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VISITA PASTORAL A TURÍN

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS


Basílica de María Auxiliadora
Domingo 13 de abril de 1980

 

Carísimas hermanas en Cristo:

Este encuentro —el encuentro del Papa con las religiosas de Turín— es motivo de mutua alegría espiritual: alegría que rebosa hoy en mi corazón, aparece luminosa en vuestros rostros y se manifiesta en un entusiasmo que proclama, ante mí y ante toda la Iglesia, vuestra incontenible alegría de estar consagradas a Dios totalmente y con el corazón indiviso.

Turín, de seculares y ricas tradiciones cristianas, se presenta ante mí como una ciudad de "vocaciones femeninas". Nada menos que siete mil religiosas de innumerables congregaciones desarrollan sus actividades en el ámbito de la ciudad, la cual —como por otra parte, toda la tierra piamontesa— ha dado siempre una magnífica prueba de fidelidad a la llamada de Dios. Estas palabras mías, así como todo nuestro breve coloquio, adquieren un significado especial por el hecho de encontrarnos en la grandiosa basílica, levantada en honor de María Sma. Auxiliadora por la fe ardiente y dinámica de aquel genio de la santidad que fue San Juan Bosco, el cual ha dado a la Iglesia dos numerosas y fervientes familias religiosas y, con su larga y profunda experiencia entre los niños y los jóvenes, solía decir que la vocación se halla en germen dentro del corazón de la mayoría de los cristianos.

Bajo la mirada materna de la Virgen queremos hoy reflexionar sobre la altísima dignidad que la vida religiosa adquiere en el ámbito del Pueblo de Dios, por su particular manifestación de seguimiento total y santificador de Cristo (cf. Mt 8, 22; 16, 24; 19, 21; Mc 8, 34; Lc 18, 22), mediante la realización de los consejos evangélicos de la castidad, de la pobreza y de la obediencia.

Ya con el bautismo, el cristiano murió para el pecado y quedó consagrado a Dios, en cuanto "unido"a Jesús. En este sacramento —nos enseña San Pablo— fuimos sepultados con Cristo, en la muerte y, juntamente con El, resucitado, podemos caminar en una nueva vida. "Si hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección" (Rom 6,- 5). Esta fundamental dimensión pascual del bautismo alcanza su fruto maduro y su maravillosa floración en la consagración religiosa que, de manera muy especial, une indisoluble y perennemente al fiel con la muerte y resurrección de Cristo y le hace vivir esa "vida nueva" (cf. Rom 6, 4), fruto de la redención. "Con los  votos u otros vínculos sagrados —afirma el Concilio Vaticano II— con los cuales el fiel se obliga a la práctica... de los consejos evangélicos, hace una total consagración a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial" (Lumen gentium, 44).

Esa consagración total y definitiva a Dios florece en el amor a Cristo y a su Esposa, la Iglesia, con una participación intensa en su vida y con una adhesión filial a sus enseñanzas fructifica en la caridad generosa hacia los hermanos, especialmente los que tienen mayor necesidad de nuestro afecto y de nuestra comprensión; se fortalece en la oración litúrgica, comunitaria o personal, como diálogo amoroso con el Padre celestial; se expresa en la dedicación, según las fuerzas e índole de la propia vocación, a fundar y arraigar en las almas el Reino de Dios, y difundirlo por toda la tierra; incita a vivir íntegramente las exigencias evangélicas del "sermón de la montaña", y de las "bienaventuranzas", que representan continuamente un auténtico reto a la mentalidad corriente del mundo y son para ella un "signo" de la vida eterna, que ha hecho ya irrupción en medio de nosotros. Por eso —con el obispo de Cartago, San Cipriano— os digo: "Custodiad, oh vírgenes, lo que sois. Custodiad lo que seréis. Os espera una magnífica corona. Habéis comenzado a ser lo que todos seremos. Tenéis ya en este mundo la gloria de la resurrección" (De habitu virginum, 22: CSEL, 3/1, págs. 202 ss.).

Precisamente en virtud de esta dimensión pascual de la consagración religiosa, vuestra vida, hermanas carísimas, tiene en sí un especial valor social, porque es y debe ser signo y testimonio de la lucha del bien contra el mal, de la luz contra las tinieblas; una lucha que tiene como ancho campo el mundo entero y toda la historia, y que en esta gran metrópoli adquiere a veces formas dramáticas.

Las enseñanzas da Concilio han puesto bien de relieve la grandeza de la donación libremente decidida por vosotras mismas, a imagen de la que Cristo hizo a su Iglesia y, como ésta, total e irreversible. "Precisamente pensando en el Reino de los cielos —escribía mi predecesor Pablo VI en la Exhortación Apostólica sobre la renovación. de la vida religiosa— habéis hecho voto a Cristo, con generosidad y sin reservas, de estas fuerzas de amor, de esta necesidad de poseer y de esta libertad para regular la propia vida, cosas todas ellas tan preciosas para el hombre. Tal es vuestra consagración„ que se realiza en la Iglesia" (Evangelica testificatio, 7).

El corazón que se entrega totalmente a Dios se abre, al mismo tiempo, hacia una dimensión universal de amor desinteresado por todos los hermanos en Cristo. Sólo el Señor podrá valorar y medir la misteriosa fecundidad de la oración y de los sacrificios que las religiosas contemplativas, aisladas en su clausura, ofrecen diariamente, en unión con su Esposo celestial, por la salvación espiritual de los hombres, También debo recordar hoy, en esta ciudad, los auténticos prodigios realizados, especialmente en los dos últimos siglos, por tantas religiosas que han educado serena y alegremente en la fe a millares de niños, de muchachas que, especialmente en los centros juveniles, han aprendido a dar un sentido y una orientación cristiana a su juventud y a su vida. Y no puedo tampoco olvidar los miles de religiosas que, con intrépido vigor han afrontado, y en parte resuelto con modernas obras sociales, los dramáticos problemas de tantas jóvenes que en esta gran metrópoli industrial han buscado y buscan trabajo, colocación, comprensión y afecto. Pienso también en esas religiosas que, viendo en el hermano necesitado la imagen de Cristo, se inclinan, con delicadeza conmovedora y maternal, sobre todas las llagas sangrientas de los que sufren, de los enfermos, de los pobres, para darles ayuda, serenidad y consuelo, en las casas, en los hospitales, en las clínicas y muy especialmente en ese milagro permanente de la Providencia, que es el "Cottolengo".

¡Esta es, queridas hermanas, la admirable fecundidad de vuestra consagración a Dios! La Iglesia y la sociedad tienen ambas necesidad absoluta de vuestra presencia orante y adoradora, de vuestro testimonio evangélico, de vuestra fe límpida y humilde, que actúa mediante la caridad (cf. Gál 5, 6).

La vuestra es, por tanto, una demostración concreta y una señal palpable del radicalismo evangélico, necesario para anunciar de modo profético la humanidad nueva según Cristo, totalmente disponibles para Dios y totalmente disponibles para el servicio de los demás. "Cada religiosa —decía yo a la Unión Internacional de Superioras Mayores— debe dar testimonio de la primacía de Dios y consagrar cada día un tiempo suficientemente largo a estar delante del Señor para decirle su amor y, sobre todo, para dejarse amar por El. Toda religiosa debe transparentar cada día, en su modo de vivir, que ha elegido la sencillez y los medios pobres en todo lo que concierne a su vida personal y comunitaria. Toda religiosa debe hacer cada día la voluntad de Dios y no la suya, para poner de manifiesto que los proyectos humanos, los suyos y los de la sociedad, no son los únicos planes de la historia, sino que existe un designio de Dios que reclama el sacrificio de la propia libertad..." (Enseñanzas de Juan Pablo II al Pueblo de Dios, 1978, págs. 204-205).

Precisamente este sagrado lugar, en que estamos hoy reunidos, nos trae a la memoria la figura de una hija de esta fuerte y generosa región, Santa María Dominica Mazzarello, fundadora, junto con Don Bosco, de las Hijas de María Auxiliadora. Desde muy joven, quiso vivir la vida religiosa en el mundo, instalando al mismo tiempo un pequeño taller para enseñar el trabajo de modista a las chicas, para protegerlas y guiarlas por el buen camino.

Sus biógrafos nos dicen que entonces no sabía casi escribir y apenas leer, pero que hablaba de las cosas relativas a la virtud de modo tan claro y persuasivo, que parecía inspirada por el Espíritu Santo. Vivió su donación a Dios con humildad, mortificación y serenidad, realizando su "maternidad de amor" hacia millares de jovencitas concluyendo su intensa vida terrena cuando sólo tenía 44 años. Hoy, sus hijas espirituales son cerca de 18.000, esparcidas por todo el mundo.

En la atinada y fiel adhesión al carisma de vuestros fundadores y fundadoras, continuad, queridas hermanas, viviendo en la Iglesia y en el mundo de hoy, según las ricas tradiciones de índole específica de vuestros institutos; cultivad, con interior empeño, vuestra vocación, pero cultivad también "las vocaciones", con la asidua oración y con vuestra misma vida, que ha de ser, especialmente ante las jóvenes, un signo de alegría plena por haber elegido la "mejor parte" (cf. Lc 10, 42). Frente a las denigraciones, los malentendidos, el desinterés que existe a veces respecto al significado y el valor de vuestra presencia de religiosas en la sociedad contemporánea, que camina hacia el secularismo y el tecnicismo, debe alzarse vuestra respuesta del amor. "Caritas Christi urget nos" (2 Cor 5, 14), debéis poder decir al mundo siempre, día tras día, con vuestros labios, con vuestra serenidad, pero especialmente con toda vuestra vida completamente dedicada a Cristo y a los hermanos.

Que la Virgen María sea el admirable modelo de vuestra vida de almas consagradas. He aquí cómo traza San Ambrosio, con extraordinaria y realista delicadeza, el retrato de la Virgen: "Ella era Virgen no sólo en el cuerpo, sino también en el alma; exenta totalmente de cualquier engaño que manchase la sinceridad del espíritu, humilde de corazón, grave en su lenguaje, prudente en su pensamiento, parca en palabras... Ponía su esperanza no en la incertidumbre de las riquezas; sino en la oración del pobre. Era siempre laboriosa, reservada en sus conversaciones, habituada a buscar a Dios... como juez de su conciencia. A nadie ofendía, quería bien a todos..., huía de la ostentación, seguía la razón, amaba la virtud... Tal es la imagen de la virginidad. Tan perfecta fue María, que sólo su vida es norma para todos" (De Virginibus,- II, 2, 6-7: PL 16, 208-210).

Y dejándoos este recuerdo mariano bajo la mirada de María Auxiliadora, os renuevo mi palabra de aliento para vuestro meritorio apostolado y también mi felicitación de alegría pascual, deseándoos que la gracia de vuestra vocación religiosa produzca abundantes frutos de vida espiritual en la Iglesia universal y en Iglesia particular, aquí en Turín donde, día tras día, dais valioso testimonio de vuestro amor para con Dios y para los hermanos.

Mi bendición apostólica os acompañe ahora y siempre. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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