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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A UNA PEREGRINACIÓN DE LAS DIÓCESIS DE AQUINO,
SORA Y PONTECORVO, Y GROSSETO
Sábado 12 de abril de 1980
Hermanos e hijos queridísimos de la diócesis de Aquino,
Sora y Pontecorvo, y de
la de Grosseto:
¡Este es verdaderamente día de gran gozo para mí y para vosotros!
1. Y, ¿cómo no alegrarse viéndoos llegar a Roma tan numerosos y fervorosos con
vuestros obispos respectivos, por motivos de fe esencialmente, es decir, para
encontraros con el Papa, con el Vicario de Cristo, para orar con él y por él,
para escuchar su palabra y sacar de ella confirmación y aliento en la propia
vida cristiana?
Por ello os presento a todos con afecto profundo mi bienvenida y agradecimiento.
2. Saludo en primer lugar a los queridísimos fieles de la diócesis de Aquino,
Sora y Pontecorvo aquí presentes con el obispo, mons. Carlo Minchiatti; los
alcaldes con los estandartes de los ayuntamientos, condecorados con la "Medalla
de Oro" por Pablo VI en enero de 1974; el clero, el seminario, los religiosos y religiosas, las distintas asociaciones
eclesiales y la nutrida
representación de profesores y estudiantes. Vuestra presencia tan imponente y
afectuosa me conforta y alegra; os doy las gracias de corazón y abrazó a todos
en el Señor, sin olvidar a cuantos no han podido participar personalmente en
este acontecimiento jubiloso. Habéis querido venir al Papa para conmemorar digna
y solemnemente el centenario de la proclamación de Santo Tomás de Aquino
"patrono de las escuelas católicas"; para celebrar, también con otras
iniciativas, los diez años de actividad de vuestro obispo y, además, con objeto
de recibir una bendición especial para la construcción ya en curso del nuevo
santuario de la Virgen del "Carmelo" y para los trabajos preparatorios del
próximo Sínodo interdiocesano.
Vuestra presencia también quiere recordar gentilmente la visita que yo hice a
vuestra tierra en 1974, cuando tomé parte en el Congreso tomístico
internacional.
¡Cuántos programas bonitos e interesantes! No puedo menos de daros la
enhorabuena. Continuad trabajando y aplicándoos con amor y fervor a las actividades diocesanas y parroquiales. Continuad estando unidos y activos con
fidelidad a Cristo, a la Iglesia, al obispo; continuad manteniendo alta y
límpida la fe a la luz inextinguible de Santo Tomás, vuestro conciudadano
ilustre e inmortal, siguiendo las huellas de un adalid tan grande de la fe, de
uno que fue —como os dijo un día Pablo VI, de venerada memoria, en feliz síntesis que no se debe olvidar— "un sabio
como muy pocos, un gran estudioso de los misterios de Dios y de su obra
creadora y redentora, un enamorado de Cristo y de la Virgen, un alma serena,
casta, humilde, obediente, rica en todas las virtudes humanas y cristianas del perfecto religioso" (A peregrinos de Aquino, Sora y Pontecorvo, el 2 de enero de 1974;
L'Osservatore Romano, Edición en.
Lengua Española, 6 de enero de 1974, pág. 4).
La formidable capacidad intelectual analítica y sintética de Santo Tomás, su
conocimiento insuperable de la Sagrada Escritura y su santidad inconfundible,
deben ser guía y aliento en particular para vosotros. Que vuestra diócesis sea
siempre modelo de fervor eucarístico y mariano y consuelo de vuestro obispo,
del Papa y de la Iglesia entera. Os ayude en estos propósitos también mi
aliento unido a mi oración constante.
3. Y ahora mi saludo se dirige a los fieles igualmente amados de la diócesis de
Grosseto que han querido venir también ellos presididos por el obispo, mons.
Adelmo Tacconi, en peregrinación a Roma Para ver y escuchar al Papa.
Ya sabéis que aquí en Roma tenéis un padre, un hermano y un amigo
que os ama, piensa en vosotros, os sigue con la oración y con la solicitud de su
misión universal... Y ¡habéis venido a visitarle! Gracias por vuestra
amabilidad y delicadeza, a las que me propongo corresponder con mi recuerdo
afectuoso en, la oración.
Pienso en este momento en los distintos niveles de personas de vuestra
diócesis; en los párrocos y sacerdotes, en el seminario y la Acción Católica,
en los religiosos y en todos los grupos y Movimientos eclesiales tan numerosos y
activos, en los Voluntarios del sufrimiento, en los responsables de la vida
pública, en los trabajadores, en los padres y madres de familia, en los
jóvenes y niños... Y no puede olvidar a don Zeno Saltini, tan conocido por sus
múltiples experiencias y su comunidad de Nomadelfia; y no quiero olvidar
tampoco a la "Coral Puccini", célebre en Italia y en el extranjero.
Contemplo en este momento vuestra tierra de la Marisma, recordada por poetas
ilustres y descrita por autores célebres; la zona costera transformada en
jardín de productividad, famosa por el atractivo de su mar; la zona agrícola
sembrada de fincas lindas y acogedoras en el verde fascinante del campo; la zona
de colina con importantes minas y centros de extracción y elaboración de
distintos metales... Vuestra diócesis es todo un fermento de trabajo y afanes, es todo un intercambio de experiencias e ideales. A vosotros también, fieles de
Grosseto, digo con todo el amor que nace de la fe y la responsabilidad
mantened firme y valiente vuestra fe cristiana. En el remolino atormentado de
la sociedad moderna, tan espléndida pero tan inquieta a la vez, tan inteligente
y tan frágil a un tiempo, no rindáis las armas de vuestros principios de fe. Es
esta sociedad precisamente la que debemos amar, curar y salvar. Como el buen
samaritano que se inclina hacia sus hermanos con misericordia y confianza y
les ayuda en el nombre de Dios.
De modo particular os exhorto a ahondar cada vez más en el conocimiento de la
fe cristiana y a haceros apóstoles de la participación en la Santa Misa y en los
sacramentos.
4. En recuerdo de este encuentro fraterno nuestro, peregrinos y visitantes
tan amados, quisiera dejaros una exhortación final sugerida por el tiempo
pascual que estamos viviendo en la liturgia, de modo que vuestra peregrinación a
"la Sede de Pedro" no se reduzca luego a un dulce recuerdo, sino que os
aguijonee a un compromiso cristiano cada vez más intenso.
Vivid vuestra vida con sentido de la Pascua. Pues justamente por este sentido
pascual de la vida y la historia debe distinguirse el cristiano. ¿Y qué quiere
decir?
Quiere decir estar convencido de que la resurrección de Jesús es el
acontecimiento decisivo y determinante de toda la historia, humana y, por
tanto, de nuestra existencia, pues le da garantía de significado trascendente
y eterno. A veces es difícil ver la luz por encima de las tinieblas. Pues
precisamente el cristiano es el hombre que espera confiado durante la noche, la
sonrisa del alba; es el hombre que descubre más allá de las tinieblas y angustia
del Viernes Santo, el gozo y la gloria del Domingo de Pascua. Cristo ha
resucitado y por ello su palabra es divina. ¡Dios nos ama, el hombre está
salvado, ha quedado redimida la historia! A vuestra vida y vuestro ambiente, a
la familia y al trabajo; a los momentos de serenidad y a los lugares de
sufrimiento, llevad este sentido pascual de salvación y esperanza verdadera;
esto espera y desea del cristiano el mundo moderno.
Hermanos e hijos queridísimos: Os confío a la Virgen Santísima. Ella os ama, os
protege, os ilumina, os espera. Que Ella esté presente siempre en vuestras
oraciones y decisiones. Que mantenga viva en vosotros la inteligencia de la fe
y, según he dicho ya, el sentido pascual que es fuente de alegría interior y
fervor.
Os acompañe también la seguridad de mi recuerdo afectuoso en la oración, junto
con la bendición apostólica que os imparto con gran: amor a vosotros y a
todos vuestros seres queridos.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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