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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS CONSEJOS DIRECTIVO Y GENERAL
DEL CENTRO DE INICIATIVA JUVENIL


Martes 29 de abril de 1980

 

Ilustrísimos señores y queridos jóvenes:

Mi bienvenida jubilosa a vosotros que pertenecéis a los consejos directivo y general del Centro de Iniciativa Juvenil, y habéis deseado encontraros con el Papa para recibir una palabra de aliento y orientación para vuestras iniciativas ejemplares y dinámicas. Os proponéis impulsar entre los de vuestra edad la participación iluminada y responsable en la solución de los problemas relacionados con la cultura, la política, el arte y la vida de la sociedad en general, para promover los valores fundamentales de la justicia y la paz.

A vosotros aquí presentes y a todos vuestros amigos y compañeros, ansiosos también de cooperar en la construcción de un mundo cada vez más motivado por ideales de inspiración cristiana, se dirige mi saludo afectuoso, pletórico de esperanza que se proyecta lejos, hacia ese porvenir que estáis llamados a construir con empeño, y que os deseo sea activo y sereno.

En el marco de vuestros programas y para manifestar vuestra presencia dinámica, habéis querido asignar el "Oscar de los jóvenes" del año 1979 a una personalidad eclesiástica que, por razón de su cargo, representa muy singular y significativamente la solicitud de la Iglesia católica en el campo humanitario y en la causa de la paz en el mundo.

El Vicario de Cristo os agradece el aprecio y consideración que demostráis hacia la acción benéfica de la Iglesia en el seno de la sociedad actual. En efecto, si bien la Iglesia tiene por misión primordial el encaminar al hombre hacia los fines sobrenaturales y ultraterrenos que constituyen el contenido esencial de su mensaje, jamás olvida la situación concreta, terrena, de la convivencia civil; y a la vez que procura animarla interiormente con los valores de la caridad y la colaboración, asume al mismo tiempo sus cargas, sinsabores y sufrimientos, y los comparte.

La liberación interior, la observancia de la ley del amor que pone al hombre al servicio del hombre, la justicia que distribuye con sabiduría y ecuanimidad, el respeto del mandamiento del perdón que extingue la sed de venganza y apaga el odio, son otros tantos objetivos del Reino de Dios sobre la tierra, que el creyente en Cristo está llamado a instaurar y arraigar en el contexto de la propia responsabilidad individual y social. De este modo evangelización y promoción caminan con igual paso y la una sostiene a la otra al ofrecer la primera las motivaciones ideales y siendo la otra la expresión convincente y eficaz de aquélla.

Queridos jóvenes: Empeñaos, pues, en conocer mejor cada vez y con intuición amorosa, la condición interior y social real del hombre que os rodea, para descubrir sus auténticas aspiraciones, prever sus dificultades, ayudarle en las necesidades y como hermanos poneros al servicio de su dignidad y colaborar en su destino de libertad y en su vocación personal al Absoluto. Caminad juntos en el desempeño de esta tarea tan alta que pide esfuerzo conjunto, apoyo mutuo y ayuda recíproca para vencer y superar las tentaciones tan corrientes del desánimo, la desconfianza y el aislamiento egoísta.

Os exhorto, por tanto, a mirar y seguir a Jesucristo, revelador del amor del Padre y constructor del verdadero destino del hombre, que supera los límites del tiempo y las barreras de la historia; y en su victoria sobre el mal y la muerte encontraréis la garantía más segura de vuestra victoria.

Con estos deseos imparto a vosotros y a todos los miembros de vuestra Asociación mi afectuosa bendición.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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