuente, tanto para Irlanda como para la Iglesia universal.

4. El fundamento de nuestra identidad personal, de nuestro vínculo común y de nuestro ministerio se encuentra en Jesucristo, Hijo de Dios y Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento. Por esta razón, hermanos, mi primera exhortación al presentarme hoy entre vosotros es ésta: "Mantengamos nuestros ojos puestos en el autor y consumidor de la fe, Jesús" (Heb 12, 2). Como somos Pastores de este rebaño, debemos tener fija nuestra mirada en Aquel que es el Pastor principal —Princeps Pastorum (1 Pe 5, 4)—, para que nos ilumine, nos sostenga y nos colme de alegría en nuestro servicio al rebaño, conduciéndolo "por rectas sendas por amor de su nombre" (Sal 23, 3).

Pero la eficacia de nuestro servicio a Irlanda y a toda la Iglesia está vinculada a nuestra relación personal con Aquel a quien San Pedro llamó también "Pastor y guardián de vuestras almas" (1 Pe 2, 25). El seguro fundamento de nuestra guía pastoral lo constituye, pues, una relación profunda y personal de fe y amor con Jesucristo nuestro Señor. Al igual que los Doce, también nosotros hemos sido designados para estar con El, para ser sus compañeros (cf. Mc 3, 14). Podemos presentarnos como líderes religiosos de nuestro pueblo, en las situaciones que afectan profundamente a sus vidas diarias, sólo después de haber estado en piadosa comunión con el Maestro, sólo después de haber descubierto en la fe que Dios ha constituido a Cristo como "nuestra sabiduría, justicia, santificación y redención" (1 Cor 1, 30). Somos llamados, en nuestras propias vidas, a escuchar. conservar y realizar la Palabra de Dios. En las Sagradas Escrituras, y especialmente en los Evangelios, encontramos constantemente a Cristo; y, mediante el poder del Espíritu Santo, sus palabras se hacen luz y fuerza para nosotros y para nuestro pueblo. Sus mismas palabras contienen un poder de conversión, y aprendemos mediante su ejemplo.

A través de un piadoso contacto con el Jesús de los Evangelios, nosotros, sus siervos y apóstoles, absorbemos en modo creciente su serenidad y asumimos sus actitudes. Sobre todo adoptamos aquella fundamental actitud de amor hacia su Padre, tanto irás cuanto que cada uno de nosotros experimentamos un gozo profundo y pleno en la verdad de nuestra relación filial: Diligo Patrem (Jn 14, 31) - Pater diligit Filium (Jn 3, 35). Nuestra relación con Cristo y en Cristo halla su suprema y única expresión en el Sacrificio eucarístico, en el que actuamos por completo: in persona Christi.

La relación personal con Jesús constituye, pues, una garantía de confianza para nosotros y nuestro ministerio. En nuestra fe encontramos la victoria que vence al mundo. Por el hecho de estar unidos con Jesús y mantenidos por El, no hay reto con el que no nos podamos enfrentar, dificultad que no podamos mantener, obstáculo que no podamos vencer por el Evangelio. En realidad Cristo mismo garantiza que "el que cree en mí, ése hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas..." (Jn 14, 12). Sí, hermanos, la respuesta a tantos problemas se halla sólo en la fe, una fe manifestada y sostenida en la oración.

5. Nuestra relación con Jesús será la base fructífera de nuestra relación con nuestros sacerdotes, cuando nos esforzamos por ser su hermano, padre, amigo y guía. Estamos llamados, en la caridad de Cristo, a escucharles y entenderles, a cambiar impresiones relativas a la evangelización y a la misión pastoral que comparten con nosotros como cooperadores con el Orden de los obispos. Para toda la Iglesia (pero especialmente para los sacerdotes) debemos ser un signo humano del amor de Cristo y de la fidelidad a la Iglesia. De este modo sustentamos a nuestros sacerdotes con el mensaje del Evangelio, los sostenemos con la certeza del Magisterio y los fortificamos frente a las tensiones que deben resistir. Con nuestra palabra y nuestro ejemplo debemos invitar a orar constantemente a nuestros sacerdotes.

Estamos llamados a mostrar con generosidad a nuestros sacerdotes esa solicitud humana, interés personal y sincera estima en los que podrán percibir fácilmente nuestro amor. A pesar de la multiplicidad de nuestros compromisos, nuestros sacerdotes deben reconocer en nosotros el fiel reflejo del Pastor y obispo de sus almas (cf. 1 Pe 2, 25).

Nuestros sacerdotes han hecho muchos sacrificios, incluso la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos; y se les debe animar con firmeza a perseverar. La fidelidad a Cristo y las exigencias de la libertad y la dignidad humanas les piden que se mantengan con constancia en su compromiso.

La misma solicitud pastoral que tenemos por los sacerdotes, debemos mostrarla también con nuestros seminaristas. Ejerzamos personalmente la responsabilidad que tenemos de su formación en la Palabra de Dios y de toda la formación que reciben dentro y fuera de Irlanda, incluida Roma. En mi Carta a los obispos el día de Jueves Santo, escribí: "La plena revitalización de la vida de los seminarios en toda la Iglesia será la mejor prueba de la efectiva renovación hacia la que el Concilio ha orientado a la Iglesia".

6. Al igual que Cristo, el obispo aparece entre el laicado como quien sirve. Los laicos constituyen la inmensa mayoría del rebaño de Jesucristo. Mediante el bautismo y la confirmación, Cristo mismo les hace partícipes de su propia misión salvífica. junto con el clero y los religiosos, el laicado integra la única comunión de la Iglesia: "un linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pe 2, 9).

La mayor expresión del servicio del obispo a los laicos es su personal proclamación de la Palabra de Dios, que alcanza su cumbre en la Eucaristía (cf. Presbyterorum ordinis, 5). Como fiel servidor del mensaje del Evangelio, todo obispo está llamado a exponer a su pueblo "todo el misterio de Cristo" (Christus Dominus, 12).

Así como el obispo proclama la dignidad de laicado, forma parte también de su papel hacer todo lo posible por promover su contribución a la evangelización, urgiéndoles a asumir todas aquellas responsabilidades que les son propias en el terreno de las realidades temporales. En palabras de Pablo VI: "El campo propio de actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social y la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas" (Evangelii nuntiandi, 70). Y existen otras esferas de actividades en las que pueden trabajar con eficacia por la transformación de la sociedad.

De acuerdo con la voluntad de Dios, la familia cristiana es un agente evangelizador de inmensa importancia. En todos los asuntos morales de auténtica vida cristiana, los laicos dirigen la mirada a los obispos como a sus líderes, sus pastores y sus padres. Los obispos deben responder constantemente al grito que lanza la humanidad, generalmente no articulado en palabras, pero muy real: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21). Y en esto los obispos desempeñan un papel de gran importancia: mostrar a Jesús al mundo; presentarlo de forma auténtica y convincente: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; Jesucristo. camino, verdad y vida; Jesucristo, el hombre de oración.

7. Los obispos están llamados a ser verdaderos padres de todo su pueblo, sobrepujando en espíritu de amor y solicitud por todos (cf. Christus Dominus, 16). Tendrán un especial cuidado de quienes viven marginados de la sociedad. Entre aquellos que más necesitan el cuidado pastoral de los obispos se hallan los prisioneros. Queridos hermanos, no descuidéis el proveerles en sus necesidades espirituales y el preocupares personalmente de sus condiciones materiales y de sus familias.

Tratad de procurar a los prisioneros tal solicitud y guía espiritual que puedan ayudarles a abandonar los caminos de la violencia y el crimen, y hacer que su detención sea una ocasión de auténtica conversión a Cristo y de una experiencia personal de amor. Preocuparos especialmente por los delincuentes juveniles. Muy a menudo sus rebeldes vidas son fruto de la negligencia de la sociedad más que de su propia maldad. La detención debería ser especialmente para ellos una escuela de rehabilitación.

8. A la luz de nuestro compromiso con Jesús y su Evangelio, a la luz también de nuestra responsabilidad colegial, nuestro encuentro de hoy asume una especial importancia debido a las dificultades actuales por las que atraviesa Irlanda, a causa de la situación relativa a Irlanda del Norte. Estas circunstancias empujaron a algunos a disuadirme de hacer una peregrinación a Irlanda. Sin embargo, fueron estas mismas dificultades las que hicieron más importante mi presencia aquí, para compartir de cerca con todos vosotros estas pruebas tan poco comunes y para solicitar, en unión con vosotros, la ayuda de Dios y un buen dictamen humano. Estas razones para venir acá ganan en elocuencia si las colocamos en el marco de mi visita a las Naciones Unidas, donde constituirá mi privilegio y mi deber buscar vías de convivencia pacífica y de reconciliación en todo el mundo.

Estoy seguro de que los Pastores de la Iglesia de Irlanda tienen una mejor comprensión y un sentido más profundo de los penosos problemas del momento actual. Su deber, como ya he apuntado, es guiar y sostener al rebaño. al Pueblo de Dios, pero no podrá llevar a cabo su deber más que sufriendo con los que sufren y llorando con los que lloran (cf. Rom 12, 15).

Sobre este punto, extraigo mi convicción tanto del Evangelio como de la experiencia personal e histórica que tuve en la Iglesia y nación de la que provengo. Durante los dos últimos siglos, la Iglesia de Polonia ha echado raíces de un modo peculiar en el alma de la nación. Parte del motivo está en que sus Pastores (sus obispos y sacerdotes) no dudaron en compartir las calamidades y sufrimientos de sus compatriotas. Formaron parte de los deportados a Siberia en tiempo de los Zares. Se les podía encontrar en los campos de concentración cuando se desencadenó el terrorismo nazi durante la última guerra. Este generoso sacrificio y dedicación confirmaron más plenamente la verdad del sacerdote, de que "es escogido de entre los hombres... para actuar en favor de los hombres" (cf. Heb 5, 1).

9. Debido a esta fidelidad a sus hermanos y hermanas, a sus compatriotas, los hijos e hijas de la misma tierra, pastores, y especialmente obispos, deben pensar de antemano en cómo evitar el derramamiento de sangre, el odio y el terror, en cómo fortalecer la paz y en cómo ahorrar al pueblo esos terribles sufrimientos. Este fue el mensaje que Pablo VI repitió más de treinta veces, pidiendo la paz y la justicia para el Norte de Irlanda. Nunca dejó de condenar la violencia y apelar a la justicia. "Rogamos insistentemente (escribió al cardenal Conway con ocasión de la solemnidad de Pentecostés en 1974) que cese toda violencia, venga de la parte que venga. pues es contraria a la ley de Dios y a un modo de vida cristiano y civilizado; que, en respuesta a la común conciencia cristiana y a la voz de la razón, se restablezca un clima de confianza mutua y de diálogo en la justició y en la caridad; que se identifiquen y eliminen las causas reales y profundas del desorden social, que no deben ser reducidas a diferencias de tipo religioso".

Estos esfuerzos, venerables y queridos hermanos, deben continuar. La fe y la ética social nos exigen respeto a las autoridades estatales establecidas. Pero este respeto se expresa también en los actos individuales de mediación, en la persuasión, en la influencia moral y desde luego en las demandas formuladas con firmeza. Porque si verdad es, como dice San Pablo, que quien detenta la autoridad lleva la espada (cf. Rom 13, 4), a la que nosotros renunciamos de acuerdo con la clara recomendación de Cristo a Pedro en el jardín de Getsemaní (cf. Mt 26, 52), sin embargo, precisamente porque nos hallamos indefensos, tenemos un derecho y un deber especiales en influir en aquellos que manejan la espada de la autoridad. Porque sabido es que, en el campo de la acción política, al igual que en otras partes, no todo puede obtenerse mediante la espada. Existen razones más profundas y leyes más poderosas a las que deben someterse hombres, naciones y pueblos. A nosotros corresponde discernir estas razones y, a su luz, convertirnos, antes que los que detentan la autoridad, en portavoces del orden moral. Este orden es superior a la fuerza y a la violencia. En esta superioridad del orden moral queda reflejada la total dignidad de hombres y naciones.

10. Recuerdo con profunda satisfacción un rasgo significativo en las series de acontecimientos relacionados con mi viaje a Irlanda. Es altamente significativo que la invitación que recibí del Episcopado, a través de sus cuatro arzobispos, fuera seguida de invitaciones de otras Iglesias, especialmente de los anglicanos irlandeses. Aprovecho la oportunidad para recalcar esto una vez más y para expresar mis renovadas gracias y mi estima hacia ellos. Aprecio en esta circunstancia un signo de esperanza muy prometedor. En vista de las razones que a todos os son familiares, me ha sido imposible aceptar esta invitación verdaderamente ecuménica a visitar Armagh en Irlanda del Norte, y no he podido ir más allá de Drogheda. No obstante, la elocuencia de esta disposición ecuménica se corresponde plenamente con lo expresado en mi primera Encíclica: "Es cierto además que, en la presente situación histórica de la cristiandad y del mundo, no se ve otra posibilidad de cumplir la misión universal de la Iglesia, en lo concerniente a los problemas ecuménicos, que la de buscar lealmente, con perseverancia, humildad y con valentía, las vías de acercamiento y de unión, tal como nos ha dado ejemplo personal el Papa Pablo VI. Debemos por tanto buscar la unión sin desanimarnos frente a las dificultades que pueden presentarse o acumularse a lo largo de este camino; de otra manera no seremos fieles a la Palabra de Cristo, no cumpliremos su testamento. ¿Es lícito correr este riesgo?" (Redemptor hominis, 6).

El testimonio de fe en Cristo que compartimos con nuestros hermanos debe continuar hasta hallar expresión no sólo en la oración por la total unidad, sino también en la oración y en el continuo esfuerzo por la reconciliación y la paz en esta amada tierra. Esta unión en el empeño debe conducirnos a tomar en consideración todo el mecanismo de la disputa, de la crueldad y del odio creciente, en orden a "vencer el mal con el bien" (Rom 12, 21).

¿Qué debemos hacer? Espero encarecidamente que, mediante un continuo esfuerzo, vosotros y nuestros hermanos en la fe lleguéis a convertiros en portavoces de las justas razones de la paz y de la reconciliación ante aquellos que blanden la espada y de quienes a espada mueren. Qué triste es pensar en todas las vidas que se han perdido, especialmente las de lose jóvenes. ¡Qué terrible pérdida para su tierra. para la Iglesia y para toda la humanidad!

11. Venerables Pastores de la Iglesia de Irlanda: este servicio a la justicia y al amor social que os toca llevar a cabo en el momento actual es realmente difícil. Es difícil, ¡pero es vuestro deber! ¡No temáis: Cristo está con vosotros! El os enviará su Espíritu Santo: el Espíritu de consejo y de fortaleza. Y, aunque frecuentemente se oponga resistencia a este Espíritu de Dios en el corazón del hombre y en la historia de la humanidad, obra del "espíritu de este mundo" y del "espíritu de las tinieblas", la victoria final, sin embargo, sólo puede ser la del amor y la verdad. Continuad firmes en el difícil servicio que os corresponde, haciendo todo "en el nombre del Señor Jesús" (Col 3, 17). Estad convencidos de que, en vuestro ministerio, podéis contar con mi ayuda y la de la Iglesia universal. Y que todos los hombres y mujeres de buena voluntad se sitúen a vuestro lado en la consecución de la paz. de la justicia y de la dignidad humana.

Queridos hermanos: en el nombre de Jesucristo y su Iglesia os doy las gracias, y, a través de vosotros, a toda Irlanda. Os doy las gracias por vuestra fidelidad al Evangelio, por vuestra continua contribución a la difusión de la fe católica, por vuestro auténtico e irreemplazable servicio al mundo.

Por lo que respecta al futuro, hermanos, ¡valor y confianza!

Caminad a la luz del misterio pascual, de esa luz que nunca debe extinguirse en vuestra tierra. ¡Adelante en el poder del Espíritu Santo y en los méritos de Jesucristo!

Y alegraos con gran gozo en la segura intercesión y protección de María, Madre de Dios, Reina de los Apóstoles, Reina de Irlanda, Reina de la Paz.

Hermanos, sigamos adelante unidos, por el bien de Irlanda y para gloria de la Santísima Trinidad. Por consiguiente, "Mantengamos nuestros ojos fijos en Jesús, que inspira y lleva a perfección nuestra fe".

 

Copyright © 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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