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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS ESTUDIANTES DEL "UNIV '80"


Martes 1 de abril de 1980



Hijos queridísimos:

Bienvenidos a Roma en estos días de la Semana Santa, en los que habéis querido celebrar una vez más vuestro congreso sobre la situación de la universidad en el mundo. Os saludo y os agradezco vuestra visita y el significado que toma en el corazón de cada uno de vosotros.

Con vuestra iniciativa, continuáis enfocando la realidad, los problemas y los ideales del mundo universitario, en el que se forman —o se pueden deformar— tantas conciencias de jóvenes, tan queridos para mí. Sé que, en vuestro compromiso universitario, deseáis servir al hombre con un esfuerzo laborioso y constructivo; por esto, estudiad y meditad para ofrecer ideas y propuestas, que abran siempre nuevos espacios de esperanza en la difícil situación que atraviesa la universidad en lo que queda de siglo.

1. Vuestro congreso romano ha estado precedido por todo un año de trabajo: habéis realizado encuestas en más de 400 universidades de los cinco continentes y habéis efectuado numerosos y profundos debates y encuentros a nivel local; así habéis llegado a individuar cada vez mejor luces y sombras en el panorama mundial de la vida universitaria.

Quisiera detenerme en particular sobre uno de los problemas suscitados por este sector: el de la fragmentación de la cultura universitaria, y de sus repercusiones en la formación humana. Vivimos una hora de aceleración del progreso científico, en todos los sectores. La expansión de los conocimientos se manifiesta hoy en la acumulación de una cantidad inimaginable de datos. No son sólo las disciplinas científico-experimentales las que están implicadas en esta fragmentación del saber, sino también las humanísticas, tanto filosóficas como históricas, jurídicas, lingüísticas, etc. El hombre no puede ni debe detener estos impulsos del progreso científico, puesto que él está estimulado por Dios mismo a someter el mundo (cf. Gén 1, 28) con el propio trabajo. Sin embargo, es necesario que, en esta tarea, no olvide la necesidad de integrar el propio compromiso de estudio y de investigación en una sabiduría de dimensión más global; de otra manera, al hacer ciencia y cultura, correrá el riesgo de perder la noción del propio ser, el sentido pleno y completo de la propia existencia, y consiguientemente actuará en lacerante desacuerdo con la propia identidad peculiar.

2. Efectivamente, cuando el hombre pierde de vista la unidad interior de su ser, corre el peligro de perderse a sí mismo, aun cuando a la vez puede aterrarse a muchas certezas parciales referentes al mundo o a aspectos periféricos de la realidad humana. Por estos motivos, debemos afirmar que cada uno de los universitarios, profesor o estudiante, tiene necesidad urgente de dar, dentro de sí, espacio al estudio sobre sí mismo, sobre el propio estatuto concreto ontológico; tiene necesidad de reflexionar sobre el destino trascendente que lleva en sí como criatura de Dios. Aquí, en este saber, es donde se encuentra el hilo que entreteje toda la actuación del hombre en unidad armoniosa.

Por esto, os invito a descubrir, en la integral y grandiosa unidad interior del hombre, el criterio en el que deben inspirarse la actividad científica y el estudio, para poder proceder en armonía con la realidad profunda de la persona y, por lo tanto, al servicio de todo el hombre y de todos los hombres. El compromiso científico no es una actividad que mira sólo a la esfera intelectual. Afecta a todo el hombre. Efectivamente, éste se lanza con todas sus fuerzas en busca de la verdad, precisamente porque la verdad se le presenta como un bien. Existe, pues, una correspondencia inseparable entre la verdad y el bien. Esto significa que todo el actuar humano posee una dimensión moral. En otras palabras: hagamos lo que hagamos —también el estudio—, advertimos en el fondo de nuestro espíritu una exigencia de plenitud y de unidad.

Para evitar que la ciencia se presente como fin en sí misma, como tarea solamente intelectual, objetiva y subjetivamente extraña al ámbito moral, el Concilio ha recordado que "el orden moral abarca, en toda su naturaleza, al hombre" (Inter mirifica, 6). En definitiva —y cada uno de nosotros lo sabe por experiencia—, el hombre o se busca a sí mismo, la propia afirmación, la utilidad personal, como finalidad última de la existencia, o se dirige a Dios, Bien supremo y verdadero Fin último, el único en condiciones de unificar, subordinándolos y orientándolos a Él, los múltiples fines que de vez en cuando constituyen el objeto de nuestras aspiraciones y de nuestro trabajo. Por tanto, ciencia y cultura adquieren un sentido pleno y coherente y unitario, si están ordenadas a la consecución del fin último del hombre, que es la gloria de Dios.

Buscar la verdad y ponerse en camino para alcanzar el Bien Supremo: he aquí la clave de un compromiso intelectual, que supere el peligro de permitir que la fragmentación del saber rompa interiormente a la persona, desmenuzando su vida en una multitud de sectores recíprocamente independientes y, en su conjunto, indiferentes al deber y al destino del hombre.

3. La conexión entre inteligencia y voluntad aparece explícita sobre todo en el acto de conciencia, esto es, en el acto en que cada uno valora la razón de bien o de mal inherente a una acción concreta. Formar la propia conciencia aparece así como un deber inaplazable. Formar la conciencia significa descubrir con claridad cada vez mayor la luz que encamina al hombre a lograr en la propia conducta la verdadera plenitud de su humanidad. Y sólo obedeciendo a la ley divina, el hombre se realiza a sí mismo como hombre: "El hombre —cito de nuevo el Concilio— tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana, y por la cual será juzgado" (Gaudium et spes, 16).

Si la historia de la humanidad, desde sus primeros pasos, está signada por la dramática debilitación que ha producido el pecado, sin embargo, es también, y sobre todo, la historia del Amor divino: éste sale a nuestro encuentro y, a través del sacrificio de Cristo, Redentor del hombre, perdona nuestras transgresiones, ilumina la conciencia y restituye la capacidad de la voluntad para tender al bien. Cristo es camino, verdad y vida (cf. Jn 14, 6); Cristo guía a cada uno de los hombres, lo ilumina, lo vivifica. Sólo con la gracia de Cristo, con su luz y con su fuerza, el hombre puede situarse en el nivel sobrenatural que le compete como hijo de Dios; además, sólo con esta gracia le es posible realizar también todo el bien proporcionado a su misma naturaleza humana.

4. Queridísimos, en vuestro compromiso por la dignidad del hombre, por la defensa de la unidad interior que actúa en diversos frentes de la ciencia, la formación de las conciencias, por lo tanto, ocupa un lugar preeminente. A esta formación se opone la ignorancia religiosa y, especialmente, el pecado, que extiende en la conciencia del hombre una oscuridad que le impide discernir la luz que le ofrece Dios (cf. San Agustín, In Io. Ev., tr. I, 19). Pues bien, precisamente porque es manifiesta nuestra debilidad, Cristo Redentor ha venido a nosotros como Médico que sana. Acercaos a Él con una fe viva y con la frecuencia de los sacramentos, y experimentaréis en vosotros la fuerza y la luz de la sangre que por nosotros fue derramada en la cruz. Decidle confiadamente como el ciego del Evangelio: Domine, ut videam (Lc 18, 41), "Señor, que vea", y descubrid el sentido profundo de lo que sois y de todo lo que hacéis.

Estas reflexiones nos llevan a los pies de una cátedra singular que, especialmente en estos días de la Semana Santa, Cristo nos invita a frecuentar para colmarnos de una sabiduría nueva: la cátedra de la cruz, cuyas lecciones ya os animé a escuchar el año pasado. Detengámonos ante el Hijo de Dios, que muere para librarnos de nuestros pecados y restituirnos la vida. Una luz de extraordinaria claridad pasa de la cruz de Cristo a la inteligencia de los hombres: se nos da la sabiduría de Dios y se nos manifiesta el sentido más alto de nuestra existencia, puesto que Aquel que pende de este árbol es "la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9). Y nuestra voluntad recibe de la cruz nueva alegría y fuerza, que nos permiten caminar "viviendo según la verdad en la caridad" (Ef 4, 15).

La cruz es el libro vivo, del que aprendemos definitivamente quiénes somos y cómo debemos actuar. Este libro siempre está abierto ante nosotros. Leed, reflexionad, saboread esta nueva sabiduría. Hacedla vuestra, y caminaréis también por los senderos de la ciencia, de la cultura, de la vida universitaria, difundiendo luz en un servicio de amor, digno de los hijos de Dios.

Y mirad también a María Santísima, de pie junto a la cruz de Jesús (cf. Jn 19, 25), donde nos es dada como Madre: Ella es nuestra esperanza, el trono de la verdadera Sabiduría.

Y que el Señor os acompañe cada día, sostenga vuestro testimonio y fecunde ampliamente vuestras fatigas.

Por mi parte, os concedo de corazón la bendición apostólica, propiciadora de copiosos favores celestiales, y os invito a hacerla extensiva a vuestros amigos y a cuantos amáis.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 
 

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