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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS
DE CONCORDIA-PORDENONE
Y A LA ACCIÓN CATÓLICA JUVENIL ITALIANA

Domingo  7 de diciembre de 1980

 

¡Carísimos hermanos y amados hijos hijas!

Habéis expresado el deseo de encontraros con el Papa en una audiencia especial reservada a vosotros, para estar un poco con él y manifestar así vuestra fe y vuestro obsequio, ¡y habéis sido complacidos! Grande es, por tanto, vuestra alegría, pero la mía es aún más grande. ¡Gracias sean dadas al Señor por este don de fraternidad y amistad, que nos consuela y nos conforta! Y gracias también a todos vosotros, que habéis venido aquí, empujados por el afecto y el ansia de personas creyentes y sensibles.

Saludo ante todo a la peregrinación de la diócesis de Concordia-Pordenone, organizada para conmemorar de manera digna y concreta el primer decenio de actividad pastoral del obispo, y para dar nuevo impulso a la entera vida diocesana. Saludo con sincera deferencia a mons. Abramo Freschi, vuestro amado Pastor, junto con los sacerdotes, los religiosos, las religiosas; saludo a las autoridades civiles de todos los grados, que han querido honrar con su participación la iniciativa; sobre todo quiero saludaros a vosotros, queridos fieles, Pueblo de Dios y de la Iglesia de Venecia-Julia, región de Italia muy conocida por sus dramáticos acontecimientos y por su carácter austero y valiente; y por medio de vosotros dirijo mi afectuoso saludo también a los trescientos mil habitantes de la entera diócesis que aquí representáis.

Vuestra presencia, tan variada y al mismo tiempo tan homogénea, en torno a vuestro obispo y a vuestros sacerdotes, ante el Sucesor de Pedro, me sugiere una exhortación, que deseo dejaros como recuerdo particular: ¡Permaneced siempre unidos! ¡Quereos! ¡Trabajad juntos con amor, con bondad, con comprensión y dedicación recíproca! Vuestra tierra, profundamente cristiana y duramente atribulada, sepa mantener las características de la fraternidad, de la ayuda mutua, de la fe convencida en los valores supremos que han guiado a vuestros antepasados a través de la historia, entre tantas peripecias y adversidades. Este es el deseo sincero que os dedico en este memorable encuentro.

2. Saludo ahora con particular efusión al numeroso grupo de sacerdotes y educadores, jóvenes y adultos, de la Acción Católica Juvenil, que participan en la asamblea nacional para educadores parroquiales sobre el tema "Los muchachos pedían pan y no había quién se lo partiera". Estoy contento de poder expresar mi agradecida bienvenida antes que a nadie, al asistente general de la Acción Católica, mons. Giuseppe Costanzo, al nuevo presidente general, profesor Alberto Monticone, y a todos los demás dirigentes y responsables.

¡A vosotros, de manera del todo particular, queridísimos jóvenes, llegue mi saludo, lleno de cordialidad, amistad y confianza! Os agradezco vuestra presencia y sobre todo vuestra generosidad.

Me complazco vivamente de esta vuestra participación en las iniciativas del centro, y aprecio profundamente vuestro interés por la formación humana y cristiana de la juventud.

¡Dad gracias al Señor por haberos llamado a esta noble y alta misión, que llena de santo fervor vuestra vida y la compromete en ideales espléndidos! Al mismo tiempo sentíos responsables de una tarea delicada e importantísima, para la que siempre necesitaréis luz interior y fuerza. Estoy seguro de que volveréis a vuestras parroquias ricos de santo entusiasmo para amar a los muchachos que os son confiados, para partirles con convicción y seguridad el pan de la verdad, de la caridad y de la santidad, siguiendo los pasos del amigo Jesús. ¡Tenéis un encargo maravilloso! Desempeñadlo con pasión y con delicadeza, recordando que de esta manera servís a la Iglesia y contribuís de forma directa y determinante a la formación de los jóvenes y a la salvación de las familias y, por tanto, de la sociedad.

Sobre todo intentad inculcar en los chicos el "sentido misionero". En efecto, por la riqueza de la gracia, los dones naturales y la cultura religiosa que poseen, también los muchachos pueden y deben ser los "testigos" vivientes de Cristo entre sus compañeros, en todos los ambientes en que se encuentran, de manera que den a conocer y amar su misma fe. Haced surgir esta vocación e indicadles la manera concreta para realizaría, porque toda la Acción Católica debe ser esencialmente misionera.

¡Carísimos!

Al despedirme de vosotros, tras este breve paréntesis tan afectuoso y emotivo, no puedo menos que aseguraros el recuerdo en mis oraciones. ¡Permanezcamos todos unidos en la fe, en la esperanza y en la caridad recíproca! ¡Todo pasa, pero el amor permanece! ¡Recordémonos los unos a los otros, convencidos de que no hay felicidad sino en el servido del Señor!

¡Que os ayude e inspire la Virgen Inmaculada, la Virgen de la espera, a quien encomiendo a todos vosotros, fieles de Concordia-Pordenone y educadores de la Acción Católica Juvenil! ¡Llevad a vuestros ambientes la sonrisa de María, nuestra Madre!

¡Con afecto os imparto la bendición apostólica, en el nombre del Señor!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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