 |
VISITA PASTORAL A
TURÍN
DISCURSO DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN LA «PEQUEÑA CASA DE LA PROVIDENCIA», EL
COTTOLENGO
Domingo 13 de abril de 1980
Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Con el espíritu profundamente emocionado tomo la palabra en este lugar,
consagrado al sufrimiento humano. ¿Qué sufrimiento no está presente aquí? Dentro
de estos muros, que surgieron del corazón grande de San José Benito Cottolengo,
se han dado cita el dolor humano en sus mil rostros y el amor cristiano en sus
multiformes expresiones, y de este encuentro ha surgido esa, que la sabiduría
popular ha definido como la "ciudadela del milagro". Saludo con efusión cordial
a todos sus habitantes.
1. El "Cottolengo" es un nombre que suena ya, en Italia y en todas partes, con
el valor de un testimonio altísimo: el del Evangelio vivo y vivido hasta sus
últimas consecuencias. La palabra de Cristo: "Cuantas veces hicisteis eso
a uno
de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40), fue acogida
por el fundador de la "Piccola Casa" como un programa concreto y provocador,
para comprometer en él la vida. Lo que sobre todo debió afectar a Cottolengo en
las palabras de Cristo fue esa alusión a los "hermanos más pequeños", esto es, a
los rechazados por todos. Sólo quien tiene en cuenta las palabras de San Pablo,
que Cottolengo quiso como lema distintivo de la propia obra: "Caritas Christi
urget nos", puede llegar a intuir algo de los prodigios de amor, humanamente
inexplicables, que se han realizado y día a día se realizan en el trabajo
silencioso y escondido, humilde y reservado de la "Piccola Casa".
El amor es la explicación de todo. Un amor que se abre al otro en su
individualidad irrepetible y le dice la palabra decisiva: "quiero que tú seas".
Si no se comienza por esta aceptación del otro, como quiera que se presente,
reconociendo en él una imagen real, aunque empañada, de Cristo, no se puede
decir que se ama verdaderamente. Cottolengo lo comprendió. Lo comprendieron
Cafasso, Don Bosco, Murialdo. En esta lección fundamental se han formado todos
los santos en la Iglesia.
Todo amor auténtico vuelve a proponer en cierta medida la valoración primigenia
de Dios, repitiendo con el Creador, en referencia a cada individuo humano
concreto, que su existencia es "algo muy bueno" (Gén 1, 31). ¿Cómo no recordar,
a este respecto, la insistencia con que San Pablo retorna sobre la dimensión
universal de la caridad? El afirma que se ha hecho esclavo de todos (cf.
1 Cor
9, 19), que se ha hecho "todo para todos" (ib., 9, 22), que se esfuerza por
"agradar a todos en todo" (ib., 10, 33); y exhorta: "mientras hay tiempo,
hagamos bien a todos" (Gál 6, 10).
Por lo tanto, ninguna discriminación. La parábola del "buen samaritano" es
significativa: y Cottolengo la ha comentado con su vida. Buen "peón de la
Providencia", como le gustaba calificarse, no trazó planes "preestablecidos",
sino trató de corresponder cada vez a lo que las circunstancias le proponían
"por casualidad" (cf. Lc 10, 31). Y el resultado de esta grandiosa
obra, en la
que el "comentario" evangélico, iniciado por él, continúa enriqueciéndose con
nuevos desarrollos, gracias a la entrega generosa de tantas almas, que se han
inspirado y también hoy se inspiran en su ejemplo.
2. Pero la disponibilidad total a las exigencias del amor hacia los
sufrimientos del hombre, que Cottolengo realizó en su vida, no fue el fruto de
un sentimentalismo vago. Se basaba en una actitud de pobreza radical, esto es,
de plena separación de sí y de las cosas propias, que hacía posible una apertura
sin reservas a las interpelaciones de la gracia de Dios y a las de la miseria
humana. Aquí está el secreto de todo.
Cottolengo, lo mismo que los otros santos vuestros turineses, había aprendido
este secreto en la escuela de Cristo. Efectivamente, ¿no ha sido Jesús el
primero en darnos ejemplo de un despojamiento extremo, El que "siendo rico, se
hizo pobre por amor nuestro, para que nosotros fuésemos ricos por su pobreza (2 Cor 8, 9)? Cristo llevó el don de
sí hasta la cumbre del sacrificio en la cruz (cf. Flp 2, 5 ss.) e hizo esto
"cuando todavía éramos pecadores" (Rom 5, 6). En el Calvario se nos ha
ofrecido un testimonio absoluto de lo que significa "ser para" los otros, en
obediencia amorosa a la voluntad de Dios.
La caridad del cristiano tiene el modelo al que ajustarse
constantemente; allí tiene la fuente de la que sacar la energía necesaria para
expresarse con impulso siempre renovado. Ante Cristo que "no buscó su propia
complacencia" (Rom 15,
3), sino que "se entregó por nuestros pecados" (Gál 1, 4), el cristiano aprende
a "no atender a su propio interés, sino al de los otros" (Flp 2, 4), aprende a
apartar la mirada de sí para dirigirla al otro. Y así llega, quizá por primera
vez, a tomar plena conciencia de la existencia del otro con sus problemas, con
sus necesidades, con su soledad.
Esta pobreza interior es la que nos libera de nosotros mismos y nos hace
disponibles a las llamadas que el prójimo nos dirige en cada momento. Es
necesario, pues, descender a esta profundidad para captar el alma de la acción
caritativa de un Don Bosco, de un Murialdo y en particular de San José Benito
Cottolengo. Sólo poniéndose en esta óptica, se puede captar la "lógica" de ese
abandono suyo total a la Providencia, que se ha hecho proverbial. Aquel que se
ha separado de todo, ha renunciado incluso a hacer cálculos sobre las cosas que
tiene o no tiene, cuando se trata de salir al encuentro de las necesidades del
prójimo. Es perfectamente libre, porque es totalmente pobre. Y precisamente en
una pobreza tal, en la que caen los límites puestos por la "prudencia de la
carne", es donde la potencia de Dios puede manifestarse también en la libre
gratuidad del milagro.
3. Se cuentan numerosos episodios prodigiosos en la vida de Cottolengo. Pero el
milagro grande, que, desde hace más de siglo y medio, continúa produciéndose
en esta "Casa" en la normalidad de la vida de cada día, es el de tantos seres
humanos que optan por ponerse al lado de hermanos y hermanas, en quienes la
enfermedad ha puesto su sello, y compartir con ellos la propia existencia.
El sufrimiento humano es un continente del que ninguno de nosotros puede decir
que ha llegado a sus límites: sin embargo, recorriendo los pabellones de esta "Piccola Casa", se hace una
exploración de él más que suficiente para tener una idea de sus proporciones
impresionantes. Y al corazón se le presenta de nuevo la pregunta: ¿por qué?
Escuchemos una vez más, en este ambiente tan singular, la respuesta de la fe:
la vida del hombre histórico, inficionada por el pecado, se desarrolla de hecho
bajo el signo de la cruz de Cristo. En la cruz, Dios ha invertido el significado del sufrimiento: éste, que era
fruto y testimonio del pecado, se ha convertido, ahora, en participación de la
expiación redentora realizada por Cristo. Como tal, lleva en sí, pues, ya desde
ahora, el anuncio de la victoria definitiva sobre el pecado y sus consecuencias, mediante la participación en la resurrección gloriosa del Salvador.
Hace pocos días, hemos revivido, llevados por la mano de la liturgia, los
momentos dramáticos de la pasión y muerte del Señor, y hemos vuelto a escuchar
el Aleluya triunfal de la resurrección. He aquí que el misterio pascual
contiene la palabra definitiva sobre el sufrimiento humano: Jesús asume el dolor
de cada uno en el misterio de su pasión y lo transforma en fuerza regeneradora
para el que sufre y para toda la humanidad, en la perspectiva del triunfo último
de la resurrección, cuando "también Dios por Jesús tomará consigo a los que se
durmieron en El" (1 Tes 4, 14).
4. Por lo tanto, a la luz de Cristo resucitado, me dirijo a los enfermos que se
albergan en esta casa y, en ellos, a todos los que llevan sobre los hombros la
cruz pesada del sufrimiento. Queridísimos hermanos y hermanas: ¡Tened ánimo!
Vosotros tenéis que desarrollar una tarea altísima: estáis llamados a
"completar en vuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en
favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (cf. Col 1, 24). Con vuestro dolor podéis
afianzar a las almas vacilantes, volver a llamar al camino recto a las
descarriadas, devolver serenidad y confianza a las dudosas y angustiadas. Vuestros sufrimientos, si son aceptados y ofrecidos
generosamente en unión de los del Crucificado, pueden dar una aportación. de
primer orden en la lucha por la victoria del bien sobre las fuerzas del mal,
que de tantos modos insidian a la humanidad contemporánea.
En vosotros Cristo prolonga su pasión redentora. ¡Con El, si queréis, podéis
salvar al mundo!
Deseo reservar una palabra especial también a los religiosos y religiosas que,
siguiendo las huellas de Cottolengo, viven su consagración a Cristo en el don total de sí a los enfermos, recogidos aquí y en otros lugares.
Sed fieles al
carisma de vuestro fundador. Dejaos guiar, como él, por una fe iluminada y
profunda, que os mantenga en contacto constante con Aquel que os tiende su mano
implorante en cada uno de los que sufren. Buscad en la oración la fuente de
una caridad que "todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera"
(1 Cor 13, 7). Recordad la máxima de Cottolengo: "La oración es nuestro trabajo
primero y el más importante", porque "la oración hace vivir a la Piccola Casa".
El servicio que desarrolláis es ciertamente un servicio prestado a la sociedad,
a la comunidad civil, en una palabra, al hombre; pero es también, y
esencialmente, un testimonio de la vitalidad perenne del Evangelio, y de esa "fe
que actúa por la caridad" (Gál 5, 6). Si a vuestro compromiso llegase a faltar
esta dimensión sobrenatural, el "Cottolengo" dejaría de existir.
Deseo dirigir también una palabra de estima y aprecio al personal médico y
sanitario, que desarrolla su delicado trabajo con competencia y sentido de
responsabilidad, en los diversos sectores de la casa: continuad prestando
vuestro trabajo con espíritu de entrega y de caridad fraterna, conscientes de
realizar un servicio, que trasciende los límites de la simple profesión y toca
la dignidad de una verdadera y propia misión.
Presento un saludo particular y una palabra de estímulo a los jóvenes que
vienen a prestar su servicio gratuito en los pabellones de la "Piccola Casa".
Queridísimos: En un mundo en el que muchos coetáneos vuestros se abandonan a las
sugestiones de la fácil sociedad de consumo, o persiguen los espejismos
engañosos de la moda del momento, o se dejan envolver por la fascinación
tenebrosa de la violencia, vosotros gritáis con el testimonio silencioso de
vuestro ejemplo que la vida es bella y tiene un valor solamente si se gasta responsablemente
en servicio de los hermanos, en actitud de respeto, de confianza, de amor. Es un mensaje fundamental.
Continuad proclamándolo hoy, mañana, siempre. Dios está con vosotros.
Finalmente, una palabra de justo reconocimiento a los ciudadanos de Turín,
de cuya generosidad se sirve la Providencia ya desde hace muchos años para realizar prodigios de bondad en relación a tantos hermanos probados. La "Piccola
Casa" es un signo, particularmente elocuente, de la presencia amorosa de Dios
en el tejido de nuestra historia humana. Turín es ciudad que atraviesa hoy por
dramáticas tensiones sociales y a la que turban demasiado frecuentes explosiones de violencia. El hecho
de que en ella perdure este "signo" de fraternidad
cristiana es motivo que induce a no desesperar del futuro: a pesar de las nubes
amenazadoras del odio, que oscurecen el horizonte, al fin el amor llevará de nuevo a
los caminos del entendimiento y de la colaboración respetuosa y concorde.
Con este deseo e invocando la materna asistencia de María Santísima,
a la que el
evangelista nos presenta de pie junto a la cruz del Hijo (cf. Jn 19, 25),
valerosamente solidaria con su sufrimiento por nosotros, os imparto a todos, con
singular intensidad de afecto, mi bendición apostólica, propiciadora de consuelo
espiritual y prenda de las eternas recompensas del Señor.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
|