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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO SOBRE
"RELACIONES ESTE-OESTE: PERSPECTIVAS PARA 1980"


Jueves 24 de abril de 1980

 

Me proporciona gran alegría daros la bienvenida a los participantes en el Congreso internacional "Este-Oeste". Con gusto os he abierto las puertas de mi casa, y con mayor gusto aún os abro las puertas de mi corazón.

Sé que vuestras sesiones se han centrado en las perspectivas de las relaciones entre Europa Occidental y Europa Oriental en los años 80, sin olvidar el problema más amplio y esencial de las relaciones entre el mundo desarrollado y el mundo en vías de desarrollo o, como se dice corrientemente, entre Norte y Sur.

Con vuestra presencia aquí en el corazón de la Iglesia católica me da la impresión de ver resplandecer aún más hoy el centro de una cruz que se extiende al Este y al Oeste, al Norte y al Sur.

Y precisamente en el signo de esta cruz, de su gran significado sobrenatural e histórico de sufrimiento y, a la vez, de vida reconquistada y resucitada, es como llego a valorar altamente vuestra aportación científica, vuestros esfuerzos políticos y las nobles finalidades hacia las que se proyectan.

La Santa Sede en lo que es de su competencia, nunca ha dejado de alentar el establecimiento de relaciones cada vez más estrechas entre los pueblos. Comprende que muchas veces conviene entablar este largo proceso comenzando por la red de intereses materiales, estimulando la expansión progresiva y equilibrada de intercambios comerciales internacionales. Sabe también que el progreso está vinculando el destino de cada pueblo al de los otros, ya que el comercio exterior constituye una parte cada vez más importante del comercio de cada país.

La Santa Sede no desconoce la amplitud y complejidad de los temas que han sido bien sintetizados en vuestros trabajos; constata que por parte de todos hay interés y empeño por establecer instrumentos reguladores suficientes y eficaces.

La Santa Sede no pretende, claro está, daros directrices sobre la tarea específica de los economistas o de los políticos. Pero puede y quiere decir una palabra en un terreno que es suyo sobre todo, yo diría; una palabra que estimule a coordinar y orientar todos los proyectos hacia la meta del bienestar integral de todos los hombres.

Pero los intercambios comerciales tienden a un ideal: el intercambio de bienes materiales es hermoso si lleva a un apretón de manos.'

La Iglesia quiere convergencia entre los pueblos, no divergencia. No le gusta ver abismos; por el contrario, quiere que se tiendan puentes. Poniendo los intereses al servicio de los principios, adoptando la ley fundamental de la lealtad y el respeto mutuo, viviendo la ley humana y cristiana del amor, es posible —y necesario— crear un nuevo sistema de buenas relaciones comerciales, un nuevo orden económico internacional, por encima de toda diferencia étnica o ideológica.

Haría falta que sobre las leyes de la economía soplase el aire de la solidaridad entre todos los hombres y entre todos los pueblos. Todo estímulo a colaborar es una piedra más para edificar la paz. Allí donde imperan la buena voluntad y la buena fe, las dificultades pueden ir desapareciendo poco a poco.

Ojalá contribuya vuestro Congreso a ello con una aportación real; logrando que las nuevas tendencias de la economía mundial se orienten hacia una cooperación no sólo continental —a nivel de esta Europa hermosa y grande— sino también mundial.

Ojalá puedan la armonía y la paz entre los hombres, hacer comprender mejor y que se acepte en todas partes —"a solis ortu usque ad occasum", del Este al Oeste— la oración cristiana que invoca a nuestro Padre, Padre de todos, pidiéndole para todos nuestro pan de cada día.

Imploro para vuestras personas y vuestros esfuerzos la bendición de Dios Todopoderoso.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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