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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE PREMIOS NÓBEL


Lunes 22 de diciembre de 1980

 

Estimados Premios Nóbel:

1. Me siento sinceramente feliz y honrado de poder saludar en ustedes a un número de ilustres personalidades de la ciencia que, aunque pertenecientes a distintos países, se hallan fraternalmente vinculados por el ideal que comparten: el ideal de la búsqueda desinteresada de la verdad en los distintos campos de la experiencia humana. La alta distinción que se os ha concedido como premio a vuestros prolongados trabajos constituye un significativo reconocimiento de vuestra contribución al avance de la autocomprensión del hombre y del conocimiento del mundo que le rodea.

Al veros a vosotros, mis pensamientos se dirigen a todos los que han recibido el mismo galardón y a cuantos, con menos suerte pero con no menor generosidad, han dedicado y dedican todavía sus vidas a la paciente investigación de los complejos aspectos de la realidad con la esperanza de descubrir algún nuevo secreto que haya permanecido escondido en alguna página del maravilloso libro de la naturaleza.

Al saludaros, señores, deseo honrar este vasto mundo de científicos y expresar mi profunda estima y gratitud por su trabajo. Aunque sus esfuerzos no siempre sean coronados por el éxito, su apasionada dedicación a la verdad enriquece la herencia espiritual de la humanidad.

2. Durante el coloquio organizado por la Asociación "Nova Spes", habéis reflexionado sobre un tema altamente relevante para el tiempo presente: el hombre entre esperanzas y amenazas. Estoy ansioso por oír de vosotros las conclusiones a las que habéis llegado sobre un tema que día a día resulta de mayor interés en orden al desarrollo de la investigación científica.

En numerosas ocasiones me he sentido en la obligación de exhortar a la gente a tomar posiciones de responsabilidad de cara a los peligros que pueden derivarse, para la humanidad, de un distorsionado uso de los descubrimientos científicos. El futuro del mundo se ve amenazado en sus raíces por los adelantos mismos que llevan la más clara impronta del genio humano. Este es el resultado que deriva de la utilización del progreso científico para fines que no tienen nada que ver con la ciencia. La ciencia es para la verdad y la verdad para el hombre, y el hombre refleja, como una imagen (cf. Gén 1, 27), la eterna y trascendente Verdad que es Dios. Sin embargo, la experiencia de la historia, en particular la historia reciente, testifica que algunos adelantos científicos se usan frecuentemente contra el hombre, a veces en forma terrorífica. Durante el viaje que pronto haré al Lejano Oriente, quiero ir a Hiroshima con el deseo de orar en ese lugar que fue el primero en conocer el terrible poder destructivo de la energía atómica.

Todos vosotros podríais hablar ampliamente de las perspectivas del desarrollo de la investigación en vuestro propio campo. También podríais hablar de los peligros de las distorsionadas aplicaciones, de esos esperados adelantos. Hoy existen enormes posibilidades de manipular al hombre. Mañana esas posibilidades serán aún más amplias. ¿Tengo todavía necesidad de subrayar el peligro de radical deshumanización que está corriendo el hombre si sigue avanzando locamente por ese camino?

3. La cuestión que hoy en día se está haciendo dramáticamente urgente es ésta: ¿Qué criterio hay que seguir para no padecer tan desastrosas consecuencias? Al dirigirme a científicos y estudiantes en la catedral de Colonia el 15 de noviembre último, les decía: "La ciencia técnica, dirigida a transformar el mundo, se justifica sobre la base del servicio que aporta al hombre y a la humanidad". Caballeros, éste es el criterio decisivo: el criterio de servir al hombre, al hombre entero, en la totalidad de su subjetividad espiritual y corporal.

Nuestra cultura está empapada, en todos los ámbitos, por una amplia noción funcional de la ciencia, es decir, se considera decisivo sólo el éxito técnico. Muchos creen que el hecho de ser técnicamente capaces de producir determinados resultados es motivo suficiente para no tener que seguir preguntando por la legitimidad del proceso que conduce a esos resultados, o incluso por la legitimidad del resultado en sí mismo. Está claro que tal modo de pensar no deja espacio alguno a un supremo valor ético o incluso a la misma noción de verdad.

Las consecuencias de esa raquítica visión de la ciencia aparecen claramente: el progreso científico no siempre ha ido acompañado de una análoga mejora de las condiciones de vida del hombre. Se han producido efectos imprevistos y no deseados, causando preocupación en sectores cada vez más amplios de la población. Basta con pensar en el problema del medio ambiente como resultado del progreso de la industrialización. Por eso han surgido serias dudas sobre la capacidad del progreso, como totalidad, para servir al hombre.

Así, pues, ¿cómo va a sorprender que la gente esté empezando a hablar de una crisis de la legitimación de la ciencia, e incluso de una crisis concerniente al rumbo que hay que establecer a la totalidad de nuestra cultura científica? La ciencia, por sí sola, es incapaz de dar una respuesta completa al problema del significado básico de la vida, y la actividad humanas. Su significado se revela cuando la razón, yendo más allá del dato físico, utiliza los métodos metafísicos para llegar a la contemplación de las "causas últimas" y descubrir en ellas la explicación suprema que puede iluminar los acontecimientos humanos y conferirles significación.

La búsqueda del sentido último es compleja por naturaleza y se halla expuesta al peligro del error, y el hombre quedaría a menudo inmerso en la oscuridad si no fuera ayudado por la luz de la fe. La revelación cristiana ha contribuido de modo inestimable a la toma de conciencia del hombre moderno de su dignidad y de sus derechos. No dudo en repetir aquí lo que ya dije a los miembros de la UNESCO: "El conjunto de las afirmaciones que se refieren al hombre pertenece a la sustancia misma del mensaje de Cristo y de la misión de la Iglesia, a pesar de todo lo que los espíritus críticos hayan podido declarar sobre este punto" (núm. 10).

4. No voy a ignorar o subestimar las tensiones que han existido, a lo largo de la historia, entre la Iglesia y las modernas ciencias naturales. El recuerdo de esos conflictos no puede por menos que afligir al creyente de hoy día, que es más consciente de las erróneas apreciaciones y de los defectuosos métodos que dieron lugar a tal oposición. La fe y la ciencia forman parte de dos diferentes órdenes del conocimiento que no pueden imponerse el uno al otro.

Si la distinción entre los órdenes del conocimiento es respetada y tanto la ciencia como la teología siguen su camino y sus propias investigaciones sin perder de vista sus propios principios metodológicos, entonces no hay miedo de que se llegue a resultados contradictorios. Podemos confiar en que, en tales circunstancias, los dos órdenes de conocimiento establecerán un beneficioso diálogo, a través del cual el hombre podrá investigar, cada vez con mayor penetración, la verdad en todas sus facetas. De hecho, tanto la razón como la fe derivan de la misma divina fuente de toda verdad.

El creyente sabe que todo lo que existe procede de una palabra pronunciada por el Creador, de un fiat inicial que ya contenía en sí todas las cosas y su orden universal. En consecuencia, el creyente mantiene que el mundo tiene una explicación y que la ciencia, avanzando ardua y penosamente (y aunque a veces dude o pierda la dirección), debe llegar a la comprensión de que el universo constituye (como lo indica la etimología misma de la palabra "universo") un complejo orden en el que los distintos elementos se relacionan en una mutua armonía.

En la misma dirección, los grandes científicos están convencidos de que la meta última de las ciencias naturales consiste en el descubrimiento de una ley fundamental (la más simple posible, pero, por su misma simplicidad, la más difícil de captar) que explique la constitución del universo. El científico piensa que hay un solo principio que gobierna todas las cosas y sus básicas interacciones (cf. Victor Weisskopf, The significance of Einstein's thought, Pontificia Academia Scientiarum, Librería Editrice Vaticana, 1980, pág. 31).

De este modo, el problema ya no lo constituye la oposición entre ciencia y fe. Ha comenzado un nuevo período: los esfuerzos de científicos y teólogos deben ahora ir dirigidos a desarrollar un diálogo constructivo, que haga posible examinar, cada vez con más profundidad, el fascinante misterio del hombre y contribuya así a evitar las amenazas que acechan al hombre y que cada día van siendo más graves.

5. Señores, el papel que podéis desempeñar a este respecto es de extraordinaria importancia. El alto galardón que habéis recibido, en reconocimiento no sólo de los resultados de vuestros estudios, sino también de la generosa dedicación de tantos años a la noble tarea de la investigación científica, os confiere una competencia especial en este diálogo con los representantes del pensamiento teológico.

Los esfuerzos que dediquéis a este diálogo interdisciplinar, junto con los correspondientes esfuerzos de los expertos en "la ciencia de Dios" contribuirán a un significativo progreso en la comprensión de la verdad, compleja unidad que sólo puede ser captada si se aborda desde diversos ángulos, sólo si se convierte en el punto de encuentro de diferentes formas de conocimiento complementario y no delimitado de antemano. En particular, contribuirá a un más completo conocimiento del hombre, de los componentes de su ser, y de la dimensión histórica, y sin embargo trascendente, de su existencia.

En estas condiciones, el hombre será más claramente percibido como lo que es: un fin, nunca un medio; un sujeto, nunca un objeto; una meta, nunca una mera etapa en el camino hacia esa meta. En una palabra, el hombre será percibido como persona, hacia la cual la única actitud legítima es la del respeto sin condiciones. Por consiguiente, el respeto al hombre tiene que convertirse en la piedra de toque suprema para juzgar cualquier empleo de la ciencia y cualquier planificación de nuevos experimentos posibles a partir de la tecnología.

El futuro de la humanidad depende de estos valores éticos de base. Ignorarlos significaría hacerse responsables ante la posteridad (si es que la hay) de la extremadamente seria acusación de "ofensa contra la humanidad". Vosotros sois los adelantados de la ciencia y debéis actuar como atentos centinelas en el camino del progreso, denunciando cualquier forma de manipulación del hombre o de su medio ambiente vital que pudiese ser considerada como un ataque a su dignidad o a sus derechos inalienables. Esta responsabilidad recae sobre vosotros. Que ésta sea también la razón por la que el día de mañana seáis dignos de la admiración y la gratitud de quienes se sientan salvados por haber sido capaces de prever los riesgos de temibles catástrofes.

Nos estamos acercando al día en que la Iglesia rememora con alegría y emoción el nacimiento en Belén de un Hombre que, a la vez, era también Dios. Querría manifestar mi deseo de que la celebración de esta Navidad renueve en todos los creyentes el deseo de dedicar todas sus energías a defender la única e irrepetible dignidad de cada ser humano. Este deseo es al mismo tiempo una plegaria de mi corazón dirigida a la Palabra de Dios que se hizo hombre por amor al hombre.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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