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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE ÓPTICOS Y OPTÓMETRAS DE DIVERSAS NACIONES

Domingo 14 de diciembre de 1980
 

Distinguidos señores,
queridos hermanos:

Me siento feliz al recibiros, miembros de la Federación nacional de Opticos-Optómetras de Italia, que juntamente con los presidentes de otras muchas naciones, pertenecientes a la "International Optometric and Optical League" y al "Groupement des Ópticiens du Marché Commun Européen", habéis querido rendir homenaje al Vicario de Cristo.

Os doy las gracias por esta visita, que me ofrece la ocasión de manifestaros estima y aliento por el servicio público que prestáis en el importante sector en que trabajáis. Expreso, en particular, mi gratitud al señor cardenal Giovanni Colombo, por haberos acompañado tan gentilmente en este encuentro.

1. Con satisfacción he tenido conocimiento del congreso que os ha reunido aquí, en Roma, no sólo para conferir diplomas de fidelidad al trabajo, sino también y sobre todo para actualizar y perfeccionar vuestros conocimientos y técnicas, a fin de ofrecer prestaciones e instrumentos ópticos cada vez más adecuados para corregir defectos del aparato visual y, posiblemente, prevenirlos.

Estoy seguro de que la conciencia del bien inestimable que la vista representa para el hombre, os sirve de estímulo para atender a quienes requieren vuestro trabajo cada vez más especializado y, al mismo tiempo, os sirve de incentivo para una relación humana que, más allá de los aspectos puramente comerciales, tiene muy en cuenta el profundo respeto que se debe a toda persona. Pensando en este gran don, que el Señor le ha dado, al dotar a la persona de este admirable órgano, ante el cual palidecen incluso los más perfectos y sofisticados aparatos inventados por la ciencia, vosotros os daréis cuenta, sin duda, de la delicadeza de vuestra profesión y sabréis valorar sus consecuencias humanas y sociales. Efectivamente, los ojos y la vista son bienes tan preciosos, que el común lenguaje popular ha hecho de ellos como un término de comparación suprema. Más aún, la Sagrada Escritura no duda en ponerlo como parámetro para más altas consideraciones: "Lámpara del cuerpo es el ojo. Si, pues, tu ojo estuviere sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo estuviere enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas" (Mt 6, 22; cf. también Lc 11, 34). Hay incluso pasajes bíblicos, en los cuales se confiere a los ojos una luz profética: "Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis, porque yo os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron" (Lc 10, 23).

2. Ante un valor tan excelente, como el de la vista, vosotros tendréis ciertamente cuidado de unir la seriedad de vuestra profesión con una profunda rectitud moral que os hará evitar todo lo que pueda perjudicar de cualquier modo la serenidad de los que ponen en vosotros su confianza. No la traicionéis jamás, sino comprometeos siempre generosamente en esta delicadísima forma de servicio, que es vuestro trabajo.

Y al realizarlo, inspiraos siempre en el divino Artesano de Nazaret, a quien en estos días de Adviento la Iglesia se prepara a celebrar en el misterio de la Navidad.

3. Queridísimos hermanos: Al confiaros estos pensamientos y estas exhortaciones, os diré, en una palabra, a modo de conclusión: tened siempre esta sensibilidad cristiana en vuestra actividad; no os desaniméis ante las dificultades que podréis encontrar y, sobre todo, imprimid en vuestro servicio un timbre hecho de nobleza de alma, que os hará dar el primado a las personas sobre las cosas (cf. Dives in misericordia, 11).

Mientras invoco del Señor, por intercesión de Santa Lucia, vuestra celeste Patrona, copiosas gracias divinas, gustosamente imparto ahora, a vosotros y a vuestros seres queridos y a los colegas, la propiciadora bendición apostólica, en señal de mi benevolencia.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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