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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SR. YAYA DIARRA, PRIMER EMBAJADOR
DE LA REPÚBLICA DE MALI ANTE LA SANTA SEDE*


Sábado 20 de diciembre de 1980

 

Señor Embajador:

Es para mí una gran satisfacción recibir en esta casa a Su Excelencia en calidad de primer Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Malí ante la Santa Sede. El establecimiento de relaciones diplomáticas entre la Sede Apostólica y Malí reviste efectivamente una particularísima significación, en un mundo que se mueve, la mayor parte de las veces, por motivos exclusivamente económicos. Estas relaciones, deseadas por ambas partes y realizadas a este alto nivel, ponen de manifiesto la preocupación por introducir en las alianzas internacionales el dinamismo, tan necesario, de los valores espirituales.

Usted ha querido evocar, Sr. Embajador, los esfuerzos que he realizado en favor de una mayor comprensión entre los hombres y las naciones. Tanto más fructuosos serán cuanto más encuentren en los pueblos una determinada concepción del hombre, de su dignidad inalienable, de su dimensión espiritual que le impide contentarse con la satisfacción de sus necesidades inmediatas, de su misteriosa vocación de apertura a Dios. ¿No está acaso esta intuición profundamente arraigada en el alma africana? Es conveniente preservarla y desarrollarla.

Una visión así no distrae de las tareas inmediatas. Al contrario, infunde en quienes las realizan un espíritu nuevo y, estoy convencido, una mayor tenacidad, sea para luchar contra la ignorancia, las enfermedades o la sequía; sea para ayudar a los individuos y a las colectividades a responsabilizarse de los medios necesarios para el desarrollo; sea, por fin, para enseñar a la juventud a orientar su sed de ideal hacia la realización de obras que sean útiles y engrandezcan a la comunidad. La colaboración internacional, por su parte, debe perseguir estos fines y trabajar sobre todo por establecer las condiciones de paz y de mayor justicia, fundadas en el respeto a la personalidad de las comunidades y de los pueblos. Por otra parte, es ésta una exigencia —aludía usted a ello hace un momento— especialmente sentida en Malí donde han de cohabitar poblaciones de orígenes diversos, que reivindican con toda justicia su pertenencia a civilizaciones antiguas y espléndidas.

De este modo podrán todos juntos hacer frente a los difíciles problemas que plantean a su país y a sus dirigentes las condiciones climatológicas, a menudo adversas, que usted recordaba. Créalo, sigo con mucha atención los trabajos emprendidos, tanto en el plano nacional como en el internacional, para hacerles frente. He ahí un campo de acción ofrecido a la solidaridad de los pueblos, qué requiere valor, magnanimidad y desprendimiento. Repito ahora las exhortaciones que a este propósito hice en mayo último en Uagadugú.

Precisamente es éste el espíritu de servicio que anima a la Iglesia católica en Malí. A través de sus obras de enseñanza y de asistencia sanitaria y social, la Iglesia, con la libertad que goza, sabe que está realizando por su parte este servicio a todos sin distinción alguna. Me felicito de poder saludar hoy, a través de usted, a los cristianos de Malí, junto con todos sus compatriotas.

En este momento mi pensamiento se dirige, efectivamente, a todos los ciudadanos de Malí y, en primer lugar, a Su Excelencia el General Moussa Traore, quien le ha designado para representar a su país ante la Santa Sede. Le ruego transmita los votos que hago por la prosperidad de Malí y por el afianzamiento de las amistosas relaciones que acaban de ser selladas oficialmente.

En cuanto a usted, Señor Embajador, es un placer ofrecerle mis mejores deseos para el éxito de su alta misión, y asegurarle que siempre encontrará aquí la comprensiva acogida que necesite. Que el Altísimo le colme, a usted y a los suyos, de sus bendiciones.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1981 n.7 p.11.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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