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VISITA PASTORAL A TURÍN

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN LA BASÍLICA DE LA «CONSOLATA»

Domingo 13 de abril de 1980

 

Queridísimos fieles:

En este santuario dedicado a la Virgen "Consolata", tan célebre y tan querido para los turineses, quiero especialmente dar gracias a la Virgen Santísima por la alegría y el consuelo que me da el poder rezar con vosotros y por vosotros, por el bien de la ciudad, de toda la Iglesia y de toda la humanidad.

Después de haber elevado mi súplica a la Virgen Santísima con muchedumbres inmensas, en tantos santuarios célebres del mundo, desde Guadalupe, en México, a Jasna Góra, en Polonia, desde Loreto a Pompeya, desde el santuario de Knox, en Irlanda, al de la Inmaculada Concepción, en Washington, heme aquí hoy en la basílica de la "Consolata", el santuario mariano de vuestra ciudad: Aquí han venido las multitudes de los turineses a orar, a confiar sus penas, a implorar ayuda y protección, especialmente durante los períodos terribles de las guerras, y de los bombardeos, a pedir luz y consejo en las dificultades de la vida. Aquí muchos han obtenido consuelo y ánimo; por aquí han pasado pobres y ricos, humildes y poderosos, letrados y sencillos; los niños con su inocencia envidiable y los adultos con el peso de sus cruces; aquí muchos extraviados en las tinieblas de la duda o del pecado han encontrado luz y perdón. Desde aquí, en el nombre de la "Consolata", han partido misioneros intrépidos, sacerdotes y religiosos, religiosas y laicos, que han comenzado así serenos y animosos su vida de testimonio y de consagración.

Pero sobre todo aquí han venido a orar muchos Santos: San Carlos Borromeo, San Francisco de Borja, San Luis Gonzaga, San Francisco de Sales, Santa Francisca de Chantal, San José Labre, Santo Domingo Savio, Santa María Dominica Mazzarello, y de modo especial Cottolengo, Don Bosco, Murialdo y "la perla del clero turinés y piamontés", San José Cafasso, sepultado en este santuario, y que durante tantos años trabajó con celo incansable, entregado únicamente a Dios, a las almas y a la formación de los sacerdotes. Y sería necesario continuar todavía el elenco de tantos otros sacerdotes de eximia virtud, entre ellos especialmente el canónigo Giuseppe Allamano, y de tantos laicos distinguidos, entre los que recuerdo de modo particular a Pier Giorgio Frassati...

Queridísimos turineses: Seguid las huellas de estos santos y continuad sintiéndoos todos unidos en torno al santuario de la "Consolata", especialmente en el día que recuerda el milagro de la curación del ciego y del descubrimiento de la prodigiosa imagen (20 de junio de 1104).

El período pascual que estamos viviendo según el espíritu de la liturgia hace, en cierto modo, más evidente y significativo el título de "Consolata" y "Consoladora", atribuido a María Santísima.

La Iglesia canta en este tiempo: "Regina caeli laetare, alleluia"; o sea, en cierto sentido, invita a María a una participación especialísima en la alegría de la resurrección de Cristo. Efectivamente, María, que había estado inmersa en el dolor más profundo durante la pasión, la agonía y la muerte en cruz de su divino Hijo Jesús, se siente "consolada" mucho más que todos los otros, por su gloriosa resurrección. Inmenso e inefable fue su dolor; pero después fue inmenso también su consuelo.

La plenitud de la alegría y del consuelo brota de todo el misterio pascual, dado que Cristo, crucificado y muerto por nosotros, ha resucitado después y ha vencido la muerte como había predicho, y esta plenitud se encuentra particularmente en el corazón de María, y es tan sobreabundante que se convierte en la fuente de consuelo para todos los que se dirigen a ella. Se trata de un consuelo en el significado más profundo de la palabra: restituye la fuerza al espíritu humano, ilumina, conforta y refuerza la fe y la transforma en confiado abandono en la Providencia y en alegría espiritual.

También la Iglesia, que es Madre, a ejemplo de María (cf. Lumen gentium, 60-65), se esfuerza en buscar con Ella y dar en el misterio pascual ese consuelo interior, que constituye el verdadero robustecimiento del alma, basado en la certeza de que Cristo resucitado es la victoria definitiva del bien, de la realidad salvífica de Dios, es la luz, la verdad, la vida para todos los hombres y para siempre.

María Santísima continúa siendo la amorosa consoladora en tantos dolores físicos y morales que afligen y atormentan a la humanidad. Ella conoce nuestros dolores y nuestras penas, porque también Ella ha sufrido, desde Belén al Calvario: "Y una espada atravesará tu alma" (Lc 2, 35). María es nuestra Madre espiritual, y la madre comprende siempre a los propios hijos y los consuela en sus angustias.

Además Ella ha recibido de Jesús en la cruz esa misión específica de amarnos, y amarnos sólo y siempre para salvarnos. María nos consuela sobre todo señalándonos al Crucificado y al paraíso.

¡Oh Virgen Santísima,
sé Tú el consuelo único y perenne
de la Iglesia a la que amas y proteges!

¡Consuela a tus obispos y a tus sacerdotes,
a los misioneros y a los religiosos,
que deben iluminar y salvar a la sociedad moderna,
difícil y a veces hostil!

¡Consuela a las comunidades cristianas,
dándoles el don de numerosas
y firmes vocaciones sacerdotales y religiosas!

Consuela a todos los que están investidos
de autoridad y de responsabilidades civiles y religiosas,
sociales y políticas,
 para que siempre y sólo
tengan como meta el bien común
y el desarrollo integral del hombre,
 a pesar de las dificultades y derrotas.

Consuela a este buen pueblo turinés,
que te ama y te venera;
a las muchas familias de los emigrantes,
a los desocupados, a los que sufren,
a los que llevan en el cuerpo
y en el alma las heridas
causadas por dramáticas situaciones de emergencia;
a los jóvenes, especialmente a los que se encuentran,
por muchos y dolorosos motivos,
extraviados o desanimados;
a todos los que sienten en el corazón
una ardiente necesidad de amor,
de altruismo, de caridad, de entrega,
y cultivan altos ideales de conquistas espirituales y sociales.

Oh Madre Consoladora,
consuélanos a todos,
y haz comprender a todos
que el secreto de la felicidad está en la bondad,
y en seguir siempre fielmente a tu Hijo Jesús.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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