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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II A LA COMUNIDAD DE NOMADELFIA
Y A LA OBRA PARA LA JUVENTUD
"GIORGIO LA PIRA"
Castelgandolfo,
Martes 12 de agosto de 1980
Queridísimos hijos, hermanos y amigos:
Como conclusión de esta velada tan hermosa, quiero expresaros mi más cordial
agradecimiento.
Habéis deseado mucho este encuentro particular con el Papa; pero yo también
estoy muy contento por haberos tenido aquí conmigo, por haberos visto, conocido
y escuchado, y por poder pensar en vosotros como en queridos amigos.
Antes que nada doy las gracias a los miembros de la Obra para la juventud
"Giorgio La Pira" de Florencia, que se dedican de manera especial a la formación
cristiana de los jóvenes de las diócesis de Toscana, con un intento
particularmente ecuménico y con las típicas experiencias de "comunidad" mediante
los campos-escuelas estivales. Sé que, en noviembre del año pasado, vuestro amado
arzobispo guió a un numeroso grupo de vuestro Organismo a Londres para un
encuentro con los jóvenes de la Iglesia anglicana. Os expreso, por tanto, toda
mi complacencia por vuestras actividades de formación cultura] y de
sensibilización para el bien de las diócesis y de las parroquias.
En segundo lugar, doy las gracias a Don Zeno y a su comunidad de Nomadelfia.
¿Quién no conoce a Don Zeno y sus varias vicisitudes para fundar "Nomadelfia" e
intentar un experimento de vida humana y cristiana donde la ley sea sólo y
totalmente la fraternidad y el amor? Esto sabemos con seguridad: que desde que
comenzó el experimento, cuatro mil muchachos abandonados han encontrado una
familia. Y gracias por el espectáculo que habéis representado también delante
del Papa, después de haber alegrado tantas ciudades y comunidades. Vuestra
alegría, vuestro entusiasmo sincero y apasionado son para mí un gran consuelo.
Y ahora, antes de dejaros, ¿qué puedo deciros, sino "perseverad"? Sí, queridos
míos, perseverad con alegría y con fervor en el cumplimiento de la voluntad de
Dios. Se habla en estos días de un regreso a la religiosidad, de una nostalgia
de valores auténticos y eternos, de una necesidad de certezas verdaderas y
seguras que den un sentido a la vida y un significado a las propias elecciones.
Es esta, sin duda, una realidad muy hermosa y consoladora, que debe llevar a la aceptación definitiva de la voluntad
de Dios como única y verdadera salvación del hombre.
Pues bien, demostrad vosotros, concreta y prácticamente con vuestra vida, qué
quiere Dios del hombre:
— Dios, quiere, sin duda, el conocimiento de Cristo, que se encarnó y se ha
introducido en nuestra historia como hombre. "Esta es la vida eterna —decía
Jesús— que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo"
(Jn 17, 3). Y San Juan escribía: "Dios envió al mundo a su Hijo unigénito para
que nosotros vivamos por él... Nosotros hemos visto, y damos de ello testimonio,
que el Padre envió a su Hijo por Salvador del mundo. Quien confesare que Jesús
es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios" (1 Jn 4, 9.
14-15). Pero, ¿dónde encontrar hoy al Cristo auténtico, su palabra segura, sus
medios de gracia y de salvación? Por divino mandato sólo los Apóstoles y por
tanto sus sucesores, es decir la Iglesia pueden garantizar la fe segura en
Jesús. Continuad, por tanto, conociendo cada vez más y mejor a Jesús, en la
fidelidad doctrinal y disciplinar de la Iglesia, que quiere únicamente el bien y
la salvación de la humanidad.
— Dios quiere, sin duda, la caridad; es el "mandamiento nuevo" dejado por Jesús
a sus discípulos: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 13, 34).
¡Perseverad pues en la caridad! ¡Es un mandamiento nuevo que nos compromete
continuamente a amar a los demás como Jesús nos ha amado! ¡Adelante, pues, con
audacia y convicción! ¡Hay todo un mundo a quien ayudar, acoger, consolar! La
preocupación del cristiano debe ser la caridad: seremos juzgados por la caridad
ejercida hacia el prójimo. La funesta cizaña de la violencia, del odio, de la
crueldad, del egoísmo, debe ser superada por el buen trigo de nuestro amor.
¡Carísimos!
Mientras nos preparamos a la gran solemnidad de la Asunción de María Santísima
al ciclo, yo le confío vuestros propósitos de perseverancia. María, que es
nuestra Madre, nos indica la meta del cielo hacia el que nos dirigimos, día a
día. Rogadla con viva devoción: su tierno amor tiene el poder maravilloso de
transformar los misterios dolorosos que a veces entristecen nuestra vida en
misterios gozosos transfigurados por el amor. A todos imparto ahora mi afectuosa
y propiciadora bendición.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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