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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SR. SALOMON RAHATOKA, NUEVO EMBAJADOR
DE LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DE MADAGASCAR
ANTE LA SANTA SEDE*


Lunes 15 de diciembre de 1980

 

Señor Embajador:

La presencia de Su Excelencia en esta casa, en la que le acojo con alegría en calidad de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Democrática de Madagascar, constituye una ocasión privilegiada para felicitarse por los estrechos vínculos que unen a la Santa Sede y a la Gran Isla, y quiero darle las gracias por sus palabras, que tan oportunamente han subrayado toda la riqueza de dichos vínculos.

He escuchado con emoción cómo evocaba la valentía de los cristianos malgaches durante el siglo pasado, e iba pensando en el ejemplo que nos han dejado a todos. Es cierto que, desde entonces, las condiciones del mundo, al igual que las de su país, han evolucionado considerablemente. El porvenir de la paz parece amenazado, los derechos del hombre se hallan en peligro por doquier y es difícil la comprensión entre los países favorecidos y los que lo son menos. Esta situación requiere una vez más hombres capaces de dar pruebas de determinación y de coraje, convencidos de que la dignidad del hombre está, antes que nada, en su alma. Le expreso, pues, mi gratitud por el panorama que ha bosquejado sobre las actividades de la Iglesia en su país, en cuyo progreso participa ella con empeño.

Lo que la Iglesia trata de llevar a cabo con resolución es el servicio al hombre en su totalidad. Se esfuerza, sobre todo, por preservar y afinar su intuición de los valores espirituales, componente tan notable de la civilización malgache. La Iglesia le ayudará a reafirmar su sentido comunitario haciéndole percibir, en el marco de los deberes de justicia social e internacional, la exigencia más profunda todavía de misericordia, tal como lo he recordado en mi Carta Dives in misericordia. Le ayudará también a que crezca en él la pasión por la búsqueda de la verdad, pero también por la de la tolerancia, cualidades que pertenecen por naturaleza, podría decirse, al temperamento malgache. Esto es lo que persigue la Iglesia católica; en esta obra colabora gustosamente con las otras comunidades cristianas, como usted mismo lo ha señalado. Este espíritu, cada vez más compartido, debe permitir a todos los hombres de buena voluntad, en el conjunto de la nación, unirse para promover de manera constructiva y desinteresada la noble causa del hombre.

Su pueblo tiene una responsabilidad especial en el ámbito internacional, entre otras cosas por su situación en el Océano Indico. Las relaciones que vinculan mutuamente a los pueblos siguen siendo muy delicadas en razón de las diferentes opciones y de los intereses económicos divergentes. La Santa Sede, por su parte, trata de impregnarlos de los valores morales y espirituales necesarios. Quiere contribuir al servicio a los hombres, no solamente en sus necesidades materiales, sino en sus necesidades espirituales y en su apertura a Dios. No desechará ningún medio que pueda contribuir a la promoción de este ideal, al que han estado vinculadas todas las grandes civilizaciones, y, con una fidelidad especial, me consta, la de su querido país.

Tal es el empeño situado en el corazón mismo de la inmensa tarea que incumbe a las naciones y a los que han recibido la misión de guiarlas, tarea tremenda en muchos aspectos. Y ésta es la razón por la que le ruego transmita a Su Excelencia, el Señor Didier Ratsiraka, Presidente de la República Democrática de Madagascar, mis más fervientes votos por él mismo, por sus colaboradores y también por todos los malgaches. ¡Que, con la ayuda de Dios, puedan gozar de la paz, avanzar con seguridad por el camino del progreso, con el afán de la participación activa de todos, a fin de poder interpretar en el mundo un papel digno de la gloriosa civilización de la que ha surgido la nación malgache!

En cuanto a usted, Señor Embajador, sepa que siempre será bien recibido en la Santa Sede, a fin de ser ayudado en su importante misión, por el éxito de la cual le hago partícipe de mis mejores deseos.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1981 n. 5 p.15.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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