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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES DE LA ARCHIDIÓCESIS DE ROUEN


Lunes 14 de abril de 1980

 

Queridos amigos:

Me siento feliz de encontrarme con vosotros, pues me gusta reunirme con jóvenes cristianos, siempre que me lo permite el horario, para ser testigo de su vitalidad humana y religiosa, y alentar su fe. Jesús dijo a Pedro: “Confirma a tus hermanos”. Es lo que estoy haciendo esta mañana junto con vuestro arzobispo y consiliarios, y con las religiosas y laicos que os atienden y a quienes felicito. La evangelización de los jóvenes es siempre una parte importante de nuestro ministerio.

Os dejo dos consignas sencillas. Por una parte, enraizaos en la fe, en la fe de la Iglesia. En vuestro caso se trata de acoger el mensaje de Cristo —que no se inventa— y de injertar vuestra vida en la suya, de entrar en relación personal en El con el Padre y con los hermanos, de reproducir su manera de amar. Esto no lo aprendemos del mundo, al menos no del mundo que duda o no cree o se deja guiar por impresiones o por el placer inmediato. Se necesitan momentos de reflexión y oración entre cristianos, en la capellanía, en el colegio y en la parroquia, en torno a la Palabra de Dios y los sacramentos; hay que volver a encontrar el gran vigor que nos viene de Jesús por los Apóstoles Pedro y Pablo, por santos como Francisco y Clara. Esto es lo que hay que continuar. Así afianzaréis vuestra identidad de cristianos, que de otro se tambalearía y empobrecería.

De otra parte, por este mismo hecho os transformaréis en testigos de Cristo. Pues el mundo necesita conocer por vuestro medio la Buena Noticia; por el testimonio de vuestra fe en Jesucristo y vuestra adhesión a la Iglesia —la Iglesia ¡una Madre a quien se ama!—; por la pureza y el gozo de vuestra vida, plenamente dispuesta a acoger a los hermanos, a quienes de verdad sabéis consagrar atención, tiempo y ayuda. Es esta la señal para reconocer a los discípulos.

Pienso que así os preparáis a un apostolado adulto y, si es posible, vivido en equipo. Y espero también que algunos seducidos por Cristo y al ver las inmensas necesidades espirituales de sus hermanos, no vacilarán en consagrarse totalmente a la misión de Cristo. Sí, Cristo os llama a seguirle, hoy como ayer. Me hago eco de su llamada.

 Que Cristo sea vuestra alegría fuerza. Os bendigo de todo con vuestros educadores en la fe.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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