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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA XI SESIÓN ESPECIAL
DE LA ASAMBLEA DE LAS NACIONES UNIDAS
DEDICADA A LA NUEVA ESTRATEGIA DEL DESARROLLO*

(El cardenal Bernardin Gantin,
Presidente de la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax",
leyó el 25 de agosto este mensaje del Papa
durante la inauguración de la XI sesión especial de la Asamblea).

 

 

Excmo. Sr. Don Salim Ahmed Salim,
Presidente de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas.

1. La importancia de esta sesión especial, así como el tenor de sus trabajos me induce a presentar a esa distinguida Asamblea algunos pensamientos y reflexiones sobre un tema que ha sido constante preocupación de la Santa Sede, especialmente en las dos últimas décadas.

La Santa Sede quiere, además, poner en evidencia a través de este mensaje su constante interés en este campo.

Los trabajos de preparación de esta sesión han sido largos y laboriosos. Han empleado energías y recursos los mayores Organismos de la Organización de las Naciones Unidas y ha sido centro de muchos trabajos y de grandes expectativas de los diversos pueblos del mundo.

La Santa Sede ha seguido muy de cerca todo este esfuerzo y lo ha hecho con serio deseo de prestar un servicio.

Cualesquiera hayan sido los logros y deficiencias de anteriores intentos, esta sesión especial debiera considerarse una nueva oportunidad a causa del trabajo que se le ha dedicado, y sobre todo porque son muchas las necesidades y aspiraciones legítimas de gran número de personas que con razón aspiran a un futuro mejor y más humano para sí y para sus hijos.

2. Para ser de veras una nueva oportunidad, esta sesión de la Organización de las Naciones Unidas debe evitar quedar inmersa en el pasado. Más bien debe ser ocasión de que todos aprendan de ese pasado y efectúen nuevos progresos hacia adelante, conocedores de cuáles han sido las causas que anteriormente impidieron ese progreso, de forma que se eviten en el futuro estériles frustraciones. Este trabajo no puede permitirse quedar atrapado entre viejas polarizaciones. Debe transcenderlas. No puede permanecer cautivo de ideologías estancadas; por el contrario, las debe superar. Si quienes participan en esta reunión coinciden en la idea de buscar soluciones nuevas de los problemas comunes, se llegará a crear sin duda la atmósfera que convertirá a esta sesión especial en una de las más fructuosas de cuantas el sistema de las Naciones Unidas ha contemplado.

3. En estos debates la Iglesia católica tiene un papel propio que desempeñar. No tratará ciertamente de hablar sobre cuestiones meramente económicas y tecnológicas. Tampoco intentará dar soluciones concretas a las complejas realidades que no son de su peculiar responsabilidad. Pero esto no quiere decir que la Iglesia católica deje de ser consciente de la complejidad de los problemas que se plantean ante esta Asamblea. Tampoco ignora la Iglesia católica la esencia y el contenido de los temas que han de estudiar aquí expertos de varias partes del mundo. Pero la Iglesia habla aquí ante todo para dar testimonio de su interés por cuanto respecta a la condición humana. Muchos de vosotros sabéis que la Santa Sede ha tomado parte ya de diversas formas en la labor preparatoria de esta sesión especial, así como también participando en los trabajos de diversas organizaciones cuyos intereses están ampliamente representados en esta Asamblea.

A la vez que la Santa Sede deja con razón las materias puramente tecnológicas y económicas a aquellos que tienen como propia la responsabilidad de las mismas, mantiene su presencia en esta reunión con el fin de sumar su voz a las deliberaciones. Y eso lo hace con intención de ofrecer una visión de la persona humana y de la sociedad. Lo hace para proponer criterios provechosos que aseguren el que los valores humanos, valores del espíritu, valores de los pueblos y de las culturas, no queden supeditados insensiblemente a ciertos objetivos inferiores de meras ganancias económicas o materiales, lo que en último término significaría una desvalorización de la misma persona y de la misma sociedad que nosotros tratamos de hacer progresar.

4. Como ya se ha reconocido, cada vez se concede mayor importancia a los aspectos no económicos al instaurar estructuras nuevas en las relaciones internacionales. A este respecto, los factores religiosos y étnicos, y la educación y opinión pública desempeñan un gran papel. La paz en sí llega a ser fuerza motriz de muchísimos sectores de la comunidad global, paz que es inconciliable con las guerras militares y económicas.

Tal perspectiva se abre sin duda alguna ante esta sesión extraordinaria. Y si me dirijo a vosotros a partir de mi herencia cristiana y utilizo un vocabulario propio de quienes de entre nosotros son seguidores de Aquel a quien llamamos Príncipe de la Paz, lo hago con la convicción de que las palabras que digo pueden ser entendidas fácilmente por los hombres y mujeres de buena voluntad de todas partes, recibiendo beneficio de ellas.

5. Yo quisiera ante todo lanzar una llamada a cuantos aquí estáis y a todos los pueblos del mundo. Es una llamada a transcender toda posición estática perteneciente a una ideología particular. Cada sistema y cada parte del funcionamiento de un sistema debe mirar lo que concretamente es capaz de hacer, debe preguntarse cuál puede ser su contribución y debe tener ante su mirada la forma concreta de lograr los auténticos fines de la vida humana, dejando fuera de consideración toda posición que argumentos repetidos basados en prejuicios ideológicos tratan de imponer artificialmente. Posiciones y prejuicios que en lugar de promover el progreso auténtico y la colaboración fraterna, lo que pueden hacer es impedirlo.

Esta gran Asamblea está formada por hombres y mujeres de ideologías y sistemas diferentes e incluso opuestos. Pero no podemos permitir que las limitaciones de los prejuicios ideológicos nos impidan interesarnos por el hombre, el hombre en concreto, el hombre todo él, cada hombre (cf. Redemptor hominis, 13). No podemos permitir tampoco que esas categorías ideológicas nos aprisionen. No podemos permitir, en fin, que conflictos ya superados nos influyan de una forma tal que nos impidan responder a las verdaderas necesidades de todos los pueblos de la tierra.

6. En lugar del estancamiento ideológico que tal vez prevaleció en el pasado, quisiera sugerir un criterio que es actitud y principio conductor para evaluar las decisiones que vosotros, Estados miembros de esta Asamblea, habréis de tomar: se trata de la esperanza, una esperanza inquebrantable y realista para cada hombre, para cada mujer y para cada niño, y para la misma sociedad.

Esta esperanza no es simple deseo. No es sentimiento vago. Es categoría nacida de nuestra experiencia de la historia y alimentada por los deseos de todos para el futuro. Como tal, esta esperanza considera la historia como lugar privilegiado de su actuación y declara abiertamente y con pleno realismo que el futuro es la historia en acción, en acción, gracias a nosotros, con la ayuda de Dios Todopoderoso. Es un futuro a construir con los esfuerzos de todos para asegurar el bien común con la mutua cooperación y colaboración. Esta esperanza es, pues, el criterio conductor que nos mueve y enseña que si la historia ha de ser construida y nosotros somos los responsables del bien común ahora y en el futuro, debemos determinar juntos y poner en práctica aquellos cambios que ahora se imponen para que el futuro que anhelamos corresponda a la esperanza que compartimos en favor de todos los individuos, pueblos y naciones de este mundo.

7. Considerando esta actitud de esperanza como el punto de mira de todos y como principio rector de las actuaciones de esta Asamblea, permitidme subrayar unos cuantos puntos que merecen vuestra atención durante esta sesión y también después. Lo que propongo no es lo único de importancia decisiva. Pero figura entre las preocupaciones más apremiantes ya discutidas en varias reuniones de las Naciones Unidas, y reclaman nuestra atención, tanto por los trabajos que se les han dedicado como por la urgencia de la situación mundial actual.

Hay necesidad primordial de un mayor y más justo reparto de los recursos. Ello implica la aplicación de la ciencia y de la técnica, tema que fue objeto de la reunión de las Naciones Unidas en Viena el año pasado. Pero una técnica adaptada a las necesidades y a los intereses de los pueblos y de las naciones en cuestión. Esto implica mucho más que un simple compartir material. Existe urgente necesidad de compartir los recursos del pensamiento y del espíritu, del conocimiento científico y de la expresión cultural y artística. Este compartir no va en una dirección. Es mutuo y multilateral, e implica que los valores culturales, éticos y religiosos de los pueblos sean respetados siempre por las partes comprometidas en el compartir. Implica apertura mutua para aprender unos de otros y compartir unos con otros.

En este compartir es innegable que el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico hayan de comportar cambios en los modelos culturales y sociales de un pueblo. En cierta medida estos cambios son inevitables y hay que abordarlos con realismo en interés del crecimiento de un pueblo. Pero si creemos honradamente en lo que decimos cuando afirmamos que el hombre no puede quedar reducido al homo economicus, entonces cada uno de nosotros ha de empeñarse a limitar las transformaciones perniciosas en las que los valores positivos queden sacrificados y, por otra parte, en dar prioridad a los valores ético-morales, culturales y religiosos por encima de los índices de crecimiento meramente económicos.

En este compartir, finalmente, es bueno admitir y mantener los muchos modos nuevos de cooperación entre los pueblos y naciones. No sólo se ha de compartir entre grupos de naciones, sino que también los países en vías de desarrollo deben aprender a compartir entre sí, y los grupos regionales deben ayudarse unos a otros, para encontrar juntos los modos mejores de promover sus mutuos intereses.

Vosotros, Estados miembros de esta Asamblea, no podéis contentaros simplemente con altas perspectivas o ideales éticos. Tenéis la responsabilidad de negociar juntos en clima de buena fe plena y respeto mutuo. Las negociaciones que llevéis a cabo deben ser lo más amplias posible, teniendo en cuenta las ventajas a lograr en un acuerdo lo más completo y amplio posible en todos los temas objeto de vuestras negociaciones. Este tipo de realismo lúcido contribuirá enormemente a llevar a efecto las imprescindibles modificaciones para lograr un futuro común construido sobre una común esperanza.

Mi predecesor Pablo VI hizo un llamamiento a las naciones desarrolladas para que contribuyeran con el 1 por ciento de su producto nacional bruto (GNP) a la causa del desarrollo. La cantidad que actualmente se dedica a este fin parece ser muy inferior a dicho tanto por ciento. Reconozco que la inflación es un problema mundial que afecta tanto a las naciones industrializadas, como a las en vías de desarrollo. No obstante, la Santa Sede desea repetir la llamada de Pablo VI, pues este 1 por ciento no es una meta utópica. La aportación de ese tanto por ciento ayudaría mucho al Fondo Común, objeto de Un acuerdo a través de las negociaciones de la UNCTAD, lo mismo que a un posible Fondo de Desarrollo mundial.

Con el fin de que iniciativas de este género sean efectivas, ha de producirse un esfuerzo renovado por parte de todas las naciones, desarrolladas y en vías de desarrollo, para poner fin a todos los despilfarras tanto de materiales como humanos.

En el plano material las cuestiones planteadas por la UNEP y otras agencias merecen nuevos estudios y nuevas acciones. El problema total de la energía debe ser completado en este contexto de forma que se hagan visibles las más eficaces y apropiadas fuentes de energía, sin un despilfarro innecesario y sin explotación de los materiales.

En el plano humano, varias Conferencias de la ONU se han ocupado con acierto de los niños, las mujeres, los minusválidos y muchos sectores y pueblos cuyos recursos son explotados y no son empleados en su bien y en el de la sociedad. Una vez más el afán renovado en favor de los aspectos varios del desarrollo humano y el bien común. es capaz de reavivar la esperanza de los pueblos, volviendo a darles la posibilidad de una existencia más plena y fructífera.

Finalmente, sería yo infiel a mi misión si no llamara la atención hacia los pobres y hacia aquellos que se encuentran marginados de la sociedad a lo largo y ancho del mundo. Hay naciones ricas en recursos culturales, espirituales y humanos, pero que se hallan entre las más pobres económicamente y que sufren más a causa de la situación presente. Todos conocemos las estadísticas vertiginosas sobre el auténtico y horroroso flagelo del hambre que aflige a tantas familias en todo el globo. Los pueblos que lo padecen en diversas regiones claman hacia nosotros pidiendo ya ahora una ayuda que les permita sobrevivir.

¿No podemos al menos nosotros, que tenemos mucho, comprometernos a dar nueva esperanza a estos pobres del mundo, prometiendo aliviar primeramente su peso y luego proveer a sus necesidades más básicas, tales como el alimento, el agua, la salud y un techo para cobijarse? Aliviar estos sufrimientos inmediatos y dar todo lo que capacitará a los pueblos a ser más autónomos, sería una prueba de nuestra activa solidaridad en la esperanza que necesita este planeta y sus habitantes.

8. En muchos de estos terrenos se necesitará la voluntad política capaz de superar nuestros egoísmos acuciantes. Esa voluntad política condujo en el pasado a importantes realidades, tales como la Declaración universal de los Derechos del Hombre. Esa misma voluntad política ha de estar constantemente regida por criterios que den prioridad a lo humano y social, lo ético y cultural, lo moral y espiritual por encima de lo meramente económico y tecnológico.

Esta voluntad debe mover no sólo a los responsables del mundo, sino también a todos los pueblos en todos los niveles de la vida. Muchas soluciones únicamente pueden darse a nivel global, y este cometido está confiado a vosotros, miembros de esta Asamblea. Pero muchos otros problemas pueden y deben ser solucionados provechosamente a nivel de continente, región u otros niveles inmediatos. La necesidad de hallar soluciones globales para muchos problemas no debe impedirnos buscar la solución de algunas cuestiones y construir un futuro mejor a nivel más limitado. En efecto, aplicando la noción de subsidiaridad, podemos ver cómo hay muchos grupos y muchos pueblos que pueden resolver sus propios problemas mejor en un plano local o inmediato, y que esta actuación les da una directa sensación de participación en su propio destino. Este es un avance positivo al que debemos mostrarnos sensibles.

9. En mis visitas pastorales a Europa, a América del Norte y del Sur y a África, he hablado muchas veces y de diversas formas de la necesidad de la conversión del corazón. He urgido a la obligación que cada uno tenemos de convertirnos, de ver en las demás personas a un hermano o hermana unidos por el vínculo común de la humanidad en Dios. En su Encíclica Populorum progressio, documento que sigue siendo una de las aportaciones más duraderas y más válidas a la labor del desarrollo, decía mi predecesor Pablo VI: "El desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad... El hombre debe encontrar al hombre, las naciones deben encontrarse entre sí como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión sagrada, debemos igualmente comenzar a actuar a una para edificad el porvenir común de la humanidad" (Populorum progressio, 43).

Permitidme completar este mensaje que os dirijo en este día volviendo a ofrecer éstas palabras y esta visión del mundo a vuestra reflexión. Permitidme rogaros que a la vez que tratáis de aportar cambios en las estructuras para que sirvan mejor al bien común en la justicia y la equidad, no olvidéis la educación y los ideales de vuestros pueblos que ayudarán a la conversión de los corazones. Solamente con la conversión del corazón pueden los hermanos y hermanas "construir el futuro de la especie humana" y construir la obra grandiosa y eterna de la paz. Y es a esa paz —cuyo nombre nuevo sigue siendo precisamente desarrollo (cf. Populorum progressio, 87)—, a donde deben encaminarse los esfuerzos de esta sesión especial. ¡Que así sea con la ayuda de Dios!

Vaticano, 22 de agosto de 1980.

IOANNES PAULUS PP. II


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 38 p.14.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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