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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
AL FINAL DEL VÍA CRUCIS


Viernes Santo, 4 de abril de 1980

 

1. Está ya casi terminando este Viernes Santo del año del Señor 1980. Terminamos este día, según la tradición instaurada desde algunos años, junto al Coliseo. Aquí, en este lugar, en el que en tiempos del antiguo Imperio Romano los cristianos murieron en cruz por la fe, ha sido levantada la cruz como testimonio de lo que pasó y de lo que perdura.

En este lugar tan elocuente, tras las huellas de los mártires, hemos seguido a Cristo que llevó su cruz por las calles de Jerusalén desde el pretorio de Pilato hasta el Gólgota.

Aquí la Iglesia romana termina este Viernes Santo.

2. La cruz es una señal visible del rechazo de Dios por parte del hombre. El Dios vivo ha venido en medio de su pueblo mediante Jesucristo, su Hijo Eterno, que se ha hecho hombre: hijo de María de Nazaret.

Pero "los suyos no le recibieron" (Jn 1, 11).

Han creído que debía morir como un seductor del pueblo. Ante el pretorio de Pilato han lanzado el grito injurioso: "Crucifícale, crucifícale" (Jn 19, 6).

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del Hijo de Dios por parte de su pueblo elegido; ,la señal del rechazo de Dios por parte del mundo. Pero a la vez la misma cruz se ha convertido en la señal de la aceptación de Dios, por parte del hombre, por parte de todo el Pueblo de Dios, por parte del mundo.

Quien acoge a Dios en Cristo, lo acoge mediante la cruz. Quien ha acogido a Dios en Cristo, lo expresa mediante esta señal: en efecto, se persigna con la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho, para manifestar y profesar que en la cruz se encuentra de nuevo a sí mismo todo entero: alma y cuerpo, y que en esta señal abraza y estrecha a Cristo y su reino.

3. Cuando en el centro del pretorio romano Cristo se ha presentado a los ojos de la muchedumbre, Pilato lo ha mostrado diciendo: "Ahí tenéis al hombre" (Jn 19, 5). Y la multitud responde: "Crucifícale".

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del hombre en Cristo. De modo admirable caminan juntos el rechazo de Dios y el del hombre. Gritando "crucifícale", la multitud de Jerusalén ha pronunciado la sentencia de muerte contra toda esa verdad sobre el hombre que nos ha sido revelada por Cristo, Hijo de Dios.

Ha sido así rechazada la verdad sobre el origen del hombre y sobre la finalidad de su peregrinación sobre la tierra. Ha. sido rechazada la verdad acerca de su dignidad y su vocación más alta. Ha sido rechazada la verdad sobre el amor, que tanto ennoblece y une a los hombres, y sobre la misericordia, que levanta incluso de las mayores caídas.

Y he aquí que en este lugar, donde —según una tradición— a causa de Cristo los hombres eran ultrajados y condenados a muerte —en el Coliseo—, ha sido puesta la cruz, desde hace mucho tiempo, como signo de la dignidad del hombre, salvada por la cruz; como signo de la verdad sobre el origen divino y sobre el fin de su peregrinar; como signo del amor y de la misericordía que levanta de la caída y que, cada vez, en un cierto sentido, renueva el mundo.

4. He aquí la cruz: He aquí el leño de la cruz ("ecce lignum crucis"). Es ella el signo del rechazo de Dios y el signo de su aceptación. Es ella el signo del vilipendio del hombre y el signo de su elevación. El signo de la victoria.

Cristo , dijo: "Y yo, si fuere levantado de la tierra (sobre la cruz), atraeré todos a mí" (Jn 12, 32).

5. Nos hemos reunido, al anochecer del Viernes Santo, en estas ruinas del Coliseo romano, que ha sido teatro del rechazo de Dios y del vilipendio del hombre mediante la cruz. Y he aquí que ella se ha convertido en el símbolo de la aceptación de Dios en Cristo crucificado y de la más grande dignidad del hombre.

Hemos venido aquí nosotros, los hijos de este siglo que se ha convertido de nuevo en teatro de tal rechazo de Dios por parte del hombre, como tal vez raramente ha acaecido en la historia. Se ha convertido en teatro de la ofensa y de la opresión del hombre de muy diversos modos.

Hemos venido aquí y nuestros pensamientos se detienen junto a la cruz, cuyo misterio permanece y cuya realidad se repite en circunstancias siempre nuevas en medio de los signos de los tiempos, siempre nuevos: •

Este rechazo de. Dios por parte del hombre, por parte de los sistemas, que despojan al hombre de la dignidad que posee por Dios en Cristo, del amor que solamente el Espíritu de Dios puede difundir en los corazones, este rechazo —repito—, ¿quedará equilibrado por la aceptación, íntima y ferviente, de Dios que nos ha hablado en la cruz de Cristo?

¿Quedará equilibrado este rechazo por la aceptación del hombre de esta su dignidad y de este amor, cuyo comienzo está en la cruz?

He aquí el interrogante principal que brota del corazón del hombre que, el día de Viernes Santo, se ha recogido junto a la cruz en el Coliseo y sigue las huellas del Vía Crucis de Cristo.

6. Pero el Vía Crucis de Cristo y su cruz no son solamente un interrogante: son una aspiración, una aspiración perseverante e inflexible y un gritó: un inmenso grito de los corazones.

Gritemos pues y oremos con Cristo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).

"Dios mío, Dios mío, ¿por que me has desamparado? (Mt 27, 46).

"Padre, en tus manos entrego mi espíritu" (Lc 23, 46).

Gritemos y oremos, como haciendo eco a las palabras de Cristo:

Padre, acoge a todos en la cruz de Cristo;
acoge a la Iglesia y a la humanidad,
a la Iglesia y al mundo.

Acoge a aquellos que aceptan la cruz;
a aquellos que no la entienden
y a aquellos que la evitan;
a aquellos que no la aceptan
y a aquellos que la combaten
con la intención de borrar
y desenraizar este signo de la tierra de los vivientes.

Padre, ¡acógenos a todos en la cruz de tu Hijo!

Acoge a cada uno de nosotros en la cruz de Cristo.

Sin fijar la mirada en todo lo que pasa
dentro del corazón del hombre;
sin mirar a los frutos de sus obras
y de los acontecimientos del mundo contemporáneo:
¡Acepta al hombre!

La cruz de tu Hijo permanezca como signo
de la aceptación del hijo pródigo por parte del Padre. ,

Permanezca como signo de la Alianza,
de la Alianza nueva y eterna.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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