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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ENCARGADOS DE LA ORGANIZACIÓN
DEL
CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL DE LOURDES
Jueves 11 de diciembre de 1980
Queridos hermanos y amados hijos:
1. Henos aquí a unos siete meses del Congreso Eucarístico Internacional de
Lourdes. Este Congreso va a revestir una importancia muy especial por el hecho
de conmemorar el centésimo aniversario del I Congreso Internacional de Lila y de
celebrarse en la ciudad mariana tan querida para todos los peregrinos del mundo.
Habéis llegado de numerosos países para poner en marcha los preparativos y
poneros de acuerdo sobre las grandes líneas de la celebración. El Papa, como ya
sabéis, se siente particularmente interesado por este Congreso. Es decir, cuánto
se interesa por vuestros trabajos y lo mucho que desea que produzcan los mejores
frutos. Quiero que sepáis que os animo vivamente en vuestro trabajo de concretar
el plan de sensibilización del pueblo cristiano y en el de la programación del
Congreso.
2. Por lo que concierne a la preparación del pueblo cristiano, habéis captado
bien que se trata de una ocasión providencial para hacer progresar el sentido de
la Eucaristía entre los sacerdotes, los religiosos y los fieles, más allá del
restringido círculo de quienes puedan participar en el lugar mismo de la
celebración, o incluso por radio y televisión. En resumen, se trata de hacer
comprender mejor el lugar central que ocupa la Eucaristía en la Iglesia. Y esto
concierne a todas las comunidades cristianas. ¿No es la Eucaristía la que
estructura la Iglesia? El tema, "Jesucristo, pan partido para un mundo nuevo",
puede convertirse en una sinfonía de resonancias múltiples que deben, sin
embargo, concretarse en lo esencial del misterio de la fe (Cristo realmente
presente y ofrecido bajo las especies del pan y del vino) y expresar de forma
adecuada todas sus consecuencias fundamentales.
Por decirlo en una sola palabra, queremos celebrar solemnemente la Alianza de
Dios con los hombres; y nuestro mundo tiene más necesidad que nunca de escuchar
esta Buena Nueva. Esta Alianza, presente en el sacrificio y la resurrección de
Cristo, es ofrecida a todos los hombres para que participen de ella; es un
alimento sagrado que les une realmente a Cristo y entre ellos, gracias a El, de
un modo que sobrepasa todo lo que puede sentir el corazón del hombre, ya que es
la última palabra del Amor. Conviene no pasar por alto ninguna faceta de esta
participación en la Eucaristía. Comporta, en primer lugar, la acción de gracias
y de adoración que deberán tener un lugar de privilegio en el Congreso, en las
celebraciones de la Misa, las procesiones y las horas de recogimiento ante el
Santísimo Sacramento. Comprende la conversión que la prepara y acompaña, en la
línea de los primeros versículos del Evangelio y del mensaje confiado a Bernardette
Soubirous. La Eucaristía también nos llama a un compromiso resuelto a vivir el
amor recibido de Dios en las relaciones efectivas de justicia, de paz, de
misericordia, compartiendo las distintas formas del pan cotidiano con todos
nuestros hermanos. Así debe aparecer la Eucaristía en su dimensión vertical y
horizontal. Así se prepara la profunda renovación de las personas y, de unos a
otros, la renovación del mundo.
Felicito, pues, y animo vivamente a cuantos ya han puesto en obra, en sus
países, los medios para suscitar la oración, la reflexión y la acción en el
marco del misterio eucarístico. Pienso, por ejemplo, en las cartas de algunos
Pastores. Es necesario, al mismo tiempo, desarrollar estas iniciativas en el
plano teológico, espiritual y pastoral, y velar por su autenticidad en relación
con el Testamento de Cristo.
3. Pero aparte de esta pedagogía, que interesa a cada una de vuestras Iglesias
locales, os habéis reunido ahora en Roma para hacer frente a la laboriosa
organización del Congreso, para dedicaros a la programación, a los problemas de
su puesta en marcha y de la participación. Se impone una selección con vistas a
atender mejor a lo esencial y a expresar con más seguridad los diversos aspectos
que acabamos de mencionar. A vosotros incumbe sopesarlos con madurez, teniendo
en cuenta diversos criterios: de momento, la experiencia y las tradiciones de
los Congresos Eucarísticos precedentes, con todos los elementos ya probados; el
carácter festivo y demás exigencias de estas grandes concentraciones populares
en las que participan fieles provenientes de múltiples países y de diversos
medios, a fin de que todos puedan asociarse fácilmente a la oración; la gracia
particular de la ciudad mariana de Lourdes, con sus manifestaciones de piedad
eucarística y sus vías personales de reconciliación; la atención dedicada a los
enfermos y a los sufrimientos del mundo; y además, ciertas exigencias nuevas que
se van abriendo camino para permitir a diferentes grupos, por ejemplo a los
jóvenes, una reflexión profunda, una expresión de oración adaptada y una
participación efectiva.
El Congreso debe constituir un importante momento para dar testimonio de la
Eucaristía, como una proclamación de la fe de la Iglesia perceptible a todos, un
despliegue de caridad evangélica y, al mismo tiempo, una fuente de esperanza
para todos aquellos que se encuentran en camino y que la misericordia de Dios
llama a la salvación y a la unidad en Jesucristo.
No pudiendo prolongar hoy nuestra conversación, bendigo a vuestra delegación de
todo corazón. ¡Que vuestros acuerdos, surgidos de la escucha y de la caridad
mutuas, preparen bien el camino al Congreso! ¡Que el Espíritu Santo os prodigue
su luz! ¡Que la Virgen Inmaculada, Nuestra Señora de Lourdes, nos ayude a todos
a escuchar a su Hijo y nos prepare a venerar, a recibir y a compartir el Pan de
vida que debe regenerar el mundo!
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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