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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE SACERDOTES DE ESTADOS UNIDOS


Jueves 11 de diciembre de 1980

 

Queridos hermanos en el sacerdocio:

1. Soy feliz de poder encontrarme con vosotros cuando estáis a punto de acabar el curso de formación teológica permanente en "Casa Santa María", y os preparáis para volver a la patria. Sabemos que, durante estos momentos que pasamos juntos, Jesucristo está en medio de nosotros porque estamos reunidos en su santo nombre y en la fraternidad de su sacerdocio.

Gracias a Dios y al ánimo que os han dispensado vuestros obispos y superiores religiosos, habéis gozado de la maravillosa oportunidad de una prolongada reflexión teológica y bíblica. Al mismo tiempo estoy seguro de que habéis descubierto las otras ventajas que van unidas a este tipo de cursos, tal como las percibe el Concilio Vaticano II: un fortalecimiento de la vida espiritual y un beneficioso intercambio de experiencias apostólicas (cf. Presbyterorum ordinis, 19).

2. Ahora os disponéis a volver a vuestra gente, a todas esas comunidades en las que ejercéis vuestro ministerio pastoral. Volvéis, así lo quiera Dios, a proclamar cada vez con mayor penetración y celo la Buena Nueva de la salvación, que nos ha sido revelada por un Padre amante y misericordioso, y que la Iglesia, en su fidelidad a Cristo, va comunicando de una a otra generación.

Como colaboradores de vuestros obispos, vuestra tarea primordial es la proclamación del Evangelio, que alcanza su plenitud en el Sacrificio eucarístico (cf. Presbyterorum ordinis, 4, 13). Esta es la misión a la que fuisteis llamados; ésa es la razón por la que fuisteis ordenados.

3. Pero para ser sacerdotes totalmente eficaces, toda vuestra vida debe estar dedicada a la Palabra de Dios, y a Aquel que es la Palabra encarnada del Padre, Jesucristo nuestro Señor y Salvador, nuestro único Sumo Sacerdote.

La Palabra de Dios constituye el criterio de toda nuestra predicación. La eficacia inherente a la Palabra de Dios es lo que ofrecemos a nuestro pueblo, una eficacia que une a los fieles y los edifica en santidad y justicia. La Palabra de Dios es un desafío para el Pueblo de Dios (y para el corazón de cada uno de nosotros), pero trae consigo fortaleza, una inmensa fortaleza; y cuando la acogemos, produce en nosotros gozo y alegría. Esta Palabra de Dios que, por vocación, hemos de proclamar y sobre la que se edifica toda comunidad de fe, es el mensaje de la cruz. Al juntarnos día tras día, semana tras semana, para celebrar este misterio de fe, presentemos y expliquemos encarecidamente sus varios aspectos, tan vitales para la vida de la Iglesia: la salvación y el perdón, el sufrimiento y la liberación, la victoria y la continua misericordia que nos ofrece Cristo. Al igual que San Pablo, presentémonos con "debilidad, temor y mucho temblor", y no con "persuasivos discursos de sabiduría", sino con la Palabra de Dios, que lleva consigo "el convincente poder del Espíritu". Y, con San Pablo, estemos siempre dispuestos a hablar en verdad a nuestro pueblo, diciendo: "Vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios" (1 Cor 2, 3-5).

4. Que el resultado de vuestro curso en Roma sea un renovado compromiso con la Palabra de Dios. Continuad, queridos hermanos, estudiando la Palabra de Dios, meditándola y viviéndola. Creed de todo corazón en la Palabra de Dios. Predicadla, unidos a toda la Iglesia, en toda su pureza e integridad. Y finalmente, someted totalmente vuestras propias vidas a sus exigencias e inspiraciones.

Que María, Esposa del Espíritu Santo y Madre de los sacerdotes, os mantenga a todos vosotros en vuestro ministerio de la Palabra y en vuestra consagración sacerdotal a Jesucristo, Palabra eterna, que "se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14).

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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